Nocturno en Cayo Largo
Cuba
O la espuma con el agua transparente
y el espejo con sus peces de colores.
¡No! ¡Es el mar devorado por su arena!
Relatos.
Nocturno en Cayo Largo
Cuba
Nocturno en Frutillar
Chile
Zermat
Repaso un mundo albo, sin roturas:
“El Callejón”
(Huacalera)
Lo sabemos. Fue una ronda:
La arboleda, el Río Grande
y madrigales entre espigas.
Tu casa: grana por la tarde,
suda ardor en las ventanas.
Nos bañamos con los soles.
El callejón está amparado:
verde perenne, disipando.
Paso lento imperecedero
concluyente de armonías.
Con mis cerros y tus cielos,
luz toronja al ocaso: ¡Arde!
Profusas vuelan las cotorras,
chillan inminentes a su nido.
El loro viejo desfila solitario,
concluyente
Éramos dos y pareció perpetuo
encontrarnos con los brotes, aires, troncos viejos, pircas sempiternas.
Armonías de otro tiempo prodigan
promesas y ardores en ese tu patio.
Sueños que me asaltan sin cuidado
desgajando recuerdos recurrentes.
Es mejor morir en la inconciencia
que navegar frente a la corrient.
Verdes, sepias, blancos, negros, rojos;
pintan sueños en los rizos de las
tardes.
Soles, vientos, lunas, esencias
rigurosas;
reunión inmune en todos mis
silencios.
Solo eso: fantasías, quimeras en ese día.
A.L.
Perfiles Históricos Llanes Lo siguiente resulta ser síntesis manifiesta de un acontece que merece ser recordado: sucede en la etapa de la transición de Colonia a República en Sudamérica. En este caso, el singular salto generacional de un padre realista a su hijo republicano.
¡ROBO EN ARGENTINA!
Esta es la segunda vez que me refiero a la minería en mi provincia y el país, en particular al litio y coltán, minerales que se usan en la industria electrónica, escasos en el mundo y de gran valor económico.
Argentina esta recorrida de punta a punta por la Cordillera de los Andes, relativamente virgen en lo que respecta a la extracción de minerales, cuestión que no ocurre en Chile, dueños de la vertiente pacífica de la misma cordillera y explotada en mayor escala, al punto que el cobre de Chuquicamata y otras zonas resulta su mayor ingreso. En Jujuy a partir de tres grandes minas: el Aguilar (plomo, plata y zinc), Pirquitas (estaño, plata y zinc) y en 2012 Chinchillas (plata, plomo y zinc) van apareciendo otros yacimientos dos de ellos de gran importancia actual: el litio y el coltán.
Provincia de JUJUY, ARGENTINA.
En Jujuy se extrae el litio. De acuerdo a la ley que regula lo que la Provincia cobra en concepto de regalía minera, corresponde solamente un 3 % (o menos por algunos descuentos pudiendo llega al 0.3%) esto, naturalmente, resulta un regalo a la empresa extranjera (en Chile la regalía por el litio es del 40 %) que utiliza: rutas, tendidos de electricidad, agua, personal preparado en escuelas, colegios y universidades argentinas gratuitas, etc. etc. Por todo esto "hacen colas las multinacionales" para llevarse gratis los minerales de Argentina. Y que hacen: Diputados provinciales y nacionales? Senadores nacionales? Gobierno Nacional? Gobiernos provinciales? Políticos? Gremialistas? La Justicia? ¡¡¡Miran para otro lado!!!
ARGENTINA ESQUILMADA
Personalmente conozco el caso ocurrido, años atrás, en la localidad de Juella: Periódicamente aparecía por la ruta que transcurre por el poblado una camioneta con vidrios polarizados que al detenerse bajaban personas de aspecto extranjero, cruzaban el río y se internaban por la quebrada próxima al conocido Cerro Amarillo y los restos arqueológicos contiguo. Esto despertó la curiosidad de los lugareños que en la próxima vez cruzando un tronco en la ruta obligaron a detener el vehículo solicitando que se identificaran, resulto ser de la Empresa “Uranios del Sur” en búsqueda de minerales, probablemente del “torio” sucedáneo del litio. Esto despertó la alarma de los pobladores por la posible contaminación y la utilización del escaso caudal de agua del lugar que los llevo hacer el reclamo a las autoridad municipal de Tilcara y al gobierno provincial, cuestión que dio el resultado esperado. ¡Desapareció la empresa!
Conocido el descubrimiento del cotizado mineral, se formó una empresa compuesta por el ex gobernador de la provincia y su cónyuge para la extracción de litio y coltán.
DENUNCIA
Quiero DENUNCIAR el regalo de los minerales jujeños a empresas extranjeras que pagan solamente el 3 % (o mucho menos: 0.3%) de regalía y que, además, el Estado no controla la cantidad que extraen, solamente lo que la empresa comunica. El litio pasa a Chile y desde allí vía marítima a países asiáticos, posiblemente a China. (¿La justificación a este robo es que proveen mano de obra?). A los Diputados y Senadores Nacionales que representan a Jujuy: ¡¡¡SEÑORES LEVANTEN LA VOS Y RESUELVAN SEMEJANTE RATERÍA, DEFIENDAN JUJUY!!!
Notas:
Uno de los Senadores jujeños sería abogado de la Empresa “Uranios del Sur”.
En la Provincia de San Juan está la mayor reserva del mundo de cobre en Calingasta: “Los Azules”. Empresa: “McEwen Copper”, 10.200.000.000 de libras con una ley del 0.48% y 19.300.000.000 de libras con una ley 0.33%, para 30 años de operación. OTRO GRAN "REGALO" DE ARGENTINO AL PRIMER MUNDO.
_____________
EL HOLOCAUSTO. Quiero denunciar también el holocausto -no revelado- por la explotación en la República Democrática del Congo (ex Congo Belga), de la mayor reserva mundial de coltán y cuya extracción apareja la muerte de más de diez millones de africanos: niños, jóvenes, mujeres y hombres por enfermedades y a manos de pandillas armadas de países vecinos, muchos de ellos ex colonias de Francia pero dependientes económica y políticamente de sus antiguos colonizadores galos. Dichas pandillas pagan 1 o 2 dólares por kilogramo del mineral a los paupérrimos africanos y lo venden a empresas europeas o norteamericanas donde cotiza 30, 40 o 50 veces más.
SALMÓN ROSADO
Una tarde
calma y ardiente del verano en el pueblo verde de lluvias, estimula a la
tertulia. Estamos invitados mi esposa y yo.
El
anfitrión: un escritor famoso –premiado en “La Casa de las Américas” por
el mismísimo Comandante Fidel Castro-; por entonces agregado diplomático en un
país latinoamericano. (Época, aquella, en que fue hecho Presidente
Argentino Don Arturo Frondizi). Completan el grupo la cónyuge del galardonado y
una pareja venida de los Estados Unidos: unión convenida entre un conocido
periodista y escritor argentino y una joven bella y frágil
norteamericana. Yo ajeno, por aquellos tiempos, a toda presunción literaria.
Recorremos, en el Fiat 600, los veinte
kilómetros hasta el caserío. Calles de tierra húmeda y veredas enmohecidas;
todo enmarcado por cerros encrespados.
La casona del
convite permanece oculta por antepechos de piedra bola amañadas con calicanto y
cubierta de enredaderas. Para ingresar al solar se accede por un
portón con dos hojas de hierros forjados. Luego aparece un parque amplio, en su
centro la casona de barros -tesoro arquitectónico colonial-. En la
fachada una puerta de roble con banderola, a los costados
ventanas selladas con rejas. En el vasto jardín hacen alarde: árboles,
plantas exóticas y manchones florales. Un sendero de lajas arrimadas
nos traslada al ingreso.
Hacemos
tronar un aldabón de bronce con cabeza de león que sacude una corona de
laureles. Pasa un tiempo y se abre la puerta; nos recibe una empleada solícita;
viste zapatos con cordones, medias grises, bata azul hasta los tobillos, puños
bordados, delantal, guantes y cofia blancos.
-Bunas tardes. –Me animo.
-¿El señor
y la señora?
-Pregunta.
-Alfredo y mi esposa Silvia.
-Respondo. (2)
-Sí. Por favor
adelante. Los esperan. –Concluye.
Al
ingresar florece deslumbrante el interior de una extensa habitación atiborrado
de vejeces y muebles de estilo. Se disponen, alrededor de una mesa Luis XV con
sus sillas, aparador y trinchante al estilo, arrimados a la pared
sillones chippendales. Encuadran el recinto muros saturados de
pinturas telúricas. En la pared izquierda una puerta deja ver un
escritorio con bibliotecas atosigadas de libros, una ventana con vitrales
y escudo multicolores.
Preside
el evento un arreglo florar en el centro de la mesada y una araña colonial
colgada.
La
dueña de casa nos recibe con una amplia sonrisa… El resto de contertulios,
ya presentes, se levantan y saluda. En voz alta, la dueña de casa, presenta:
“Alfredo y Silvia amigos jujeños. Nuestros convidados: Ana Maria y su compañero
Osvaldo, ellos viven en Estados Unidos. Tomen asiento”. Se desacomodan los dos
escritores en un extremo, cerca de la biblioteca; nosotros en el otro
vértice.
Durante las
presentaciones advierto que la rubia desconoce, en absoluto, el idioma español.
Se trata de una mujer atractiva que responde solo con gestos de difícil
comprensión, su esposo refriega acento porteño.
El
anfitrión, es figura principal, muy reconocido socialmente: Empático,
cálido, ostenta un arrollador magnetismo con sus acólitos. Si, conozco su
mirada de costado, furtiva, tos en carraspera al momento de alguna pregunta
urticante. Con destreza instrumental paseó por el mundo con la
diplomacia y las letras. El casamiento resulto vital para sus
aspiraciones.
Finalizada
la rutina iniciática, la pareja de invitados intercambian, por algunos
instantes, frases en idioma inglés; enseguida el visitante gira en su asiento
para enfrentarse al amigo escritor e inician la plática en riguroso castellano.
La dueña,
con arrestos cortesanos, vestida de fiesta, entra y sale desde la cocina con
platillos de colaciones. Con su intermitente presencia rompe, por
momentos, el diálogo intelectual. La mesada se va
colmando de manjares. Copas de cristal para champaña y Whisky...
El diálogo
va in crescendo entre los eruditos, se barajan nombres y citas
bibliográficas de libros, pasando por anécdotas, condimentadas con citas
textuales y recitadas con fidelidad; poco a poco se va plasmando un
contrapunto. Pasados los minutos, las horas, aquello resulta un
duelo, un ejercicio de arrogancia intelectual, una carrera de quien conoce
más. Se juega el deseo de mostrar erudición, de someter al otro. Agotada la
posibilidad de seguir con atención la disputa, se amontonan y confunden en mis
oídos nombres y circunstancias. Con esfuerzo capto algunas referencias como la
de Flannery O`Connor criando sus pavos reales y su cuento corto “La
buena gente del campo”. Con libro en mano, el dueño, lee párrafos de
“Diario Argentino”, del escritor polaco Witold Gombrowicz -venido a estas
tierras huyendo de la segunda guerra mundial- es el que dijo: “Maten a
Borjes”.(1) (7) Retruca el visitante con
más referencias y convocatorias memorizadas. También ingresan al ambiente los
latinoamericanos. Aparecen y desaparecen escritores famosos,
nobeles, y otros no tanto; también, citas, anécdotas y hasta encuentros
personales.
Los
únicos actores de aquel "espectáculo" resultan los prosistas. Un
duelo interminable. Una pelotera por imponer sabidurías. El resto de
parroquianos ausentes, invisibles, empalagados.
Estoica
la dueña de casa no descansa, va y vuelve reponiendo platillos, un repertorio
inagotable; por momentos se sienta y escucha fragmentos del dialogo.
Transito una eternidad y navego sin
rumbo.
La
norteamericana -ausente del idioma hispano- repasa con la vista los detalles
del mobiliario y las antigüedades, permanece callada, inanimada, ausente,
omitida. Pasan las horas. La noche se anuncia apagando la lumbre de las
ventanas y se inflama la araña colonial.
Pasó
mucho tiempo desde el brindis inicial con champaña al momento del whisky.
Mientras continúa la pugna, la invitada neoyorquina toma por su cuenta el
botellón escocés que vierte en su vaso, sin demoras lo ingiere
y repite la rutina. Los hablantes siguen ensimismados en su combate,
ausentes del resto. La norteamericana, sin expresión, se va perdiendo en un
infinito inexorable. Finalmente desagota, sin pudor, el contenido de la botella;
anoto desde mi posición que va entonando un rictus triunfal, glorioso; pero no
me animo a intervenir, ni a "despertar" a los locuaces ante una
realidad totalmente ajena al campeonato; ni siquiera me animo a insinuar lo
que acontece. ¡Una misión imposible!
En acto
final de paquetería, la anfitriona, ausente de lo que está sucediendo con la foránea y los eruditos,
reaparece con un envase metálico abierto conteniendo fetas de salmón rosado
venida de Noruega, una exquisitez pocas veces vista, de costo exorbitante, por
aquellos años; depositado en el centro, entre las escudillas, resulta un final
de "nivel". La ignota invitada baja la vista y la fija en la novedad
del pez nórdico mutilado. Ignorada, deja pasar algunos minutos, finalmente acerca
decidida su diestra al pez en la lata y toma con delicadeza, entre pulgar e
índice, una delgada feta que, siguiéndola con su mirada, la hace recorrer un
lento ascenso hasta donde el brazo se lo permite; ya en estricta
verticalidad, con la cara vuelta hacia arriba y la boca abierta, libera la
presa para que en caída libre acierte exactamente embocada; la situación se
repite feta a feta hasta vaciar el contenido. Los protagonistas de la contienda
siguen en su lucha sin cuartel con citas y nombres ajenos a la nueva situación;
la dueña de casa en su afán de ir y volver con sorpresas comestibles, está ausente
de la pelotera.
La
extranjera escucha un duelo insondable. Ignorada, solitaria, permanece
“sin entender ni jota”.
Por fin
liberada, en un acto concluyente ante el abuso, eleva rumbosamente uno a uno
sus miembros inferiores y deposita los pies, ahora desnudos, sobre la mesada
entre bombones, cristalería destrozada y la consiguiente batahola. ¡Por fin la
realidad despierta y aterriza en la casona! Todos miramos azorados el
espectáculo feroz y justiciero. “Un batuque”. La mujer es ahora la
protagonista. Aflora su dignidad sepultada, su incomunicación absurda y el
olvido aterrador en una circunstancia desopilante. Ya no valen citas, autores,
anécdotas. ¡La gran estrella es ella!
¡Se
desmorona la torre de Babel!
El
paisaje de la noche y sus sombras se manifiesta con precisión puntual.
-Alfredo,
por favor, ayúdame, no se puede parar. –Me implora el dueño de casa.
Ahora resuenan
en la casona ancestral risotadas universales que indican, en la acometida, el
triunfo final de la extranjera.
-Sí.
Claro. ¡Vamos!…
Entre los
dos elevamos aquella bella dama norteamericana y la depositamos en el asiento
trasero del automóvil... Arranca e inicia la marcha. ¡Mientras se van perdiendo
en la distancia y en la noche obstinada, las carcajadas triunfales de Ana
María!
Un gran
reloj de pared marca la hora en que despiertan los
murciélagos.
_____________________
(1)
- Pasados
varios años de aquel combate, pude encontrar --luego de una ardua búsqueda- al
citado autor polaco en su “Diario Argentino” y su anti poesía donde apunta: “No
hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas
muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal
suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes -finos y cultos,
por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta- advertían la treta; o,
analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con
asombro que los “admiradores” ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede
ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la “precisión
matemática” de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el
orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios
goces, admiraciones y deleites están basados sobre un convenio de mutua
discreción…”.
Alfredo Linares. Década de 1970.-
LA PROEZA DEL SEMILLÓN
Las
seis de la tarde en el tercer patio del caserón familiar, el del lavadero; allí
se aprestan la paila de cobre con el cayote pelado y desgarrado encima del brasero
negro de tres patas, listo para transformarse en dulce de finas hebras canela ;
será revuelto hasta lograr la delicia (con
la recompensa postrimera de la raspa).
“Comprá un kilo de azúcar, en
lo de Cognetta. Llevá la libreta” -Ordena mi
madre.
Como
era frecuente, las compras en el almacén de la esquina. Calzo las zapatillas
menos agotadas y parto al negocio. Para cruzar la calle, debo esperar en el
cordón de la vereda a que suceda un espacio entre la maraña de bicicletas
montadas por albañiles, vendedores, mecánicos, empleados, vendedores callejeros…
A esa hora regresan a sus hogares en las villas, del otro lado del rio Xibi
Xibi.
En
la vereda de enfrente, inevitable, paso por la casa donde fuera asesinado Juan
Galo Lavalle (1) a
manos de José Bracho, entre las cinco y media y las seis de la mañana del 9 de
octubre de 1841, cuando se rezaba la primera misa en la iglesia San Francisco.
Ya en el almacén, con ingreso principal en la propia esquina trepo los
escalones de la puerta lateral del comercio, ingreso por el salón que oficia de
cantina para parroquianos, desde allí
por una puerta al local. Construcción aquella con pisos de ladrillo, paredes de adobes
alisadas con calicanto, techo de caña y torta de barro coronado, en etapa posterior,
con tejas “chunqueras” -moldeadas vaya a saber en qué muslos tejeros del siglo
XVIII-. Todo sostenido por robustas viguerías de quiebrahacha (2)
talladas con azuela. Esa primera habitación es el motivo de mi curiosidad:
recinto frecuente de notorios figurones. Allí permanecían casi en penumbras, inalterables,
generosos, repletos, dos grandes toneles de roble —uno con el apetecido licor
tinto, el otro con el codiciado néctar del “semillón”—. De vez en cuando, desde
los grifos de madera cae una gota en latas desocupadas de dulce de batata ahora
rellenas de aserrín y colocadas en el piso. Como siempre, penetra sin
piedad el invariable aroma del vino que inunda el consagrado recinto.
Alrededor de las cinco de la
tarde, en dos mesas arrimadas de pino, ya cansadas, gastadas por el uso, que
descubren impúdicas sus vetas y nudos; la ocupan, fijos, los de casi todas las
tardes. Son los mismos protagonistas que se dejan ver, en los mediodías, mostrados
con trajes, solemnes, campanudos, intactos, casi ilustres; caminando por la
calle Belgrano desde Necochea hasta la Iglesia Catedral, una usanza diaria, rutina
aparatosa pero necesaria a sus notoriedades en la pequeña y pueblerina ciudad.
Son algunos de los cofrades integrantes del más alto referente social de aquella
minúscula, tranquila y linda —casi colonial— “Muy Leal y Constante Ciudad de
San Salvador de Jujuy”. Antes de la trágica debacle arquitectónica.
En aquel ámbito vinoso -un
ícono de barros- junto a la ventana, apoltronados en sillas de madera se ven
temprano en las tardes: al ex gobernador interino, a don Fenelón finquero de Santa
Bárbara, el presidente del Club Social, un Senador Nacional con mandato
cumplido, Ministro con mando, Juez mañanero, el Presidente del Banco y
otros ilustres jujeños, apiñados. Pasadas las horas se va ampliando con otros
representantes de la prosapia jujeña, siempre poseedores de apellidos sonoros.
Beben y beben manteniendo la estampa, denotando alcurnia. El parloteo discurre
entre añoranzas y esplendores, apellidos y relaciones. Son típicos, notables.
El
despensero, ahora transmutado en cantinero, sirve desde las barricas hasta colmar
largos vasos lisos de vidrio sin derramar una gota, el ambicionado líquido claro
o purpúreo.
Más tarde, a la hora de salida
del trabajo, arribaban sin estridencias:
empleados de comercio, albañiles, pintores… Trabajadores con las improntas de
la faena diaria, con sus ropas gastadas, sucias. Se ubican en las mesas
restantes. Un recién apoltronado proclama: "Para mí un tinto”… Silencio… “Para
mí, un semillón”, retruca un recién llegado de traje de hilo blanco, sombrero y
apellido importante al momento de dejar colgado su paraguas en la percha y
abrirse espacio en las mesas de los escogidos.
Aquel almacén
ronda, todavía, en mis gratos recuerdos de infancia; pero es más fuerte la
memoria de aquel espacio, el de los vinos y sus parroquianos.
Pasa
algún tiempo en el que los adelantados sostienen la estampa y la distancia. Las
otras mesas están ocupadas por “ignotos” personajes después del laburo. Poco a
poco se va respirando en el ambiente una creciente embriaguez que contagia a
todas las mesas.
Y
¡oh por fin! ocurre el milagro: van desapareciendo las diferencias, los desacuerdos, la distancia; se entrecruzan
ocurrencias, cae la prosapia y se van igualando los dos escalafones, asoman, sin
dudas, las fibras del inconsciente y desaparecen incompatibilidades, el
vocabulario se va emparejando, vulgarizando y anima a todos una fraternal
lisonja. Aflora, la solución: lo común por sobre lo diferente, lo auténtico
sobre la novelesco, lo reprimido por lo liberado, lo humano por sobre todo y
hasta se intercambian las mesas.
No
puedo imaginar, ni remotamente, cómo harían –ahora- los entonces ignotos,
ilustres y aplicados contertulios con los laburantes en un despacho de bebidas,
despojados de toda bambolla rimbombante
—como lo fuera en la casi esquina noreste de calles Lavalle y San Martín, a
fines de los años cuarenta (mucho antes de Ray Conniff) — para describir tanta
alcurnia al momento de pedir (hasta el moño): “Para mí, otro semillón”.
Esta
historia me recuerda dos pasajes poéticos que reflexionan sobre la fugacidad de
la vida y la fama:
“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar
que es el morir” de Jorge Manrique Allá por el siglo XV.
Y más actual en el siglo XX de Nicola Guillén:
Alcemos una muralla, juntando todas las manos, los negros las manos negras, los blancos sus blancas manos. Ay, una
muralla que vaya desde la playa hasta el monte desde el monte hasta la playa, bien, allá por el horizonte.
________________
(Han
pasado más de setenta años y al popular bebedizo —a secas semillón— lo colmaron
de linaje complicándole hasta el nombre. Ahora, para encontrarnos con aquel
generoso pío (4), hay
que saber que se “elabora con uvas botritizadas Semillón...” (5). Debe decirse, también, que este vino “es un
asunto untuoso, de nariz compleja, repleto de matices, que remite en primera
instancia a la miel. Andan por ahí los recuerdos de frutas como el maracuyá y
el melón...” “Un vino denso que tolerará con firmeza los embates de la nuez”.
“La tradición popular indica que los Semillones son dulzones; ojo, esto no
quiere decir con “azúcar residual” sino con una nariz que hace pensar en cosas
dulces, etc. etc.).
Bibliografía.
Fialayre,
Federico (Sommelier del Restaurante Tomo I). “Bondades de los Semillón”, en Cocina & Vinos
de la Revista Viva.
1.
Referencia al General Juan Galo Lavalle, cuyo nombre designa a una calle
céntrica de San Salvador de Jujuy.
2.
Tejas “chunqueras”: de barro que los tejeros elaboraban sobre la parte superior
de la pierna (muslo), tomando forma acanalada y de mayor a menor. El vocablo
proviene de la palabra quechua chunkka que significa, precisamente, `pierna´.
3.
Quiebrahacha: maderas duras en general. De allí deriva el término `quebracho´.
4.
Pío: germ. Vino de uva.
5. Botritis cinerea: moho que produce una
enfermedad que ataca a la uva quitándole líquido y concentrando el caldo.
Alfredo Linares.
LA PROEZA DEL SEMILLÓN
Las
seis de la tarde en el tercer patio del caserón familiar, el del lavadero; allí
se aprestan la paila de cobre con el cayote pelado y desgarrado encima del brasero
negro de tres patas, listo para transformarse en dulce de finas hebras canela ;
será revuelto hasta lograr la delicia (con
la recompensa postrimera de la raspa).
“Comprá un kilo de azúcar, en
lo de Cognetta. Llevá la libreta” -Ordena mi
madre.
Como
era frecuente, las compras en el almacén de la esquina. Calzo las zapatillas
menos agotadas y parto al negocio. Para cruzar la calle, debo esperar en el
cordón de la vereda a que suceda un espacio entre la maraña de bicicletas
montadas por albañiles, vendedores, mecánicos, empleados, vendedores callejeros…
A esa hora regresan a sus hogares en las villas, del otro lado del rio Xibi
Xibi.
En
la vereda de enfrente, inevitable, paso por la casa donde fuera asesinado Juan
Galo Lavalle (1) a
manos de José Bracho, entre las cinco y media y las seis de la mañana del 9 de
octubre de 1841, cuando se rezaba la primera misa en la iglesia San Francisco.
Ya en el almacén, con ingreso principal en la propia esquina trepo los
escalones de la puerta lateral del comercio, ingreso por el salón que oficia de
cantina para parroquianos, desde allí
por una puerta al local. Construcción aquella con pisos de ladrillo, paredes de adobes
alisadas con calicanto, techo de caña y torta de barro coronado, en etapa posterior,
con tejas “chunqueras” -moldeadas vaya a saber en qué muslos tejeros del siglo
XVIII-. Todo sostenido por robustas viguerías de quiebrahacha (2)
talladas con azuela. Esa primera habitación es el motivo de mi curiosidad:
recinto frecuente de notorios figurones. Allí permanecían casi en penumbras, inalterables,
generosos, repletos, dos grandes toneles de roble —uno con el apetecido licor
tinto, el otro con el codiciado néctar del “semillón”—. De vez en cuando, desde
los grifos de madera cae una gota en latas desocupadas de dulce de batata ahora
rellenas de aserrín y colocadas en el piso. Como siempre, penetra sin
piedad el invariable aroma del vino que inunda el consagrado recinto.
Alrededor de las cinco de la
tarde, en dos mesas arrimadas de pino, ya cansadas, gastadas por el uso, que
descubren impúdicas sus vetas y nudos; la ocupan, fijos, los de casi todas las
tardes. Son los mismos protagonistas que se dejan ver, en los mediodías, mostrados
con trajes, solemnes, campanudos, intactos, casi ilustres; caminando por la
calle Belgrano desde Necochea hasta la Iglesia Catedral, una usanza diaria, rutina
aparatosa pero necesaria a sus notoriedades en la pequeña y pueblerina ciudad.
Son algunos de los cofrades integrantes del más alto referente social de aquella
minúscula, tranquila y linda —casi colonial— “Muy Leal y Constante Ciudad de
San Salvador de Jujuy”. Antes de la trágica debacle arquitectónica.
En aquel ámbito vinoso -un
ícono de barros- junto a la ventana, apoltronados en sillas de madera se ven
temprano en las tardes: al ex gobernador interino, a don Fenelón finquero de Santa
Bárbara, el presidente del Club Social, un Senador Nacional con mandato
cumplido, Ministro con mando, Juez mañanero, el Presidente del Banco y
otros ilustres jujeños, apiñados. Pasadas las horas se va ampliando con otros
representantes de la prosapia jujeña, siempre poseedores de apellidos sonoros.
Beben y beben manteniendo la estampa, denotando alcurnia. El parloteo discurre
entre añoranzas y esplendores, apellidos y relaciones. Son típicos, notables.
El
despensero, ahora transmutado en cantinero, sirve desde las barricas hasta colmar
largos vasos lisos de vidrio sin derramar una gota, el ambicionado líquido claro
o purpúreo.
Más tarde, a la hora de salida
del trabajo, arribaban sin estridencias:
empleados de comercio, albañiles, pintores… Trabajadores con las improntas de
la faena diaria, con sus ropas gastadas, sucias. Se ubican en las mesas
restantes. Un recién apoltronado proclama: "Para mí un tinto”… Silencio… “Para
mí, un semillón”, retruca un recién llegado de traje de hilo blanco, sombrero y
apellido importante al momento de dejar colgado su paraguas en la percha y
abrirse espacio en las mesas de los escogidos.
Aquel almacén
ronda, todavía, en mis gratos recuerdos de infancia; pero es más fuerte la
memoria de aquel espacio, el de los vinos y sus parroquianos.
Pasa
algún tiempo en el que los adelantados sostienen la estampa y la distancia. Las
otras mesas están ocupadas por “ignotos” personajes después del laburo. Poco a
poco se va respirando en el ambiente una creciente embriaguez que contagia a
todas las mesas.
Y
¡oh por fin! ocurre el milagro: van desapareciendo las diferencias, los desacuerdos, la distancia; se entrecruzan
ocurrencias, cae la prosapia y se van igualando los dos escalafones, asoman, sin
dudas, las fibras del inconsciente y desaparecen incompatibilidades, el
vocabulario se va emparejando, vulgarizando y anima a todos una fraternal
lisonja. Aflora, la solución: lo común por sobre lo diferente, lo auténtico
sobre la novelesco, lo reprimido por lo liberado, lo humano por sobre todo y
hasta se intercambian las mesas.
No
puedo imaginar, ni remotamente, cómo harían –ahora- los entonces ignotos,
ilustres y aplicados contertulios con los laburantes en un despacho de bebidas,
despojados de toda bambolla rimbombante
—como lo fuera en la casi esquina noreste de calles Lavalle y San Martín, a
fines de los años cuarenta (mucho antes de Ray Conniff) — para describir tanta
alcurnia al momento de pedir (hasta el moño): “Para mí, otro semillón”.
Esta
historia me recuerda dos pasajes poéticos que reflexionan sobre la fugacidad de
la vida y la fama:
“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar
que es el morir” de Jorge Manrique Allá por el siglo XV.
Y más actual en el siglo XX de Nicola Guillén:
Alcemos una muralla, juntando todas las manos, los negros las manos negras, los blancos sus blancas manos. Ay, una
muralla que vaya desde la playa hasta el monte desde el monte hasta la playa, bien, allá por el horizonte.
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(Han
pasado más de setenta años y al popular bebedizo —a secas semillón— lo colmaron
de linaje complicándole hasta el nombre. Ahora, para encontrarnos con aquel
generoso pío (4), hay
que saber que se “elabora con uvas botritizadas Semillón...” (5). Debe decirse, también, que este vino “es un
asunto untuoso, de nariz compleja, repleto de matices, que remite en primera
instancia a la miel. Andan por ahí los recuerdos de frutas como el maracuyá y
el melón...” “Un vino denso que tolerará con firmeza los embates de la nuez”.
“La tradición popular indica que los Semillones son dulzones; ojo, esto no
quiere decir con “azúcar residual” sino con una nariz que hace pensar en cosas
dulces, etc. etc.).
Bibliografía.
Fialayre,
Federico (Sommelier del Restaurante Tomo I). “Bondades de los Semillón”, en Cocina & Vinos
de la Revista Viva.
1.
Referencia al General Juan Galo Lavalle, cuyo nombre designa a una calle
céntrica de San Salvador de Jujuy.
2.
Tejas “chunqueras”: de barro que los tejeros elaboraban sobre la parte superior
de la pierna (muslo), tomando forma acanalada y de mayor a menor. El vocablo
proviene de la palabra quechua chunkka que significa, precisamente, `pierna´.
3.
Quiebrahacha: maderas duras en general. De allí deriva el término `quebracho´.
4.
Pío: germ. Vino de uva.
5. Botritis cinerea: moho que produce una
enfermedad que ataca a la uva quitándole líquido y concentrando el caldo.
Alfredo Linares.