Dr. Ricardo Podio



El Examen

            Nací en San Salvador de Jujuy. Mi madre cordobesa es hermana de otras once ramas del mismo tronco.
            Durante algunos de los veranos, después de las fiestas de fin de año en mí terruño, solía viajar a Córdoba a casa de mi abuela en Caseros 830, una cuadra posterior al Amparo de María y  Colegio Santo Tomás, con su iglesia neogótica en la esquina. Allí transcurren parte de mis vacaciones en algunos estíos.
A finales de la década de 1940 sumo yo no más de nueve años de edad, y viajo a la ciudad de Córdoba en tren para unas holganzas diferentes. Urbe  que aparece ante mi fantasía como un emporio de novedades interminables. En estas circunstancias mi abuela y madrina, Doña Lola, me manda hacer algunas compras al almacén de la esquina: en Caseros y San José de Calasanz. Uno de los hijos del comerciante es médico reciente, pero ya famoso por sus cualidades humanas y profesionales. En el vecindario se habla con respeto y admiración por la capacidad y bonhomía del doctor; situación que llama mucho la atención.
Un día a la semana, a partir de la otra esquina, sobre la calle Artigas, se monta una feria de frutas y verduras. Apenas se ingresa por el callejón central, surge arrogante una gran olla férrea rematada con dos grandes manijas, en su interior espera el aceite hirviendo fisgoneado por un bracero; el cocinero, de delantal blanco, porta una enorme jeringa metálica: dispositivo integrado por un grueso cilindro con terminación dentellada, como si de la parte superior de una muleta se tratara, una culata està diseñada para ser apoyar en el hombro y se prolonga en un vástago al estilo de las bielas y  penetrar el cilindro. Relleno el dispositivo con  engrudo (agua con harina), el ranchero acomoda el extremo en el hombro, toma las manijas, tracciona con fuerza mientras se hunde el pistón de tal forma que sale la masa por el extremo fenestrado y caer en el aceite generando burbujeos mientras dibuja, en forma continua, círculos concéntricos hasta colmar la superficie; pasados unos minutos el color blanco de la preparación se torna dorada, en este punto extrae la “rosca”, la dispone sobre una mesa empapelada con rapidez, munido de pinza y tijera la secciona en tramos de no más de 20 centímetros, todos iguales; finalmente  espolvorea con azúcar: y vocifera: “churros calientes, los que quiere la gente, a un peso la docena”.
            Los fines de semana en el gran lago del Paseo Sobremonte, lanchitas y autitos a pedal navegan en círculo todas las tardes de los sábados y domingos. (Antes de la construcción del enorme edificio de la Municipalidad, sostenido por enormes clavos de acero).
            Otra de las novedades, en estos años felices, es el tranvía que baja por la calle Corro y concluye su recorrido en la terminal, no lejos de la casa de mi abuela. El conductor, parado, manipula una pulida y dorada manija que da velocidad al carromato eléctrico, antes de cada esquina hace tronar una campana  anunciando su paso; de tanto en tanto, para cambiar de vías, detiene la marcha, baja con el largo barreno que oficia de  palanca entre los rieles. El guarda, también parado, se aburre en la parte posterior.  
            Un día, como por arte de magia, brotan en muchas esquinas céntricas  heladeras pintadas de rojo con anuncios blancos, ofrecen el famoso refresco oscuro en botellitas de vidrio. También puestos callejeros, montados sobre ruedas y con techo, están equipados con un novedoso adminículo llamado licuadora y una barra de hielo que raspada por una cajita metálica con hendidura y filo se colma de agua congelada,  molida, lista para el "licuado de banana con leche"; un clásico para siempre.
            Otras veces, en el “asiento rumble” de la parte de atrás de una cupe Ford 1936, acompaño a mi tío Oscar que recorre, guiado por anuncios en el diario “Los Principios”, propietarios que anuncian inmuebles en compra o venta, ofreciendo sus servicios de escribano.
            Un mundo de novedades. De todo ello, lo que queda para siempre en la memoria por trascendente, es el registro indeleble del médico joven idolatrado por el barrio.

            Finalizados los estudios primarios en la escuela Belgrano y secundarios en el Colegio Nacional de San Salvador de Jujuy; motivado profundamente por mi padre y su profesión de galeno en su entrega al servicio de todos, me imprime la decisión de ingresar a la carrera de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba; donde egresó también él, en la década de los años 30. Mi primer examen, el de Anatomía Descriptiva, preparado a conciencia con los amigos y compañeros: Jorge Bit Chakoch y Ernesto Mármol, resulta un fracaso total: La noche anterior, en casa de Jorge del Barrio San Vicente, hacemos el repaso general que duró hasta las primeras horas del día “D”; luego de dormir muy poco,  despierto ya sobre el tiempo del examen, me visto rápido y salgo a la calle para tomar el ómnibus. Al llegar a la Cátedra, en el Hospital de Clínicas, encuentro al Profesor adjunto, Dr. Antonio, cerrando el registro de alumnos, le explico mi tardanza y accede a incorporarme al listado que firmo finalmente; calculo en dos horas, al menos, para que llegue mi turno. Decido continuar el repaso con el libro muy cerca de la Cátedra, en el umbral de Anatomía Patológica... Grande fue mi sorpresa cuando desperté pasado mi turno, corrí a la Cátedra y el examen había concluido, los profesores ya no estaban. (Había confirmado mi presencia, me llamaron y no estaba. ¿El primer aplazo? ¿Un cero? No, el primero de la carrera no se computa). Explicar el increíble final de mi  experiencia inaugural a los amigos fue una tarea ímproba, al punto que decidí mentir, incluidos padres y parientes; la información ventilada: “Fui bochado”.
            Vivo en un departamento de Caseros 2030, alquilado por el amigo jujeño Èdison Ramón Alfaro Ocampo, también estudiante de medicina, dos años adelante. Es él, quien me invita, una tarde de 1959, a una asamblea estudiantil en el Aula Magna del Hospital Clínicas. ¡Es mi participación inaugural en la vida estudiantil! Se debate, entre los partidos Reformistas y el Integralista, aspectos del gobierno tripartito; no hay acuerdo y la discuciòn sube de tono. Mi amigo milita en la agrupación Humanista, fracción estudiantil casi inexistente al punto que es el único representante en el debate. En el furor de la batalla verbal, mi amigo, pide la palabra en varias oportunidades sin resultado; yo a su lado no entiendo nada. Finalmente, el presidente de la asamblea pontifica: “Tiene la palabra el compañero Alfaro del Humanismo”; es un Integralista que trata de “digerir” el debate y que a ojos vistas van perdiendo. Me llama mucho la atención que lo individualice tan nítidamente en el alboroto multitudinario. ¡Silencio en el anfiteatro! Édison Ramón proclama: “Vengo a impugnar la asamblea por no estar presente la mitad más uno de los estu…”; no lo dejan concluir; a partir de ese momento siento caer sobre mi humanidad todo tipo de proyectiles: bollos de papel, tizas, borradores, mechados con un vocerío aturdidor y proclamas partidistas mientras los reformistas se apresuran a retirarse, finalmente lo hacen los del otro bando. Quedamos, mi compañero y yo, solitarios, averiados… Inmortal experiencia en las lides estudiantiles. Con el tiempo entiendo cuál puede ser una de la  estrategia para desbaratar una convocatoria. Llevo vívidos un sinfín de acontecimientos, motivos para otros relatos…
           
            Marzo de 1963, curso la mitad de la carrera. Consulto, en el transparente de la Cátedra de Medicina Interna, los días de clases teóricas y de prácticos. El primer día, apoltronado en la “tribuna” del Aula Magna, esperamos al Profesor; el recinto esta colmado y los rezagados se sientan en la escalinata, hay también algunos graduados y los ayudantes de cátedra, se respira un clima de expectación. "Aquel profesor debía ser importante" medito. Por fin ingresa, saluda, recorre con la mirada el recinto colmado: “Esta es la primera clase, les ruego mucha atención, pueden hacer preguntas, no usen grabadores” pronuncia. Gira, toma una tiza y escribe una enumeración de temas, el silencio es total;  comienza la Clase Magistral. La curiosidad me invade: ¿Quién es aquel profesor de tanto respeto y atención? Aprovecho un descanso y pregunto a un compañero, el de mi costado, como se llama y me informa... "¡¡Es él... El mismo médico del barrio en mi niñez, hijo del almacenero de la esquina de Caseros y San José de Calasanz...!!"; resucita la impronta de la infancia. 
            Finalizado el año las clases y los prácticos, decido rendir primero Patología Médica, la preparo con Ernesto (el amigo desde la escuela primaria en Jujuy). 
            Inscrito en la secretaría para el examen, anoto la fecha y la hora. Llegó el día. ¡Por fin el momento de la verdad! Aguardo con los compañeros el llamado para entrar, permanezco expectante, más que en otras oportunidades. Por fin se abre la puerta, el docente pronuncia mi nombre, ingreso confiado, me siento, doy vueltas al bolillero y saco tres, elijo una con los temas que mejor recuerdo, no obstante uno de  ellos no es importante, el que menos asimilé: estoy seguro que no me hará preguntas de ese contenido; el resto es de mi preferencia.
      -Que bolilla elige.
      -La ocho Profesor. -Sentado espero que me interrogue. El docente consulta los temas.
-Factores de coagulación y hemofilia -Ordena finalmente. Mi turbación es evidente; debo responder aquello mal estudiado. ¡¡Justo eso!! Pálido, con taquicardia y desolado me animo a explicar:
-Profesor, ese capitulo es el único al que no le presté atención... Pero he preparado toda la materia bien.
-Alumno. ¿No estudió?
-Sí. Profesor… ¡Si! Toda la materia y solo leí ligeramente el genético de la hemofilia.
-¿Por qué no lo hizo? Además es uno de los contenidos que usted eligió con la bolilla.
-La verdad: porque se trata de un tema histórico. Ya no existe. Por ese motivo no lo estudié.
-Es decir: ¿No sabe nada de la hemofilia?
-Solo recuerdo que hay dos factores: el ocho y nueve.
-¿Qué más puede decir?
-Muy poco más. Profesor…
-Ahora explique: ¿Porque para usted la hemofilia ya no existe?
-Todo comenzó cuando descubrieron que la Reina Victoria de Inglaterra tenía descendientes varones con problemas de coagulación: creo que uno se llamaba Leopoldo, y otros muchos sucesores como hijos del Zar de Rusia y del ex-Rey de España, Alfonso XIII. Desaparece el problema cuando en la nobleza dejaron de casarse entre parientes…
-Bueno… Tengo que reprobarlo.
-Si.
-Pero usted me dice que el resto lo estudió a conciencia.
-Si. Profesor. –Intuyo un final feliz, el corazón se aselara aún más.
-Está bien. Dejemos el bolillero. Empecemos…
Desde aquel momento y durante casi tres horas duro el examen. El Profesor me “paseó” por toda la materia y pude responder bien.
En un momento se pone de pie y dice: “Acompáñeme”. Ingresamos a la sala, al final de las camas se detiene y señala a dos enfermos: “Alumno. Estos pacientes no son descendientes de la Reina Victoria de Inglaterra y tienen hemofilia”. –¡No salgo de mi asombro!…
(En el pasillo aguardan mis compañeros sus turnos. Después me entero que no atinaban a comprender que pasaba con mi examen tan prolongado, además, porqué me llevò hasta la sala de internados).
Regresamos al lugar del examen.
-Linares. Usted va ser médico y es probable que durante su profesión le toque asistir a un paciente con hemofilia, y no sabrá que hacer porque no estudió. Ser un médico es un tremendo compromiso con la sociedad, de usted dependerá la vida o la muerte… ¡¡Qué responsabilidad la mía y la suya!! ¿Qué le parece?
-Grave profesor.
-De acuerdo… -Un silencio de siglos- Respondió bien los otros temas. Pero… ¿Me promete que mañana, o esta misma noche, va a estudiar conscientemente el tema que no sabe?
-Si Profesor. ¡Le prometo!
-Puede retirarse. Está aprobado. –Fue un momento sublime, sentí un inmenso alivio, una gran satisfacción y una mayúscula responsabilidad: la que debía conducirme en adelante…
¡¡Había aprobado!! Salí casi a los saltos con una enorme sonrisa.
-¿Qué pasó? –Me interrogan los de la espera.
-Algo grandioso: ¡No supe un tema, el de la hemofilia, pero me hizo renunciar al bolillero y me pregunto de todo!
-¿Y…? ¡Contestaste bien! –Silencio…- ¿Solo ese no respondiste?
-¡Si! Te pondrá un nueve.
-No sé, quizás un ocho, o siete. ¡Lo que sea! 
Por fin sale el último alumno, ya es de noche. Esperamos las notas. Se abre la puerta y aparece la secretaria con el registro de alumnos del examen, lee pausadamente los apellidos y nombres, finalmente la nota; debo esperar, la expectativa va en aumento, el último en nombrar soy yo ¡Por fin llega!: “Linares Alfredo: CUATRO”. Es el término de una jornada intensísima, incomparable, justa, para el recuerdo. Pero no termina allí, nuevamente me nombra y agrega: El Profesor quiere hablar con usted, puede pasar, lo espera en su despacho”. Nuevamente la taquicardia. Entro sin demora.
-Permiso Profesor.
-Siéntese. Lo hice llamar para pedirle un favor. -Me  sorprendo. No atino a creer que sea yo el que haga un favor.
-Quiero que mañana pase por mi consultorio, a las 19 horas. Esta es la dirección.
-Sí Dr. Estaré a esa hora. –No pasó por mi cabeza averiguar el motivo de la cita.
Al otro día, antes de las 19, estoy en la sala de espera… Sale la secretaria y me hace ingresar. El Profesor -sentado detrás del escritorio atiborrado de libros y papeles-  levanta la mirada y dice:
-Dr. Linares. –Primera enorme sorpresa: ¡Me llama doctor!
-Quiero que vigile un goteo en el domicilio de un paciente particular. Yo estaré para canalizarlo, usted quedarà controlandolo según las instrucciones que ahora le explico. –Y continuó instruyendo, con detalles, la tarea encomendada; finalmente debía llamar por teléfono avisando haber concluida mi participación. Esto se repitió, en el transcurso de un mes.
Pasaron algunos días y recibo de secretaría una nueva cita para concurrir al consultorio del cardiólogo.
-Buenas tardes Profesor.
-Hola Linares. Muchas gracias por su colaboración. ¿Cómo se sintió con lo encomendado?
-Muy bien, Profesor.
-¿Se dio cuenta qué problema tienen los pacientes en los que usted participó controlando el goteo?
-Si. Profesor.
-Dígame.
-Son hemofílicos.
-Bien… ¡Bien! ¿Y cómo lo sabe?
-Por los síntomas previos, la transfusión de sangre y…
-Muy bien. –Abre el cajón del escritorio y saca un sobre cerrado. Lo recibo desconcertado y trato de abrirlo.
-¡No! Ahora no… En su casa.
Salgo expectante con el último acontecimiento. Llego a lo de mi abuela, entro al dormitorio apurado, me siento en el pupitre de mis afanes estudiantiles y abro el sobre:  encuentro dinero y una nota que dice: “Corresponde a los honorarios por su colaboración.
Muchas gracias.
(Una firma y un sello) 
Dr. Ricardo Podio

¡¡La más importante lección en mi carrera, la de un Gran Ser Humano!!


Profesor Ricardo Podio:
“La Facultad de Ciencias Médica  convocó el 13 de agosto en el Aula Magna del Hospital Nacional de Clínicas a un homenaje al Dr.  Ricardo Podio, el médico, profesor, amigo, sembrador de conocimientos y humanismo. Se entregó, a través de sus familiares, la medalla post mortem en reconocimiento a su trayectoria.
Podio fue un precursor en el ámbito médico; fundador de la Sociedad de Cardiología de Córdoba sus trabajos de exploración de la actividad eléctrica miocárdica marcaron un hito en la especialidad. Este visionario incorporó las residencias médicas en la ciudad; creó el equipo Interdisciplinario de Psicopatología en el Hospital de Clínicas; la UTI del Servicio de Radioisótopos y el Servicio de Técnicas no invasivas.
El histórico recinto, colmado de médicos y estudiantes, recobró la mística de sus mejores momentos, cuando distintos expositores relataron las historias de vida de Podio, arrebatada por la enfermedad a los 58 años.
El Prof. Dr. Emilio Kuschnir describió la trayectoria profesional remarcando sus profundas convicciones de sentido democrático y federalismo.

Alberto Cerda, ex Presidente del Centro de Estudiantes de Medicina, destacó que en la dictadura militar mientras los alumnos eran perseguidos y encarcelados, la postura de Ricardo Podio, poco común en esa época era de solidaridad con el Centro de Estudiantes y su espíritu y actitud democrática de defensa hacia ellos, lo inusual.
Carlos Scrimini, ex Presidente de la FUC rememoró que nunca censuró a los estudiantes o médicos por sus ideas. “Él mismo- expresó – sufrió el aislamiento por cuidar a sus estudiantes y defender la libertad. Era el único o quizás uno de los pocos que recibía, escuchaba y contenía, en épocas de la desolación de la dictadura”.
El Decano de la Facultad de Ciencias Médicas, Marcelo Yorio expresó respecto a la figura de Ricardo Podio “Hablan de Inquebrantable voluntad y diáfana lucidez; hablan de humildad, de sencillez, de profundo respeto por el hombre y fundamentalmente de la prédica con su ejemplo. Seguramente la lucidez es algo que se hereda. Seguramente también que se desarrolla, pero la inquebrantable voluntad es algo, que para los que ya tenemos años, deberíamos demostrar e inculcar en nuestros jóvenes que es muy necesario, porque estas figuras señeras nos demostraron que más allá de esa inteligencia y lucidez, lo que es necesario es la inquebrantable voluntad para cumplir objetivos, y para desafiar adversidades. De este gran hombre se habla de respeto institucional y en este país estamos necesitando mucho de eso. Hablar de esto. Es un hombre que para llegar a donde llegó, cumplió normas, aceptó las normas para llegar por concurso a titular, a presidente de sociedades, también para llegar a gestionar dentro de la Universidad Nacional de Córdoba, porque entendía que el respeto a estas normas hace que las instituciones crezcan fuertes” y agregó “ es importante porque estas personas innovadoras, estas personas que generaban tanto desafío, demostraban a su vez el respeto por el día a día, por el ejercicio del acto de servir, por el ejercicio del compromiso”.

Con cientos de emociones aferradas a los asientos de madera marrón, el Aula Magna del Clínicas convocó a compartir la grandeza de un grande, que marcará para siempre la historia médica en Córdoba y el país. 
Y como regalo para los profesores doctores y estudiantes, una clase magistral a cargo del Dr. Julio A. De La Riva dejó flotando en todo el Hospital Nacional de Clínicas que el conocimiento y el humanismo son parte inclaudicables de la formación de quienes se dedican al arte de curar”.

Estrés




“MIRADAS”
“La cárcel que te libera del estrés”.

En Corea del Sur implementaron un sistema que ofrece: “Confinamiento voluntario por 90 dólares la noche”.
“Quienes desean escapar de una rutina sofocante tienen la posibilidad de hacerlo, pero no en un spa sino en una cárcel”. La “Prisión Inside Me” (prisión dentro de mi). “…Ubicada al nordeste de Hongcheon”. En 2013, alojó 2.000 internos… “Un corte saludable y un remedio posible al agotamiento…”. Se “embuten” en celdas de 5 m2 dejado la ropa, todos sus objetos personales y la vinculación con el exterior. Lucen el traje azul de los reclusos.
La prisión me dio una sensación de libertad…, contó una programadora de 28 años, que decidió enjaularse por 24 horas.” (1)
Al decir de Viktor Frankl (2): una "Intención Paradojal" que se da con la sociedad actual, inmersa en una fatal competitividad dentro de la  compulsiva sociedad de consumo; por encima de los sentimientos y hasta de la naturaleza misma.
(¿Encierro vs. “libertad”?).


La tasa de suicidios en Corea del Sur es una de las más altas del Mundo, mayor a la de EE.UU. 
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(1)  Entre comillas: Raquel Garzón. 
     Negritas y subrayado me pertenecen.

(2) Viktor Frankl: Famoso psicoanalista, considerado el tercero más importante de la escuela de Viena.
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Lopez Rega

Lunes 1º de Julio de 1974

En Tucumán cumple años la esposa de Edmundo Jiménez, Susana, hija del diputado nacional que nos ocupa. Después del asado de tradición,  en la sobremesa, me arrimo al ex presidente de la Cámara de Diputados de la Nación: Nicasio Sánchez Toranzo, hermano del general José Antonio. Ávido por escuchar a un personaje importante en la historia política de Argentina, descubro en Nicasio una franca disposición a narrar episodios vívidos en su larga trayectoria política a partir de la formula Perón-Quijano; resulta una conversación amena con un interlocutor simpático y llano. Surgió del coloquio, como no era menos, un hecho sorprendente, increíble, poco conocido a pesar de su espectacularidad y de la jerarquía de los testigos presenciales: se refiere a lo ocurrido instantes después de la muerte del Presidente General Juan Domingo Perón en la residencia de Olivos.
A las 10:25 Perón respira con gran dificultad: es un ataque cardíaco. El Dr. Augusto Ceara lo conecta a un respirador. "Déjeme morir", implora  Perón. Una hora después, como en tantos otros casos finales, opera una recuperación pasajera al retomar un mejor ritmo cardíaco. (“La mejoría antes de la muerte”). Es entonces, en el impase, cuando dos de los médicos salen a la habitación contigua, donde están los más allegados al General esperando el irremediable desenlace. Momento que aprovecha el Ministro José López Rega,,(1) que está entre los que "velan", para pedir a uno de los médicos que lo acompañara afuera de la habitación y decirle, con la boca chica, al preocupado cardiólogo Carlos Seara: "Si lo sacás, te hago conde". El estupor cunde entre los presentes; mantienen, no obstante, silencio ante aquella desopilante promesa y las circunstancias extremas que viven.
Pero falta lo peor: A las 13:15 se abre la puerta y aparecen los doctores Pedro Cossio y Jorge Taiana quienes, pausados y solemnes, comunican el fallecimiento del Primer Mandatario de Argentina. López Rega, por entonces Ministro del Interior, con ojos desorbitados y un rictus extraño se despoja del saco, y mientras se arremanga la camisa, entra de improviso y a las zancadas a la habitación del recién fallecido; levanta con furia la sabana que le abrigan los pies, le sube el pantalón y descubre las piernas,  abraza con sus manos y fuerza inusitada ambos tobillos mientras grita desaforado: “¡¡Arriba mi General, usted no ha muerto, el pueblo lo espera!!”. Repite, una y otra vez, siempre a los gritos, la misma consigna hasta que dos de los  médicos le ordenan que se calme y  confirman: “Ministro, el Presidente ha muerto”. La Vicemandataria a cargo de la presidencia, Isabelita, observa la escena en silencio parada al lado de la cama…

José López Rega (apodado "El Brujo"). Perteneciente a la "Secta Anâel", es el “Hermano Daniel” y autor, entre otros, del libro “Astrología Esotérica". 

El Pescador nocturno



El Pescador

("No regales el pez, enséñale a pescar" ¿?)


Fue a las cinco de la mañana del martes 9 de octubre de 2018 en una casa del barrio Grand Bourg en Salta.
Todos duermen. Un sonido seco, proveniente de otra habitación, aviva azorada a la esposa que no acierta a saber si aquel ruido venía de algún sueño belicoso o provocado por la caída de un objeto. Permanece expectante. A los pocos minutos otra vez la cantinela breve, cortante, precisa. “¡Es real!”, piensa, y atina a gritar: “¡¡Que pasa!!”. Ahora despierta al marido que sentado en la cama asiste a un tercer golpe con idénticas características a los anteriores y lo impele a investigar: Se levanta, calza unas sandalias de poco ruido y va sigiloso recorriendo hasta arribar a la sala de entrada de la casa. No hay nadie, “deben ser golondrinas que llegan con la primavera y que, despistadas, golpean alguno de los vidrios de las ventanas”, especula; y se retira al dormitorio. Permanecía tratando de sosegarse cuando escucha una voz inusual, de ultratumba y lejana, casi tenebrosa que protesta: “Abra por adelante”. El desconcierto resulta total, una voz humana a esa hora lo invita abrir la puerta de calle. Nuevamente el calzado de antes; con temor supremo se aproxima al portal de ingreso a la vivienda, permanece unos segundos plantado, aterrado; por fin se anima y  pregunta: “¿Quién es?”. “Policía”; la contestación cortante, ahora tiembla y cavila: “puede ser un ladrón para que le abra la puerta”. El silencio se apodera de la escena, finalmente con la oreja pegada a la madera ausculta: “Somos la patrulla don Carlos, abra”. Lo conoce por el nombre. La paz redime su espíritu, destraba la puerta, y asoma temeroso la cabeza; efectivamente hay estacionado un patrullero y es un agente el que está del otro lado.
“Don Carlos, le estaban robando por la ventana”
“Casa de cemento armado con vigas y columnas poderosas, antisísmicas,  ventanas con marcos de quina, rejas de hierro redondo macizo a razón de una cada quince centímetros con travesaños cada cuarenta y batientes de los de antes con vidrios macizos. No puede ser que pretendan desvalijar por la ventana. ¡¡Imposible!!”, medita a las ligeras.
Termina de abrocharse el pijama y sale a la vereda, el agente policial lo conduce hasta el patrullero, sentado en el asiento trasero permanece un joven, muy joven; con cara de espanto que mira para el otro lado, permanece con las muñecas esposadas. “Pasamos por aquí y descubrimos que alguien se escondía detrás del árbol: es el muchacho que trataba de robarle por la ventana”. El dueño gira la vista hacia el lugar del hecho, está abierta, pero con la reja intacta. “¡¿Cómo puede ser?!...” Interroga sin comprender. “Venga”, y el policía lo conducen a la caja del patrullero, allí está la prueba del delito, florece un instrumento usado en la prehistoria cavernícola: una larga rama recta, en uno de sus extremos un gancho mal armado con alambre, el otro termina ramificado en “V” con una de las puntas afiladas y la otra más corta y roma. Ahora se trasladan al lugar del acontecimiento. Desde la ventana, abierta para atemperar el calor, se divisa en el interior una meza con mantel, encima una caja metálica cerrada de las que guardan utillajes, a sus costados algunas herramientas sobre la tela, una silla se interpone entre la mesa y el exterior. “No entiendo nada”, protesta el dueño de casa. El uniformado informa: “El garfio del extremo de la rama lo usó para atrapar la silla y correrla, de esa forma quedó el asiento delante de la mesa como se puede ver, y con el respaldo en posición lateral; con el otro extremo del palo bifurcado clavó el mantel y giró el instrumento hasta enrollar el tapete, quedó de esa forma firmemente capturado, después empezó a traccionar, cuestión que provoco la caída al piso de las herramientas sueltas;  y, seguramente, pensó que derribaría al fin  la caja en el asiento de la silla; allí si hubiera podido alcanzarla  introduciendo su  brazo a través del enrejado, abrirla y vaciar su contenido. Pero no llegó a ese punto cuando lo descubrimos”
El dueño de casa corrobora, en el suelo, a los costados de la escena: una pinza, un destornillador, una tenaza y un paquete de cigarrillos desplomados desde la mesa. Por fin se devela el motivo de los insólitos sonidos que hizo florecer, casi al final de la noche, el “pescador” noctivago.

Manual del conspirador



Manual del Conspirador

El episodio que nos ocupa -a principios de los 60- es el encuentro iconoclasta de dos líderes en el arte de ascender.

En los países que nos ocupan con culturas semejantes luego de los ibérico: pueblos originarios, colonizadores, colonizados, idioma, religión, mestizaje, aventura emancipadora, desterrados,  inmigrantes, etc. Se nos presentan dos personajes: uno  abogado de profesión y escritor de  vocación; coronel de caballería el otro. Nombrados agregados cultural y militar respectivamente en la misma embajada.

El letrado logra su jerarquía diplomática con la colaboración de la familia política: fue el primer ascenso en su ajetreada vida. Nació, "inicialmente", en un ignoto paraje ferroviario en otra Provincia, lugar de origen que fue trocado por un pueblo hermoso,  portal de las luchas emancipadoras: Yala. Demuestra, desde los primeros pasos, una  extraordinaria destreza en el arte de remontar.

El coronel de marras pasa desapercibido, para la historia que voy a narrar como el máximo conspirador. A partir del frustrado intento de fragote contribuyó eficazmente a destronar, vía golpes militares, a cinco presidentes. En el primer frustrado episodio el de 1951, es juzgado y condenado a cadena perpetua; no obstante, desde esa condición, permanece conspirando. Recupera la libertad -y algunos grados más- en la segunda algarada de 1955, la de septiembre. Partícipe principal de los sucesivos golpes marciales. 

Hay que saber que en las asonadas militares es condición necesaria, para quien pretende la presidencia de la Nacion,  ostentar el máximo grado militar: el de general; necesario para "sujetar" a los de menor jerarquía. En ese "trabajo" anda -después de participar en los golpes a Frondizi y luego a Guido- cuando derrocan al Presidente Arturo Illia, (so pretexto de ser "lento"). Por entonces un general de caballería apodado en la jerga castrense "capicua": Juan Carlos Onganía (sin haber aprobado la Escuela Superior de Guerra) fue "coronado" presidente de facto, quien pasado unos años  pretendió eternizar en la presidencia al estilo de las monarquías: en esa idea hizo aprontar una carroza (utilizada en 1910 por la Infanta Isabel de Borbón) para asistir a la Exposición de la Sociedad Rural de Palermo, equipada con cochero de galera, dos pajes de librea y cuatro caballos ataviados. En tales circunstancia, nuestro por entonces coronel, hizo tronar las ganas de Onganía y hizo traer, para el reemplazo, a un general ignoto, agregado militar en la Embajada Argentina de EE.UU. y coronarlo Presidente. Ahora el novel primer mandatario de facto, sabedor de los andares y aspiraciones de su "padrino", lo traslada, temporalmente, a la embajada donde ejerce el cargo de Agregado Cultural, nuestro abogado y escritor, quien narra la increíble historia que sigue: 

El relato tiene que ver con la curiosa metodología usada por nuestro Coronel para escalar posiciones (que supongo conocer yo solamente). El hombre de letras que me narra, con reserva, esta historia, "en paz descansa"). Y dijo así:

Ocurre en la Embajada, cuando el agregado militar se ausenta a su país natal por algunos días;  Se trata del coronel a un paso del ansiado y necesario ascenso a  General de Brigada.

¿Jácara? (Fábula)

 

En horas del amanecer de un domingo solitario, nuestro novelista, con el  pretexto de ordenar papeles en su despacho, deja su vivienda en Cuauhtemoc y contrata un remis para  llegar a la Embajada Argentina. Navega por su mente el deseo de encontrar algo que ronda en su imaginación florida para enriquecer sus novelas fabulosas: Arriba a destino, paga el viaje y desciende. Parado en la vereda cavila un instante, se aproxima al ingreso principal de la delegación diplomática: llave en mano gira suavemente, abre el portal, lo suficiente,  mete la cabeza para certificar que todo está en calma: el guardián  duerme apoltronado. Entra, cierra con delicadeza la puerta, camina hasta el habitáculo del custodio, cauto investiga: y lo descubre sentado en un sillón de esterillas, ronca mientras abraza, agatas, un FAL con la culata gastada por el desuso crónico. Recorre el hall, luego el pasillo lateral; en tinieblas se dirige, cauteloso, a su escritorio   (deambula un territorio conocido) entra, prende la luz, en el bufete remueve papeles, corre y descorre la silla principal, camina describiendo círculos innecesarios como afirmando su presencia en territorio propio; sale, se dirige hasta el baño donde permanece unos minutos, hace correr el agua del inodoro, acciona la canilla del lavatorio y espera: ¡sin novedad! Deja el sanitario. El silencio es total. Camina en puntillas de pie, esta vez se detiene ante la puerta de la oficina que corresponde al agregado militar: la del coronel ausente; acciona el picaporte con suavidad, la puerta se abre, entra rápido, ubica el pulsador para encender una luz, cierra la entrada, parado al medio del recinto recorre con la vista pausado, meticuloso, el habitáculo; se aproxima a una biblioteca atiborrada de libros muy bien alineados, inclina la cabeza para leer los lomos, descubre uno que le llama la atención, el más consumido, anuncia estrategias, lo abre y hojea buscando no sabe qué, lo cierra y coloca en su lugar. Su mirada sigue indagando aquel mundo militarizado. Se aproxima al escritorio con la mesada vacía, la rodea hasta arribar al sillón, se sienta, continúa observando desde esa posición todo. Finalmente se anima, mira detenidamente tres cajones a cada costado del pupitre; con pudor descorre una de las gavetas, en su interior una cartuchera de pistola, es de cuero crudo y está vacía, al fondo dos cargadores repletos, cierra el compartimiento; abre el segundo y aparecen, deslumbrantes, un conjunto de galardones con cintas de colores, en el tercero se destaca una pila de pliegos oficiales: decretos con abundantes sellos y firmas diversas. Clausura la inspección en la hilera derecha y levanta la mirada, las paredes divulgan fotografías enmarcadas de paradas militares presididas por el militar en una progresión sucesiva de años y  con los respectivos grados, estos anunciados por charreteras con  sus correspondientes estrellas. Gira el asiento, detiene la vista en el pequeño mástil de madera lustrada con pica de metal que sujeta la bandera nacional; al medio de la pared un gran cuadro ecuestre del General San Martín. Detiene el recorrido visual y se relaja en la poltrona pensativo. De pronto sacude su conciencia el lugar y la hora en que se encuentra y decide completar la inspección. Ahora dirige su curiosidad en los cajones de la izquierda: descorre el primero, divisa una cantidad importante de tarjetas personales bien alineadas,  agrupadas por abecedario, lo cierra; desciende al segundo, allí descansa lo inesperado: una pila de papeles manuscritos con tintas de colores. Levanta la primera hoja, está escrita con caligrafía prolija,  sucesivamente se entera de cartas personales, otras referidas a protagonistas del ejército  clasificadas por Unidades con datos militares. Agotados los manuscritos y en lo más profundo de la gaveta revela, azorado, un sobre con un título intrigante que anuncia: "PERSONAL". ¡Por fin algo prometedor! Ante el hallazgo la curiosidad se agudiza, el corazón acelera sus latidos, la frente delata  gotas de transpiración, intuye algo inaudito, toma el sobre, lo examina lentamente por sus dos caras ¡Está abierto! Ingresa ceremonioso extrae dos hojas, las desdobla y extiende sobre el pupitre: son manuscritas en tintas negra, azul y roja. Título: "Coroneles seleccionados para el ascenso". En la primera línea se revela, en letras mayúsculas de imprenta, nombres y apellido, grado y rama, luego de un guion aparece el de una mujer, entre paréntesis la condición que los articulan y al final la unidad del ejército a la que está destinado. Concluye cada línea, encerrados en círculos, un número en progresión, ordenados de arriba abajo. En la siguiente hoja aparecen los números anteriores y a continuación una adjetivación (de una sola palabra o de varias) todas se denotan indignas, degradantes y concluyentes para la conducta castrense; así hasta completar el listado.

 

Por ejemplos:

 

(1):… (2):… (3):… etc.  Con epítetos descalificarte, suficientes para no ser ascendido.

 

Eran aquellas anotaciones los dato "non santos" dedicados a cada uno de los camaradas coroneles aspirantes al generalato próximo, y competidores a la hora de la calificación para la promoción.

 

Con los años, aquella estrategia plasmada en las dos hojas manuscritas y coloridas, coronada con adjetivos definitivamente "indignos" para los estándares marciales, y dedicados a cada posible competidor, resultó plenamente eficaz. El coronel de la embajada logró el ascenso, no solo a  General de Brigada, luego a los de División y Teniente General como Jefe del Ejército; final de su carrera político-militar, plagada de astucias y golpes de estados. Fue, además, el único poseedor del secreto del lugar donde fue enterrada, en su última etapa, Eva Duarte de Perón.  (Embalsamada por el discípulo español del que hizo igual labor con el cuerpo de  Lenin, el Dr. Pedro Ara, quien trabajó entre 1953 y 1955).

Se trató del secreto mejor guardado. Escondida con nombre ficticio en una tumba del cementerio de Milán. Fue la moneda de cambio para sus aspiraciones.

 

Nuestro personaje culminó su "carrera" llegando a ser: 

¡¡Presidente de la República!!


Salmón Rosado






SALMÓN ROSADO

Una tarde calma y ardiente del verano en el pueblo verde de lluvias, estimula a la tertulia. Estamos invitados mi esposa y yo.
El anfitrión: un escritor  famoso –premiado en “La Casa de las Américas” por el mismísimo Comandante Fidel Castro-; por entonces agregado diplomático en un país latinoamericano. (Época, aquella, en  que fue hecho Presidente Argentino Don Arturo Frondizi). Completan el grupo la cónyuge del galardonado y una pareja venida de los Estados Unidos: unión convenida entre un conocido periodista y escritor argentino y una joven bella y frágil norteamericana.  Yo ajeno, por aquellos tiempos, a toda presunción literaria.

         Recorremos, en el Fiat 600, los veinte kilómetros hasta el caserío. Calles de tierra húmeda y veredas enmohecidas; todo enmarcado por cerros encrespados. 
      La casona del convite permanece oculta por antepechos de piedra bola amañadas con calicanto y cubierta de enredaderas. Para ingresar al solar se accede   por un portón con dos hojas de hierros forjados. Luego aparece un parque amplio, en su centro  la casona de barros -tesoro arquitectónico colonial-. En la fachada una puerta de roble con banderola,  a los costados ventanas selladas con rejas. En el vasto jardín  hacen alarde: árboles, plantas exóticas y  manchones florales. Un sendero de lajas arrimadas nos traslada al ingreso.
Hacemos tronar un aldabón de bronce con cabeza de león que sacude una corona de laureles. Pasa un tiempo y se abre la puerta; nos recibe una empleada solícita; viste zapatos con cordones, medias grises, bata azul hasta los tobillos, puños bordados, delantal, guantes  y cofia blancos. 

         -Bunas tardes. –Me animo.
         -¿El señor y la señora…? -Pregunta.
         -Alfredo y mi esposa Silvia. -Respondo. (2)
         -Sí. Por favor adelante. Los esperan. –Concluye.
Al ingresar florece deslumbrante el interior de una extensa habitación atiborrado de vejeces y muebles de estilo. Se disponen, alrededor de una mesa grande, aparador y trinchante,  sillas y sillones chippendales. Encuadran el recinto muros saturados de pinturas telúricas. En la pared izquierda una puerta  deja ver un escritorio con  bibliotecas atosigadas de libros.
Preside el evento un arreglo florar en el centro de la mesada y una araña colonial colgada.
         La dueña de casa nos recibe con una amplia sonrisa… El resto de contertulios, ya presentes, se levantan y saluda. En voz alta, la dueña de casa, presenta: “Alfredo y Silvia amigos jujeños. Nuestros convidados: Ana Maria y su compañero Osvaldo, ellos viven en Estados Unidos. Tomen asiento”. Se desacomodan los dos escritores en un extremo, cerca de la biblioteca; nosotros en el otro vértice.
      Durante las presentaciones advierto que la rubia desconoce, en absoluto, el idioma español. Se trata de una mujer atractiva que  responde solo con gestos de difícil comprensión, su esposo  refriega acento porteño. 
         El anfitrión, es la figura principal, muy reconocido socialmente: Empático, cálido, ostenta un arrollador magnetismo con sus acólitos. Si, conozco su mirada de costado, furtiva, tos en carraspera al momento de alguna pregunta urticante. Con destreza instrumental paseó por  el mundo con la diplomacia y las letras. El casamiento resulto vital para sus aspiraciones.      
 
Finalizada la rutina iniciática, la pareja de invitados intercambian, por algunos instantes, frases en idioma inglés; enseguida el visitante gira en su asiento para enfrentarse al amigo escritor e inician la plática en riguroso castellano.
La dueña, con arrestos cortesanos, vestida de fiesta, entra y sale desde la cocina con platillos de colaciones. Con su intermitente presencia rompe, por momentos,  el diálogo intelectual. La  mesada se va colmando de manjares. Copas de cristal para champaña y    Whisky...
       El  diálogo va in crescendo entre los eruditos, se barajan nombres y citas bibliográfica de libros, pasando por anécdotas, condimentadas con citas textuales y recitadas con fidelidad; poco a poco se va plasmando un contrapunto. Pasados los minutos, las horas, aquello resulta  un duelo, un ejercicio de arrogancia intelectual, una carrera de quien conoce más. Se juega el deseo de mostrar erudición, de someter al otro. Agotada la posibilidad de seguir con atención la disputa, se amontonan y confunden en mis oídos nombres y circunstancias. Con esfuerzo capto algunas referencias como la de Flannery O`Connor criando sus pavos reales  y su cuento corto “La buena gente del campo”.  Con libro en mano, el dueño, lee párrafos de “Diario Argentino”, del  escritor polaco Witold Gombrowicz -venido a estas tierras huyendo de la segunda guerra mundial- es el que dijo: “Maten a Borjes”.(1) (7) Retruca el visitante con más referencias y convocatorias memorizadas. También ingresan al ambiente los latinoamericanos.    Aparecen y desaparecen escritores famosos, nobeles, y otros no tanto; también, citas, anécdotas y hasta encuentros personales.
Los únicos actores de aquel "espectáculo" resultan los prosistas. Un duelo interminable. Una pelotera por imponer sabidurías. El resto de parroquianos ausentes, invisibles, empalagados.
Estoica la dueña de casa no descansa, va y vuelve reponiendo platillos, un repertorio inagotable; por momentos se sienta y escucha fragmentos del dialogo. 
        Transito una eternidad y navego sin rumbo.  
La norteamericana -ausente del idioma hispano- repasa con la vista los detalles del mobiliario y las antigüedades, permanece callada, inanimada, ausente. Pasan las horas. La noche se anuncia apagando la lumbre de las ventanas y se inflama la araña colonial.
Pasò mucho tiempo desde el brindis inicial con champaña al momento del whisky. Mientras continúa la pugna, la invitada neoyorquina toma por su cuenta el botellón escocés que vierte en su vaso, sin demoras lo ingiere y  repite la rutina. Los hablantes siguen ensimismados en su combate, ausentes del resto. La norteamericana, sin expresión, se va perdiendo en un infinito inexorable. Finalmente desagota, sin pudor, el contenido de la botella; anoto desde mi posición su rictus triunfal, pero no me animo a intervenir, ni a "despertar" a los locuaces ante una realidad  totalmente ajena al combate; ni siquiera insinúo lo que acontece. ¡Una misión imposible!
En acto final de paquetería la anfitriona, ausente de lo que le sucede a la extranjera, reaparece con un envase metálico abierto conteniendo fetas de salmón rosado venida de Suecia, una exquisitez pocas veces vista, de costo exorbitante por aquellos años; depositado en el centro, entre las escudillas, resulta un final de "nivel". La ignota invitada baja la vista y la fija en la novedad del pez nórdico rebanado; ignorada, deja pasar algunos minutos, finalmente acerca decidida su diestra al pez de la lata y toma con delicadeza, entre pulgar e índice, una delgada feta que, siguiéndola con su mirada, la hace recorrer un lento  ascenso hasta donde el brazo se lo permite; ya en estricta verticalidad, con la cara vuelta hacia arriba y la boca abierta, libera la presa para que en caída libre acierte exactamente embocada; la situación se repite feta a feta hasta vaciar el contenido. Los protagonistas de la contienda siguen en su lucha sin cuartel con citas y nombres ajenos a la nueva situación, la dueña de casa también en su afán de ir y volver con sorpresas comestibles.
La extranjera escucha un duelo indescifrable. Ignorada,  permanece “sin entender ni jota”. Liberada, en un acto concluyente ante el abuso, eleva rumbosamente uno a uno sus miembros inferiores y deposita los pies, ahora desnudos, sobre la mesada entre bombones y cristalería con los consiguiente destrozos y batahola. ¡Por fin la realidad despierta y aterriza en la casona! Todos miramos azorados el espectáculo feroz y justiciero. “Un batuque”. La mujer es ahora la protagonista. Aflora su dignidad sepultada, su incomunicación absurda y el olvido aterrador en una circunstancia desopilante. Ya no valen citas, autores, anécdotas. ¡La gran estrella es ella!
¡Se desmorona la torre de Babel!
El paisaje de la noche y sus sombras se manifiesta con precisión puntual.


-Alfredo, por favor, ayúdame, no se puede parar. –Me implora el dueño de casa.
-Sí. Claro…
Entre los dos la elevamos y depositamos en el asiento trasero del automóvil... Arranca e inicia la marcha. ¡Se van perdiendo en la distancia y en la noche las carcajadas triunfales de  Ana Marìa!

Un gran reloj de pared marca la hora en que  despiertan los murciélagos. 

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(1) - Pasadas varias décadas de aquel combate, pude encontrar -luego de una ardua búsqueda-, al citado autor polaco en su “Diario Argentino” y su anti poesía donde apunta: “No hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes -finos y cultos, por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta- advertían la treta; o, analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con asombro que los “admiradores” ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la “precisión matemática” de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites están basados sobre un convenio de mutua discreción…”.