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Donde nació Güemes

  1.             Donde Nació Güemes                                         El lugar donde nació el General Miguel Martín de Güemes suscitó una larga polémica por la falta de una documentación fehaciente  de época con respecto al lugar y día precisos del natalicio. La tradición oral y los documentos históricos que aporto vienen a resolver una inútil controversia
  2.      Transmisión oral de la familia Ovejero de Salta y Jujuy.
  3.     El Dr. Julio Argentino Linares Ovejero, médico clínico, contó lo que sabía su abuela -hija de uno de los protagonistas de esta historia-, Doña Ifigenia Serapia Blas y Eguren (n. Jujuy, esposa de José Gabriel Ovejero Zerda), acerca del nacimiento de Güemes como un acontecimiento fortuito, anecdótico, azaroso: Decía que María Magdalena de Goyechea y la Corte (n. 1763 – S. S. de Jujuy), reside en Salta; embarazada pronta a dar a luz, ante la imposibilidad de trasladarse a San Salvador de Jujuy con un recién nacido y la inesperada noticia de la grave enfermedad del padre, decidió el viaje para su última visita. 
  4. En viaje de retorno desde San Salvador de Jujuy a la ciudad de Salta -luego de la visita a su padre quien falleció poco tiempo después-, (2) inicia el trabajo de parto a mitad del camino, lo que obliga detener la marcha. Ante la emergencia da a luz en una vivienda próxima a “El  Carmen" y "San Antonio”, en una zona de quintas sin una adecuada asistencia médica (llamada Los Pericos en honor a los abundantes loros que habitan por allí), probablemente en la casona  "La Quinteja" propiedad de la familia Villafañe Ovejero, jurisdicción de Salta; desde 1834 Provincia de Jujuy (3).   Así, y en ese lugar, nace su segundo hijo Martín Miguel. Al día siguiente, necesariamente, reanudan la marcha, siguiendo el histórico camino: San Salvador de Jujuy - Los Alisos - A la derecha de la actual ruta: Sala La Cabaña - cruce del Rio Perico - Posta Rio Blanco con su Capilla - por el Rio Los Sauces:  Sala y Posta Los Camperos - Sala La Angostura - La Caldera - Ciudad de Salta. Un recorrido -en aquel entonces- calculado en 45 Km desde la zona del natalicio; para ser bautizado en la Catedral de la dicha Ciudad de Salta al día siguiente.          
  5. Debe tenerse en cuenta que a los Ovejeros, además de la amistad, los unía una frecuente y estrecha relación con los Güemes. Fue, justamente, Don José Ovejero Ramírez, el bisabuelo, quien transmitió esta tradición oral y además, el que adquiere la casa donde pasó su niñez el futuro General, que ocupó nuevamente al casarse (calle España 730 - actualmente "Museo Güemes"- Ciudad de Salta).  
  6.              Este inaudito y particular nacimiento nos anticipa en el tiempo la vida del Caudillo, y es corroborado científicamente por documentos que a continuación se detallan:
  7.    Coronel Emilio Bidondo.
  8.   En el Nº 37 de la revista-libro Historia, correspondiente a marzo-mayo de 1990, que aparece trimestralmente en la Capital Federal, el coronel (RE) Emilio Bidondo publica un artículo donde sostiene que “no hay prueba evidente sobre el nacimiento de Güemes en la ciudad de Salta”; aportando los siguientes datos documentales:
  9. a)         Inserta una Foja de Servicios del cadete Güemes donde consta el siguiente informe: «su país Jujuy». (5) (7)
  10. (b)        Agrega que don Joaquín de la Pezuela (6) -que fuera virrey del Perú y antes comandante de las fuerzas realistas del Alto Perú, a las que el prócer contuvo en 1814 en su intento de llegar a Buenos Aires para deponer al gobierno central de las Provincias Unidas-, expresa en su Memoria Militar 1813-1815, que cuadrillas numerosas de gauchos eran «agitadas por un Güemes natal de Jujuy». (7) 
  11.               Luego de analizar las fuentes que fundamentan la historia del nacimiento del General Martín Miguel de Güemes Goyechea -quien lleva los nombres de su abuelo materno: Martín Miguel de Goyechea, Teniente  Gobernador de Jujuy-; se concluye que la polémica ha finalizado.  
  12.         (Los pueblos de Perico del Carmen y el de Perico de San Antonio deben difundir este inaudito capítulo de nuestra historia y rendir homenaje al hijo de su tierra).
  13.               Debe decirse -enfáticamente- que el General Miguel Martín de Güemes es uno de los mayores héroes de la libertad, Su lugar está en cada punto de nuestra Latinoamérica, por encima de cualquier regionalismo egoísta. Su figura derrotando -con un inédito ejército de gauchos montoneros- al mejor ejército de aquel entonces en el mundo, el Español, venido de la escuela napoleónica, lo ubica entre los Más Grandes de América.-
  14. (1) Esta tradición oral fue narrada en reiteradas oportunidades por mi padre el Dr. Julio Argentino Linares Ovejero, quien desempeña su profesión como médico clínico obstetra en el "Hospital San Roque" de S. S. de Jujuy (9 de julio 1905 Salta-1989 Córdoba); habiéndola recibido, a su vez, de su abuela materna Doña Ifigenia Serapia Blas Eguren (n. en Jujuy, hija de Don Pascual Blas*), casada con Don José Gabriel Ovejero Zerda (n. 1836 - Salta); hijo, este último, de D. José Ovejero González, fundador del Ingenio Ledesma y quien adquirió la propiedad de la calle España 730 en la ciudad de Salta (todavía en pie y a partir del 22 de marzo de 2017, Muso Güemes). Allí funcionaron las oficinas del padre del General, pasó su infancia y posteriormente, después de casarse, volvió a habitarla. 
  15.     *Don Pascual Blas (casado con Josefa Ursula Eguren), se contaba entre los 34 màs "Grandes Propietarios de Jujuy". "Estadísticas de las Propiedades, Jujuy 1855". Cuadernos FHyCS Nº 21-11-22 año 2003. Cuadro 2. Universidad Nacional de Jujuy.
  16. (2) María Magdalena de Goyechea y de La Corte (madre del General), nacida en San Salvador de Jujuy, 1764. Casada en Jujuy con el español Gabriel de Güemes Montero, nacido en Abiomzo, Santander 1748. Nombrado, en enero de 1778, Tesorero Oficial en las Reales Cajas de San Salvador de Jujuy; luego trasladado como tesorero en la Real Hacienda de la provincia de Salta. (Primer hijo: Dr. Juan de Dios Tomás Manuel de Güemes Goyechea, nacido y bautizado el 8 de Marzo de 1783 en San Salvador de Jujuy; abogado graduado en la "Universidad Mayor San Francisco Xavier", de Sucre, Bolivia). Padre : Martín Miguel de Goyechea y Argañarás, Teniente Gobernador de Jujuy, nace y muere en San Salvador de Jujuy (1732 – 1785). Madre: Ignacia de la Corte Rosas, nace en San Salvador de Jujuy. Abuelos: Antonio de la Corte Rosas (n.  España.), y María de Palacios Ruiz Llanos (n. 1700 Jujuy). Bisabuelos: Juan de Palacios Martínez de Iriarte (n. 1680 – Jujuy), y Juana Crisóstoma Ruiz de Llanos Albarracín (n. Jujuy – Fall. 1729 Jujuy), etc. Pudiendo llegar hasta la fundación de San Salvador de Jujuy.
  17. (3)  “Los Perico”. Llamada de esta forma por la abundancia de loros “pericos” que se encuentran en esa zona. Comprende una amplia región agrícola ganadera –ya presente en aquella época-, desde la actual ciudad de Perico de la Estación, pasando por Perico del Carmen, hasta Perico de San Antonio.
  18. (4) “… José Ramírez Ovejero, quien en 1830 había fundado el Ingenio Ledesma, en la vecina Provincia de Jujuy, que en el siglo siguiente llegaría a ser el ingenio azucarero más grande de Sud América.”   (María Fernanda Justiniano. «Poder y riqueza en Salta a fines del siglo XIX: ¿cuánto de vacas y cuánto de azúcar?». Revista Escuela de Historia, Facultad de Ciencias Económicas y Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta). 
  19.           (5) Los datos volcados en la foja de servicio tienen que haber sido consignados por el propio cadete Güemes: "su país Jujuy". (“13 de febrero de 1799: Se le da de alta como cadete de la Compañía del 3er. Batallón del Rey. Fixo en Buenos Aires, destacado en Salta”).
  20.               (6) Joaquín González de la Pezuela Griñán y Sánchez de Aragón Muñoz de Velasco (Naval, 1761 - Madrid, 1830) fue noble, militar y político español, I marqués de Viluma. Tras derrotar al general rioplatense José Rondeau en la Batalla de Viluma o de Sipe Sipe,1​fue nombrado trigésimo noveno virrey del Perú (7 de julio de 1816 - 29 de enero de 1821) y capitán general de los Ejércitos.
  21.             (6) Joaquín González de la Pezuela Griñán y Sánchez de Aragón Muñoz de Velasco (Naval, 1761 - Madrid, 1830) fue noble, militar y político español, I marqués de Viluma. Tras derrotar al general rioplatense José Rondeau en la Batalla de Viluma o de Sipe Sipe,1​ fue nombrado trigésimo noveno virrey del Perú (7 de julio de 1816 - 29 de enero de 1821) y capitán general de los Ejércitos.
  22. Ref. Wikidata.              ( 7) Archivo General de Simancas.            
  23. Fe de bautismo del futuro General Güemes:  "En esta Santa Iglesia Matriz de Salta en nueve de febrero de mil setecientos ochenta y cinco, Yo el Cura Rector más antiguo exorcicé, bauticé y puse óleo y crisma a Martín Miguel Juan de Mata, criatura nacida de dos días, e hijo legítimo de don Gabriel de Güemes Montero y doña María Magdalena de Goyechea y La Corte y fueron sus padrinos de agua y óleo don José González de Prada, Contador Ministro de Real Hacienda y doña María Ignacia Cornejo y para que conste lo firmo. Dr Gabriel Gómez Recio”   
  24.       En el único registro de la época -con motivo del Sacramento del bautizo- y con respecto al nacimiento de Martín Miguel Juan  de Mata Güemes y Goyechea, no se hace referencia: ni al día, ni al lugar donde ocurrió dicho nacimiento.-
  25. Nota: Esta tradición oral tiene tres escalones, a saber:
  26. 1) Josefa Ùrsula Eguren.
  27. 2) Ifigenia Serapia Blas.
  28. 3) Julio Argentino Linares: 
      1. 4) Sus siete hijos:  Julio Alberto, Marta Elene, Maria Teresa, Jose Antonio, Alfredo, Maria Laura y Miguel Antonio Linares Carranza.                             Dr. Alfredo Linares Carranza. 






























ÍCARO


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ÍCARO

         En aquel domingo de sol -pleno de importantes acontecimientos- caminaba, fatigado, los siete kilómetros de regreso desde el Alto Comedero hasta la vieja casona de sus antepasados. Esa construcción donde nacieran, por lo menos, cuatro generaciones a partir del español Pascual Blas (hombre de fortuna y olfato, a juzgar por las huellas que dejar), desposado con la argentina Ifigenia Zerapia Eguren y de cuyos rastros no queda más que un daguerrotipo posando junto a su esposo. Desde que tuvo uso de razón, quería volar en la frágil armazón de aluminio y tela, un Piper de dos asientos en fila. Muchas veces lo recorrió con la mirada en el hangar del Aero Club. Conocía -en sus frecuentes visitas- la tela endurecida por la pintura amarilla que dejaba ver los relieves de las costillas de las alas –le recordaban los enfermos tuberculosos que asistía su padre en los pabellones de infecciosos del Hospital “San Roque”-

(1). Le fascinaban la palanca al medio con la que el pequeño avión podía despegar del suelo, proyectarse al cielo y llegar hasta las nubes y también los inescrutables relojes en el tablero que hacían más importante el habitáculo, los pedales para mover el timón, las llaves de paso... Todos, objetos que proporcionaban solemnidad y misterio al interior.

         El viernes a la tarde terminó sus deberes de tercer grado. Su maestra, la señorita Pilar Mas, tomaría una prueba de Matemáticas. A la noche puso los útiles, el libro de lectura y el cuaderno dentro de la gran cartera de cuero marrón. Todo listo para el lunes. Se levantó muy temprano aquel domingo de septiembre, en 1950. Debía cumplir con la misa obligatoria en  “San Francisco” -habitualmente, la familia asistía al oficio de las diez y media-. Esta vez, y por su apuro, concurrió solo a la de las ocho y media. Como siempre, tirando del aro ubicado al lado de la puerta del Convento, hizo sonar la campana que oficiaba de llamador. Abrió el Hermano José, un ecuatoriano voluminoso, gran rezador de ruegos indescifrables y apenas audibles, a cambio de algunas monedas que dejaban humildes peregrinos provenientes de olvidados pueblitos del norte puneño. Avanzó por las galerías que rodean el gran patio central -el de las vides y romeros-. Accedió a la sacristía y, finalmente, al coro, en la parte posterior del altar. Eligió uno de los asientos de la segunda fila, la más alta, justo debajo del cuadro de Eugenio Pacelli, el esmirriado y aristocrático Papa Pío XII. Sólo los varones de algunas familias conocidas por su religiosidad y amistad con los frailes, tenían el privilegio de aquella ubicación.

         De regreso, el desayuno del domingo. Multitudinario y bullicioso por el la tropa familiar. Una taza de café con leche, bizcochitos, manteca y dulce. Aquellos que iban a comulgar debían permanecer en completo ayuno desde ocho horas antes; lo contrario, era un pecado que debía confesarse. El bullicio se repetía durante el almuerzo. Se fue –vestido de misa y desvelado- a cumplir con un precepto paterno: dormir la siesta. A las cuatro de la tarde, mudó la ropa y los zapatos negros de fiesta por las alpargatas de yute (era costumbre que, recién estrenadas, se caminara unos pasos por asfalto caliente y después por arena; así, selladas y más duras, no aparecerían los horrendos “bigotes” y, además, prolongarían su vida útil). En la esquina de Lavalle y Belgrano, a pocos metros de su casa, funcionaba la farmacia de don Pedro Albesa, vernáculo de La Fresneda -en la provincia de Teruel-, padre de su amigo Hugo. Este español, en las comidas diarias, tomaba vino tinto de un parrón,  vasija de vidrio con un pico tubuliforme que sostenía en alto. Lo más sorprendente del cuadro era, para un ignorante de aquellos usos, ver al farmacéutico bebiendo de un instrumento similar a los de su laboratorio.

         El pequeño fanático de los aviones se había enterado, en aquella botica y por unos grandes carteles en la vidriera, que ese domingo habría un festival aeronáutico con vuelos de bautismo.      Equipado ya con su calzado de diario emprendió, solitario, la caminata. El día era hermoso, sin nubes; el sol halagaba el paisaje. Le fascinaba la idea de volver a ver aquellos pájaros flacuchos, amarillos, con sus grandes hélices de madera; al mecánico, un italiano de difícil castellano (los chicos decían que había quedado medio loco por la guerra de Hitler y los norteamericanos); la pista de tierra y pastos cortados; los aviadores -suficientes, valientes, casi solemnes-. Él iba a ser uno de ellos cuando fuera grande; igual de importante y lejano...      Llegó la hora. El despegue del primer avión, un biplano con un gran motor medio salido del fuselaje, dirigiéndose hacia una  colina en el horizonte. Los chicos del barrio, en las tardes de verano, contaban que aquel avión de dos alas venía de la primera guerra mundial, por eso era tan bueno y llegaba... ¡hasta dos kilómetros de altura! Primero dio vueltas muy redondas en el aire; después “la caída de la hoja”, lo más peligroso. Y, finalmente, un largo trazo de humo en el cielo de la tarde. Luego, un Piper ascendiendo en espiral para, finalmente, arrojar un paracaidista. Otros aviones y nuevas piruetas, vuelos rasantes que levantaban el polvo de la pista, ascensos casi verticales, picadas, tirabuzón, giros y descensos…

         ¡Por fin, los vuelos de bautizo...! Se sentó en el suelo, detrás del alambrado. Corría viento suave y fresco; el sol, descolgado, estaba ya cerca del horizonte. Se quedaría hasta el final, cuando guardaran los aviones en el enorme hangar... Se había cumplido el último aterrizaje con un chico que pagó, como los anteriores, para el primer vuelo de su vida, el de bautismo; algunos, más afortunados, ya habían volado varias veces. Aquello debía ser caro y su padre no le daba dinero para gastos innecesarios.

         El carreteo. Se para el Piper amarillo, baja el aviador y ayuda a descender al chico gordo que reconoció pues pertenecía a la Acción Católica. El piloto mira hacia el lugar donde sólo había quedado él; sigue mirándolo insistentemente. ¿Por qué lo hace? Si bien no había pagado la entrada, en realidad, ese no era el problema porque estaba afuera del Club, separado por el alambrado. De cualquier forma, ya habían terminaron los vuelos y, en consecuencia, no tenía de qué preocuparse. Por fin advierte que el aviador le hace señas con la mano. Estaba a treinta pasos. Los anteojos oscuros son ahora más grandes... ¡Lo está llamando! Cruza la valla. El corazón, primero, trota; después, corre. Intuye que algo importante, esperado, va a ocurrir. Sus ojos, clavados en aquel objeto amarillo. El semi Dios le dice algo…. Sólo responde: “Bueno” y sube.

         El ayudante, al frente del aparato, impulsa la hélice varias veces; apenas logra verlo: lo tapa el tablero de instrumentos y el aviador de anteojos oscuros. Es como estar en un pozo y asomar a la orilla. El motor, con dificultad, empieza a tronar y a mover la estructura de metal y tela. ¡Cruje todo! En la parte posterior del asiento, golpean suavemente unas correas sueltas en un pequeño espacio. ¿Servirían para atar paquetes? El motor se acelera y el avión comienza a desplazarse. Vuelve a mirar hacia atrás instintivamente, al lugar de la partida, pero sólo advierte un torbellino de polvo. La correa de seguridad lo sujeta fuertemente; no debía tocar la palanca que quedaba entre sus rodillas. Se toma de una agarradera ubicada a su derecha; no la soltaría hasta el final, cuando el avión se detuviera.

         El corazón no puede latir más rápido, funciona “a toda máquina”. A partir de ese momento su cerebro comienza a registrar todo: el olor del habitáculo y el que traía el aire desde el campo; el cielo absolutamente despejado, de un azul algo grisáceo hacia la Ciudad y rojizo hacia el poniente, hacia Los Ábalos; cada piedra que movía el aparato cuando las ruedas lisas pasaban por encima; el embudo de tela colorada, plantado al costado de la pista, que se hinchaba y giraba lentamente indicando el devenir del viento; el fuerte torbellino generado por la hélice; el techo tembloroso; las ventanillas cerradas con unas trabas que parecían frágiles pero que, indudablemente, debían ser del mejor acero; afuera, el alambrado de la ruta y el mecánico charlando con no sabía quién, parados al costado de la pista donde el público no podía acceder.

         De pronto, inesperadamente, aquel momento único, supremo... Desaparecen los temblores, sacudidas y el ruido infernal de los elementos. Era como estar, de súbito, en silencio después de una tormenta, el avión muy quieto, clavado en el aire; el infinito paisaje era el que se movía, girando, subiendo, bajando, multiplicando colores, sombras, reflejos… Sólo el lejano murmullo del motor indica el vuelo. El aviador lleva la palanca suavemente para atrás, después a la derecha, para el lado de Río Blanco y hunde el pedal diestro. El lento ascenso. Desde arriba, ve la ruta contigua a la pista y, allí, caminando un hombre de sombrero que, iluminado por el último sol, proyecta su figura multiplicada en alargada sombra. Sigue subiendo. Ahora, pequeños cuadrados; son las casitas del campo y sus techos, algunos de metal plateado, otros de rojo tejano; las parcelas cultivadas de todos los tamaños pintadas en diversos verdes y terracotas; largos trazos rectos de caminos y sinuosos senderos que penetran en la virginidad casi sombría de los montes; caprichosos recorridos que siguen las pendientes, a veces más anchos, otras más delgados y -dentro de ellos- esqueléticos hilos azulinos del agua de los arroyos o los más caudalosos de los ríos. A lo lejos, los cerros encrespados de infinitos tonos. El avión gira; ahora, frente a él, un poniente rojizo se tiñe en un nuevo horizonte, lo humano se vuelve insignificante y cobran imponencia los cerros y sus intensos coloridos enmarcando el valle. Luego, despaciosamente, los trazos de aquel cuadro impresionista comienzan a agrandarse y toman dimensiones más reales para ingresar al mundo de los límites cotidianos. Finalmente, completan el descenso. Aterrizan. Todo, absolutamente todo, segundo a segundo, palmo a palmo, queda guardado para siempre en su mente. ¡Sería ese uno de los días más felices de su infancia!

          El regreso fue triunfal, acompañado por algunos ocasionales cómplices, chicos de la villa. Caminó por la ruta de tierra, San Pedrito y sus casas-quintas, la calle principal de Villa Gorriti con sus pobres construcciones, callejas laterales tumultuosas de piedra y barro. Pasó frente a los almacenes donde, a veces, compraba turrón árabe (allí vendían, a destajo, diez centavos de aquel manjar). Por fin, el asfalto, el puente Lavalle sobre el río Chico; del otro lado, lo conocido -el centro-, su barrio.

         Se sentó en uno de los bancos de piedra en la vereda de la Escuela Normal, una cuadra antes de la casa, cuando ya anochecía. Pasó un auto verde oscuro, lo manejaba un macizo italiano de proverbial bonhomía y carota algo colorada, el papá de Anita. Ella iba atrás, sentada con otra chica. Ana era aquella compañera de la Escuela “Belgrano” que tanto le gustaba y sólo veía en los actos patrióticos, cuando juntaban las mujeres del turno tarde con los varones de la mañana. Allí cruzaban sus miradas. Ana era muy dulce, el pelo claro y los ojos verdes. Era su primer llamado al amor, novia en secreto, nunca se hablaron ni se dieron la mano. Un largo rato imaginó que le contaba lo acontecido en Alto Comedero hacía apenas una hora y media. Una aventura casi heroica. Seguramente lo admiraría.

         Al llegar a su casa, ya estaba todo oscuro, silencioso y con la puerta cancel cerrada. Esperó el regreso de su madre en el umbral; posiblemente habría ido a la novena, pero no... si era domingo, aquel “día de glorias”.

         La cena, como siempre, una repetición del almuerzo: la odiada sopa, el plato principal desaparecido ya de la memoria -como otras cosas intrascendentes de aquella jornada- y el postre, un dulce de factura casera. Estaban todos sentados; miró a su padre y a sus hermanos. Como durante toda su infancia, y hasta terminar el colegio secundario, ocupaba el mismo lugar a la derecha de la madre. Él era el hijo del medio, cuatro mayores y dos menores; casi una multitud. Situación traumática, según la Psicología, pero no para él, evidentemente, pues pasaba desapercibido y eso, en la familia de moral casi victoriana, era una dosis de libertad que no todos (o, quizás, nadie) disfrutaron. Una ventaja que él sí supo aprovechar. Todo parecía preparado para narrar la historia del mágico domingo de septiembre...

          —Hoy fui al festival aéreo en el Alto Comedero -dijo de golpe. Silencio total; todas las miradas -incluida la de los progenitores- le cayeron, pesadamente, encima. Apresuró el relato, paso a paso. Estaba por subir al Piper cuando uno de los hermanos le espeta:

         —Otra vez está mintiendo. ¿De dónde sacó la plata para la entrada?

         —Me quedé del otro lado del alambrado.

         —No puede ser; eso no lo permiten.

         Ahora adelanta el desenlace:

         —El piloto, al final, me invitó a un vuelo de bautismo.

         —¿Cuánto te costó?– le preguntaron, socarronamente.

         —No… ¡fue gratis!

         —¡No puede ser! ¡Imposible! ¡Sos un gran embustero!

         Sus hermanas, con el silencio, asienten; el mayor remata con el peor de los insultos, un apodo que le sonaba perruno, lo denigraba:

         —¡Pichín, el mentiroso!

         No importa; debía contarles más detalles para que consiguieran creerle:

         —Desde arriba vi un hombre caminando por la ruta...

         No lo dejaron continuar; todos hablaban simultáneamente y convenían que, como siempre, no podía dejar de engañar. Su madre, con la mirada, le ordenó al padre -sentado en el otro extremo de la mesa- que interviniera.

         —No tienes que mentir; es un pecado y no te sirve inventar siempre. Así nunca, nadie, te va a creer nada.

         Ahora, todos en silencio, esperaban que respondiera a la admonición. Pero no, debía seguir narrando; con otros datos más puntuales lograría, finalmente, convencerlos.

         —A un señor que caminaba en la ruta se le veía su sombra y con el sombrero bien alargado.

         Fue el final. Sus hermanos reían. Primero, ¿cómo podrían creer que volara gratis? Y, luego, ¿desde el avión se alcanzaba a ver un hombre y, más aún, el sombrero proyectado en el suelo? Siguió el tumulto unos minutos hasta que el jefe de la familia, con el apoyo de la dueña de casa, impuso orden. Estaba en un laberinto. Sin salida. Tuvo que esperar que finalizara la cena.

         Sus relatos, casi siempre, resultaban poco creíbles; en realidad no sabía cómo contar sus historias transgresoras, las de hijo del medio. A veces había mentido; en realidad, no muchas en el mundo de su infancia, transcurrida en la gran casona del siglo XVIII en la que, según contaba su padre  -médico de consulta gorda y bolsillos flacos-, en vida de su bisabuelo Pascual entró a caballo Felipe Varela, hasta el segundo patio, el de lajas. Allí, de un certero sablazo, destrozó la imagen de un San Antonio en tamaño natural y que oficiaba discretamente de receptáculo o “ladronera”(2) de monedas de plata...


         En el enorme dormitorio de cielo raso de tela pintada con cal y gruesas paredes de adobes centenarios, acostado ya en la cama de hierro niquelada y tapado hasta la coronilla con la gruesa manta catamarqueña, se ubicó él en el asiento de adelante y, en el de atrás, Ana. Se colocó los oscuros y grandes anteojos, verificó el funcionamiento de los relojes, comprobó el movimiento de los alerones, miró hacia los hangares y, luego, hacia adelante, aceleró el giro de la hélice y empezó a tirar lentamente de la palanca del centro para remontar el Pìper hasta por arriba de las nubes, a pleno sol. Abajo, la màs bella isla: Icaria...



(1) Donde estaban estos pabellones funcionan ahora Tribunales y la Legislatura.

(2) Ladronera. Alcancía de barro o caja de madera o de metal con una sola hendidura, que sirve para guardar el dinero que se ahorra.

Juella y las hormigas



 JUELLA Y LAS HORMIGAS

Querida sobrina Trini.
Vuelvo al tema que nos ocupó hace un tiempo a raíz del cesto que olvidaste con el equipo para matear en el rancho de la Quebrada. Mi primera contestación a tu e-mail del 8 de enero resulto ser, simplemente, un epílogo de lo que me tocó vivir al retornar a Juella luego de un largo período de ausencia.
Lo que aconteció entonces viene a cuento, además, por que la aventura vivida integrará un librito que quiero editar y, naturalmente, serán incluidos aquellos sucesos.
            Antes que nada debo informar a mis posibles lectores los antecedentes del acontecimiento. Se trató de un viaje programado por cinco sobrinas que partieron de Córdoba hacia el noroeste argentino (Salta y Jujuy), para conocer sus intrincados, ignotos y sorprendentes lugares; concluyendo, de regreso,  en el Museo de la Luz, a la vera de una bodega en los Valles Calchaquíes, hechura de un suizo con abundantes años y dólares (ahora ciudadano estadounidense).
La principal protagonista y responsable del episodio que me ocupa es Trini, profesora de artes y descendiente pura y nata de los oriundos precolombinos de nuestra Patagonia (su esposo Pablo, mi sobrino por parte de hermana, es proveedor de fotocopias a la mitad más uno de los cordobeses e hincha fiel, hasta el tuétano, del Club Boca Junior).
 Martita, arquitecta de alma pero comerciante de palmas (su esposo Jeany, ingeniero involucrado en una aventuras fenomenal, cual es tratar de convertir  a los habitantes de un remoto, ignoto y semiárido paraje de la Provincia de Santiago del Estero, en protagonistas hacedores de nada menos que un establecimiento agroindustrial modelo, ignorando -entre otras cosas- la siestas proverbiales, casi religiosas y sin duda rituales de los lugareños, costumbre ancestral  esta, que algunos estudiosos dicen anida incorporada a la espiral genética; modorra  que comienza al medio día para finalizar un poco antes de la cena. Al gusto de los antropólogos, una cuestión cultural.
Verónica licenciada en Ciencia Políticas, involucrada en la imposible tarea de encontrar algunas luces, por parte de nacionales y extranjeros, del “pensar” y accionar de  políticos por estas tierras de la plata, históricamente saqueadas, primero por españoles, luego por ingleses, más tarde por norteamericanos y finalmente por “dirigentes” nativos. Personajes, estos últimos, pagados, palanganes, pampacos, petarderos,  pelotudos, piqueteros, picaflores, picudos,  porrateros, porquerias, pungas, putañeros, y de a ponchadas (Su esposo Román, veterinario riocuartence, remiso absoluto a entenderse por estos territorios del norte, con nosotros, nuestros hermanos altiplánicos y nuestras circunstancias indo americanas).
Carolina, la de la eterna sonrisa  (su marido Gustavo I, ingeniero también, responsable,  en la zona de la “Feria de las Artes” cordobesa,  del gran barullo en lo que fuera una vieja panadería de “la docta”, y ante el asombro desconsolado del nonagenario autor de aquella industria primordial que ve salir de sus hornos, no ya apetitos y crujientes panes, sino cervezas, vinos, tragos y otras vituallas ingeribles para un multitudinario, jaranero, impúdico y desbragado público. Una historia travestida).
Virginia porteña por adopción y graduada en psicomotricidad por vocación, paciente y luchadora (su marido Gustavo II, licenciado en sonido, sumergido entre botones, teclas y otras incomprensiones, en el infinito mundo de las resonancias, inflexiones y combinaciones, llevadas a los extremos de la modernidad).
                  Ellas, en fin, las protagonistas de esta historia y desprendidas, por unos días, de los “mandos naturales”. Ellos, los de del sexo fuerte, resignados acatadores, esperaban su regreso.
Aclarado el reparto estelar, la ventura que me tocó en suerte con las cinco “libertinas” y su gira automovilista, va la historia:
Todo comenzó en la tercera noche, ya en la quebrada humahuaqueña. Pernoctaron en el rancho de adobes con revoques bolseados; puertas y ventanas de postigotes y aseguradas con trancas; baño del siglo XIX (bañadera de hierro fundido de patas felinas y cortina púdica, depósito de agua a campana y cadena encima del inodoro, mueble de baño en roble tallado con espejo móvil y lavatorio de pie  enlozado flanqueado por dos ventanas enrejadas que dejan entrar las luces de colores que pintan el paisaje); viguería de álamos que sostiene techos de cañas y torta de fango; antiguos pisos, ahora más modernos, de cemento alisado; completa el cuadro un horno de barro con parrilla contigua. La vivienda integra un pueblito inexplorado de Jujuy, en la ya famosa quebrada de Humahuaca, titulado Juella y a ocho kilómetros al norte de Tilcara  Todo enmarcado entre montañas -amarillas, rojas, verdes, grises en mil tonalidades-, pisadas de dinosaurios, restos de un antiquísimo pueblo incaico, quebradas, pequeños valles frutales, minas abandonadas, misachicos, festividades patronales, carnavales de cinco semanas (previo, desentierro, principal, entierro y el de las flores, todos a razón de una semana por capítulo), apachetas, semana santa, fieles difuntos, etc.  
Pues bien, de  aquella última noche de mujeres solas, de luna y mates a la luz de un farol a kerosene, quedó olvidado un cesto que contiene lo indispensable para el ritual compartido.
Ocurrió que, luego del pernote femenino, el establecimiento quedo cerrado por más de quince días hasta mi llegada.
Cuando me disponía a insertar la llave en la cerradura del antiguo portal, descubro, a mis pies, un movimiento extraño a lo habitual en la morada: desde el masetero, que oficia de bordura con geranios de flores rojas en la galería, partían y llegaban una interminable columna de hormigas afanosas que recorrían, siempre de prisa y sin dubitaciones, un delgado derrotero que cruzaba la galería, subían el escalón de la entrada, desapareciendo y apareciendo en ritual furtivo por debajo de la puerta. Al observar el cuadro me llamó la atención la expresión de las protagonistas: las que iban tenían un semblante entre ansioso y expectante y las que regresaban lo hacían, por lo contrario, como más relajadas, golosas, algo rechonchas, marchaban agobiadas cargando en sus espaldas, al parecer, un tesoro. Consideré, en primera instancia, la situación como una  multitudinaria violación a mi domicilio. Luego de un largo cabildeo individual y sin radicar denuncia alguna al Centro Vecinal (ante la ausencia de otra autoridad en el pueblo ¡por suerte!), un tanto cargado de enojo, decidí abrir aquel ingreso violado impúdicamente por la rendija inferior. A partir de ese momento ¡OH sorpresa!, la columna de intrusas llegaban a un cesto depositado en el suelo detrás del ingreso; desaparecían y aparecían, como por arte de  magia, en la urdimbre de mimbre del receptáculo. Con cuidado y temeroso levanté aquel contenedor de objetos para el mate y lo deposité en la mesa principal, despaciosamente levanté la tapa y se presentó, ante mis ojos, un desolador panorama: adentro de una bolsa de celofán, atiborrada de  diligentes caminadoras, yacían migajas de lo que seguramente fue, en sus mejores épocas, una exquisita combinación de  harinas, huevos, manteca, levadura y azúcar; amasada y sometida a la metamorfosis ocurrida en un horno a 180 grados de temperatura y durante treinta minutos: la torta.
A partir de aquel momento ocurrió un total desorden del contingente infractor. La mayor de ellas, comandante del grupo, con cara desencajada me espetó sin preámbulo por que ejercía esa espantosa privación: de sus libertades y del apetitoso sustento que habían encontrado casualmente, luego de interminables exploraciones, en zonas no autorizadas y que, sin el concurso de sus disciplinadas trabajadoras, habría sido presa de seres monstruos, repelentes y malolientes (responsables en última instancia hasta de la disgregación humana) los gusanos. No sabiendo que contestarle ante tan contundente y concluyente argumento, dejé el cesto en el lugar anterior hasta el día siguiente, rogándoles, a las incansables manducantes, que terminaran su tarea, prometiéndoles que, cuando regresara a Salta, enviaría a las autoras del desaguisado,  un e-mail conteniendo la gnosis pormenorizada de los hechos y que provocó, al final, tremendo desasosiego para con una colectividad de seres afanosos e indefensos, debiendo las hermanas con  la cuñada, reivindicar el atropello en una próxima visita portando otra repostería con los mismos encantos e idéntico olvido.


Cuestión que concluyo por este medio y en este momento.
Será justicia.

Tío Alfredo.