Anita Delgado
(40º 25´ 06´´ de latitud N - 03º 42´
13´´ de longitud O)
Maharani
(31º 22´ 46´´ de latitud N - 75º 23´ 05´´ de longitud O)
Por solo una
tarde en nuestras vidas conocimos y escuchamos a la persona que (en su casa del
Barrio Santa Ana de Córdoba en el año de 1966) nos relató la siguiente historia:
La recién casada
con un empleado burócrata del Ferrocarril Belgrano, en la ciudad de Tucumán, no
armoniza su alcurnia y aspiraciones con la ocupación laboral del marido. Mujer
de empuje sobrenatural, tampoco concierta con las circunstancias de que su
reciente pareja proviene de esa otra clase social indefinida, resultante de
antepasados desaparecidos de fotos, escritos y hasta de la memoria. ¿Una confusión?
El desposado,
consonante con su estatus, no imaginó nunca tener que cambiar el ritmo apacible
de la burocracia, el asado de los domingos con amigos y la cantina vespertina,
por una vida social de fulgor… ¡Pero habría de ocurrir!
Luego del viaje
de himeneo, el empeño diario de la compañera fue guerrear otro rango para su
reciente marido, cueste lo que cueste; se trata de un fallo supremo. Primero lo
convenció del laborioso itinerario a cumplir para ascender hasta alcanzar su
esfera. Convencido -o resignado- a dejarse arrastras a otros designios para él
desconocidos, aceptó flexible.
Amparo Romero -para
la familia Tía Negra- recurrió a múltiples relaciones: solicitó recomendaciones
a conocidos e influyentes personajes, obtuvo audiencias con cuanto jerarca
pisara suelo de la ciudad, visitó a ministros, celebró entrevistas con el jefe
del regimiento y el mismísimo arzobispo. Mientras tanto, esperó infructuosa la
audiencia con el gobernador. No perdió el tiempo y se plantó, directamente,
ante el Jefe del Ferrocarril demandándole que Manolo Agüero fuera
ascendido a Jefe de Estación -por lo menos-. Era la pretensión mayor a la que
podía aspirar un empleado de planta en el norte argentino. El mando implorado
no era para la ciudad de cabecera por resultar demasiada exigente, sino en
alguna otra de menor jerarquía dentro del largo recorrido del “camino de hierro”
del FF.CC. Belgrano, el que parte de Retiro en Buenos Aires y culmina en la
Quiaca, localidad limítrofe con la República de Bolivia.
El Sr. Agüero,
con años en tareas burocráticas subordinadas y con algunos ascensos, resulta
testigo pasmado del impulso arrollador de Tía Negra en post de su
jerarquización. (¿Inspirada en la legendaria migración matriarcal de los renos
“Caribou”, de los lejanos territorios en Alaska?)
Manolo, convencido
y en una arrullada ilusión, se ve lucir un traje azul marino con saco cruzado,
galones de tres franjas en las mangas, botones metálicos, pantalón con ribete
blanco a lo largo de los costados y gorra de visera negra lustrosa con palmas
doradas y un letrero en el frente, también matiz oro, anunciando su escalafón soberano
que reza: “JEFE”. Pero, por sobre todo implicará la quimera del mando, en
consecuencia tendrá feudatarios, un salto cualitativo desde la sombría obediencia
hacia la resplandeciente superioridad; para mayor embrujo, una posición de
señorío en la ciudad de destino y que, por agregación, hará feliz a la recién
desposada.
Por aquellos años
quienes arrogaban potestad incuestionable en las localidades eran: el cura
párroco, el coronel del regimiento, el comisario, el intendente, el juez de paz
y el jefe de la estación. Protagonistas necesarios de los trajines festivos y
solución necesaria ante disputas, entredichos y conflictos; figuras con la
“última palabra”.
La pareja, para
robustecer su propósito, concurría a la misa matutina con confesiones y
comuniones diarias. El 13 de junio, día conmemorativo del santo Antonio de
Padua, al pie de su altar, suplicaron encontrar lo que buscaban. El 8 de junio rogaron
por la permanencia en el tiempo de la pareja a los santos Aquila y Priscila,
con la oferta penitencial de la abstención carnal -temporal-. En fin, rezos y
rogatorios implorando que aquello fuera dogmático: un “Mandato Divino”.
La ingeniosa
consorte espera con ansias, después de tantas oraciones, ver a su marido en una
posición de señorío; de paso, un mayor salario acorde a su linaje teniendo en
cuenta la condición social que ella impele y que, imperiosamente, su compañero
debe asumir sin melindres.
Está
irremediablemente dispuesta a trasladar el “nido” en post del cometido
superior: arribar a una posición social preferente y confortable.
Situación que carga como consecuencias de raíces españolas familiares
vinculadas a una protagonista de la historia; nada menos que la quinta mujer de
la más importante alteza, por
aquella época, en el norte de la India. Se trata del 7º Maharajá de Kapurthala,
el Raja-i-Rajgan Majaraja Sir Jagatjit Singh. Estatus irrenunciable para Tía
Negra que implica hacer honor y práctica acorde a un nivel consecuente de su
incuestionable alcurnia.
Como narra la
historia, todo vino a cuento a partir de la boda del rey de España, Don Alfonso
XIII, el 31 de mayo de 1906. Uno de los tantos invitados del esplendor mundial
al majestuoso evento, fue aquel poderoso príncipe de Kapurthala. Quien, una
tarde apartándose de todo protocolo, tuvo la ocurrencia de asistir, para su
deleite, al baile flamenco de la popular sala Music-Hall del Café “Central
Kursaal”, en la Plaza del Carmen esquina de la calle Tetuán, entre Puerta del
Sol y la Gran Vía de Madrid, donde actuara hasta la mismísima Mata Hari. Allí descubrió
en la presentación del espectáculo “La Noche de los Novios” con la consagrada
Consuelo Portela -La Chalito”- a dos hermanas “teloneras”; una de ellas, Ana
María Delgado Briones, hermosa malagueña de 16 años de edad, quien con su
encanto enajenó al noble indio y de la que quedó concluyentemente prendado, al
punto de proponerle matrimonio. Como cuento del Hada Madrina, Anita, luego de
algunos remilgos y convencida finalmente por su madre de la fabulosa propuesta,
envió una carta mal redactada y con gruesos errores ortográficos al príncipe
-ahora en Francia huyendo del atentado terrorista dirigido al Rey de España-
aceptando la boda propuesta. La misiva cayó en mano del escritor manco (víctima
de un duelo), Don Ramón del Valle-Inclán, quien pretendiendo satirizar la
relación en cierne, terminó floreciendo como su celestino. Concurrente habitual
a los cuplés de las hermanas Delgado, el literato mudó la
carta en una pieza poética notable, pasional, una fantástica y suprema
declaración de amor no soñada, en tiempo alguno, por la nobleza de la India;
dejando perplejo, flechado, al destinatario.
Pero Anita,
puntualmente adoctrinada por su progenitora, impuso tres condiciones previas a
la consumación nupcial. Primero: ser la cardinal y oficial del Príncipe, por
arriba del harén y con el impedimento de que “arrime” ninguna otra. Segundo: casarse
por la Ley Civil en Francia. Tercero: la ceremonia religiosa glorificada en
Kapurthala por el rito Sij, con los fastos y distinciones correspondientes, en
adelante, a “La Princesa”.
El casamiento,
por el culto oficial, se celebra en la mismísima heredad, el día 28 de enero de
1908. Preceden la ceremonia elefantes ricamente ataviados, el primero y más
viejo con una gran esmeralda con forma de media luna en su frente, el talismán protector.
Acompaña un séquito de nobles y pajes con vestimentas de solemnidad suprema.
Luego del festín
extendido por tres días y tres noches, al atardecer del cuarto, en el salón
dorado y ataviada con indumentaria real, fue invitada “La Princesa” a recibir
el presente de bodas. Entró solemne acompañada por el Príncipe hasta el foco del
paraninfo; allí, en una mesa dorada, ricamente tallada, descansa un cofre de
madera cerrado con su llave puesta. Vendados los ojos de Anita, la invitan a
que extienda hacia adelante los brazos con las manos juntas y abiertas hacia
arriba: se oye el giro de la llave del arca, luego hunde las manos en la misma
y trata de retener lo que más puede de un contenido tintineante, frio, duro y
múltiple. Cumplidos los pasos indicados, despojan la venda que impide la vista.
¡¡¡Oh…Sorpresa!!! Sus manos retienen piedras preciosas. Brillan, ante su mirada
atrapada: zafiros, amatistas, piedras de luna, aguamarinas, rubíes, diamantes,
granates, esmeraldas y perlas.
Cumplidas a pie
juntillas las condiciones impuestas, habitaron en Palacio, réplica barroca -algo
moderada- del de Versalles y el de Fontainebleau.
Conclusión: la
sencilla y bella bailarina, emparentada a Tía Negra, y en un santiamén, paso
a pertenecer a la dinastía Ahluwalia, ser la primera del harén en aquella
posesión y nombrada como la Maharani (Gran Reina).
Ocurrió en el
norte de la colonia británica.
Ana, en adelante
“La Princesa” -o Majaraní Rami Prem Kaursahiba- fue, por muchos años, esposa
del soberano por encima del resto del encierro.
Era costumbre,
para celebrar el onomástico del príncipe, en ceremonia pública atiborrado de
súbditos, hacerlo subir a una morrocotuda balanza y equilibrarla con su mismísimo
peso en oro de verdad; “milagro” no visto en parte alguna del mundo y que ni
Aladino y el genio de su lamparita pudiera acaecer.
Los prolegómenos
de la pareja ferroviaria que nos ocupa, en vista del nuevo destino, fueron
infinitos: misas de adiós con sermones de ocasión y comuniones en masa
celebradas por el Guardián del Convento Franciscano, mensajes, telegramas,
llamadas telefónicas a distancia, visitas formales a las autoridades cercanas,
recorrido de compras en los mejores negocios de indumentarias y calzados, té
con dulces y confituras para las señoras, asado con carne de
ternera, chorizos colorados venidos de España, vino tinto de marca en botellas para los señores
y el fraile; finalmente cena de despedida con menú, vajilla y mantelería
contratadas.
Por fin llega la
comunicación del traslado físico al nuevo destino. La orden rotula:
“JEFE de ESTACIÓN”
Designación.
El decreto,
escuetamente hace referencia a un lugar en la Provincia de Jujuy. La búsqueda
de noticias del ignoto puesto resultó problemática, en el mapa ferroviario
aparece ubicado antes de la frontera internacional en el norte argentino, sin
más detalles. Parientes, amigos y conocidos tampoco dan cuenta de aquella
localización.
-¿Querido.
¿Averiguaste adónde nos mandan? -Sermonea la esposa.
-A Pumahuasi. En
el norte de la provincia de Jujuy.
-Sí, eso vi en el
nombramiento; pero ¿cómo es la ciudad dónde vamos?
-Está en un
corredor significativo con un tráfico de personas y mercaderías de paso a
Bolivia.
-No… Te pregunto:
¡¿Como es la ciudad adónde te mandan?!
-La verdad que
ese antecedente no lo tengo; pero es importante ser el Jefe de la Estación.
-Bueno… No me
dices mucho… ¡La conoceremos…!
Fue el diálogo
antes del destierro.
Llegó el día
esperado, el de la partida. El equipaje fue a parar al vagón de cargas.
Aguarda, para la dupla, un camarote preparado especialmente. Los amigos y
parientes atiborran el apeadero, hay sollozos y frases de circunstancia. Suena
el tercer llamado de la campana para la partida y el silbato del guarda. La
pareja sube y reaparece en las ventanillas, tía Negra lleva puesto un sombrero
negro con tul bordado con flores blancas y guante de cuero oscuro en una mano
que agita un pañuelo perfumado con encajes de colores, con la otra, desnuda,
acaricia sus cachetes recogiendo lágrimas. Él, con el sombrero en la diestra
describe un amplio arco en el aire por encima de las cabezas de la multitud, su
mirada recorre al gentío. El crujido de los vagones desperezándose anuncia la
partida del tren en marcha lenta; se rompe el escenario…
La columna
ferroviaria, en su largo recorrido, hace paradas en sucesivas estaciones. En
Güemes ocurre un traslado de pasajeros: suben los venidos de Salta; en San
Salvador de Jujuy se demora casi una hora, allí trepan apresurados hasta
completar camarotes, primera clase y la segunda con butacas de rigurosa
pinotea, gran cantidad de valijas, cajas y bultos que rellenan los dos vagones
destinados para la carga. Reanuda la marcha y se va deteniendo sucesivamente en
los poblados de Yala, León -allí cambian la máquina a vapor por una con
cremallera para el ascenso de “Volcán”-, luego Tumbaya, Purmamarca, Maimará,
Tilcara, Huacalera, Uquía, Humahuaca, Tres Cruces, Abra Pampa, Puesto del
Marques y finalmente el destino asignado: Pumahuasi.
La noche oculta
la fisonomía del lugar. Descienden del tren; una luz opaca alumbra suavemente
el lugar, son los únicos pasajeros que pisan el andén, los esperan el Cabeza
saliente que viste un desteñido uniforme azul, lleva coronando una gorra
avejentada con visera, ribete dorado y una inscripción que anuncia: “JEFE”.
Saludos de rutina, se estrechan las manos, para la señora un beso en la
mejilla. Un peón de cargas traslada los bártulos en el carro de la estación y
los cuatro parten a la construcción contigua a la estación. ¡El nuevo hogar!
El acompañante
destraba del cinturón un manojo de llaves antiguas, busca con el tacto la que
corresponde a la habitación principal, emboca a ciegas la cerradura, gira la
llave y se abre la puerta lenta y ruidosa; enciende la iluminaciòn interior y aparece
una habitación extensa, una enorme cama de tientos con cochón recién atizado de
lana ovejuna en un rincón, la acompaña un cubículo de madera que oficia de mesa
de luz; un ropero de estilo francés desvencijado con la puerta abierta deja ver
un gran espejo en la cara posterior, en la parte inferior un cajón con tirantes
de bronce, más abajo una de las patas delanteras ausente la reemplaza un par de
ladrillos. Cuelga del techo un cable trenzado que sostiene un foco bombilla de
40 W. Tía Negra, perpleja, parada en el portal no se resuelve a entrar, con las
dos manos cubre la cara y la invade un llanto desconsolado… El JEFE saliente se
retira discretamente.
No
durmió y lloro toda la noche hasta deshidratarse. Al amanecer recupera su
carácter e inicia, sin consuelo, un prolongado recorrido de las otras
dependencias: en el baño un inodoro con tanque de agua suspendido y cadena
caracteriza el lugar, ducha sin bañadera y lavatorio reciente, la grifería es
de bronce, una ventana pequeña y en altura tiene el vidrio partido. En la
siguiente habitación está la cocina con un fogón a leña y abundante
hollín, en una de las paredes dos estantes vacíos, completan el equipamiento
una mesa cuadrada con tres sillas de madera. Finaliza el complejo, un depósito
ciego con piso de tierra. ¡Aquello era la desolación!
Tía Negra lloró
sin hacer nada, no comió por dos días. Al tercero, rescató nuevamente el valor
y su carácter batallador. Acomodó el equipaje abriendo las cajas y valijas
indispensables, el resto fue ordenado en el depósito contiguo a la pieza
principal. Averiguó donde comprar alimentos y salió a conocer el “pueblo”.
Encontró solo tres casas próximas, una de ellas clausurada con candado; lo que
parecía oficiar de calle principal, en realidad es la ruta 9. Por fin a
trescientos metros al norte un almacén. Completan el paisaje un infinito
altiplano a más de tres mil metros de altura, lo habitan burros con crespones
de colores en las orejas y a lo lejos un grupo de llamas; no existe ni un solo
árbol, solo pastos bajos y la monotonía del color. El viento sin descanso dibuja
remolinos de tierra, rematan el paisaje, al fondo, cadenas de montañas que se
ven lejanas. Una representación en aguatintas de la soledad.
Cocinó carne de
cordero con papas oca y sopa de fideos, de postre duraznos al natural. El
almuerzo transcurrió en silencio, fue la primera comida formal. Al final la
esposa, mirando fijamente al marido, le dice con pausa, pero con gran
seguridad: “Esto es peor que el infierno, no hay nada ni nadie, es un limbo, la
casa que te dieron, un rancho”. Agüero no supo que objetar.
Después de la
cena del quinto día, comunicó a su esposo que viajaría, primero a Tucumán y si
hacía falta a Buenos Aires; iría a comprar lo necesario para vivir como ellos
se merecían. Al siguiente día, vestida de domingo, esperó el arribo del tren,
el que procedía de La Quiaca. No descendió nadie y subió solamente ella,
tampoco bajaron carga alguna, solo llenaron el depósito de agua de la máquina
con la manga suspendida desde un gran tanque. Luego el nuevo JEFE dio la orden
de partida. Instalada en el camarote, en un acto de desahogo imperioso grito:
“esto no es ni apeadero, es un purgatorio”.
Aquello resultó
un páramo, tampoco era una estación verdadera, solo una parada para abastecer
de agua a la máquina. Cada muerte de obispo subía o descendía un pasajero; cada
quince días, bajaban algunas cajas para abastecer al almacén de doña Quipildor.
El periplo de la
señora incluyo las ciudades de Tucumán y Buenos Aires. A partir de entonces y
por muchos días cambió todo, se despertó la curiosidad de los burócratas que
controlaban el tráfico de cargas en Tucumán, aquello resultó insólito: grandes
y numerosas cajas tenían como destino, por primera vez en la historia, la
localidad de Pumahuasi; arribaban a destino haciendo detener más tiempo al tren
y convoca a los escasos pobladores que asisten azorados a tamaña novedad
tratando de adivinar el contenido de aquellos envíos dirigidos al JEFE. Se
“completó” la residencia.
El día del arribo
de la esposa congregó a los doce lugareños y la almacenera. La tía Negra bajó triunfante, vestida de
fiesta.
A partir de
entonces convocó, sucesivamente, a albañiles, plomeros y carpinteros, todos
venidos de La Quiaca, con ida y regreso gratuitos en tren. Pumahuasi adquirió
otra dinámica. La construcción desolada de los primeros días fue convirtiéndose
en un hormiguero de personajes especializados. Las estancias fueron atiborradas
de muebles estilo Luis XV y XVI. En el dormitorio, dobles cortinados en las aberturas
nuevas, una cama a la polonesa con un gran dosel, tocador curvo con un espejo
de crista biselado, cubre el piso una alfombra “mágica” estilo nórdico. Las
luminarias de bronce pulido con pantallas de vidrios esmerilados. Cerrajería
nueva colonial. En la cocina el fogón desapareció, una artefacto a kerosene con horno y
cuatro hornillas lo reemplaza y un aparador de madera vista lustrada, pileta de loza con grifería cromada.
Completan el complejo un comedor recien edificado que luce un trinchante y estantería cerrada
por puertitas vidriadas gravadas con motivos de caza, una gran mesa rectangular, seis sillas de respaldos con esterilla y asientos acolchados, manteleria y vajilla, todo del mismo estilo Los pisos cerámicos están decorados con mayólicas.
Lo asombroso e insólito de
aquella mutación resultó el agudo contraste entre la desolación de la
zona y aquel reducto palaciego inspirado en ei de Versalles. Un muestrario de
riquezas ornamentales y mobiliarias apostado en el aislamiento desértico de la
puna jujeña.
Pasado dos año, “Tía Negra”,
apelando a sus parientes, amistades y relaciones con el poder, logró una
entrevista con el mismísimo presidente de la Nación, Don Hipólito Irigoyen.
Concurrió a la Casa Rosada acompañado por su sobrino “Chango”. De aquella
reunión surgió el final de la insólita experiencia.
Pumahuasi perdió,
para siempre, el extraño remedo palaciego francés Luis XIV de Kapurthala en su
parada ferroviaria; habitada, entonces, por tres personas: el Jefe, su conyugue
y un mozo de estación.
Hoy
persisten mudos los cimientos, algunos restos de paredes y esta historia
enterrada por el tiempo, la que que nadie recuerda.
Barrio de Retiro
FEUDO VIOLADO
Vivía, en 1975, en el
primer piso del Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital de Niños
Ricardo Gutiérrez de Buenos Aires, dirigido por su jefe el Dr. Juan Cruz
Derqui. La actividad que se desplegaba de lunes a sábado por las mañanas era
vertiginosa. El resto de las tardes, con parte de las noches, estudiábamos. Los
domingos, por fin, la pausa al trajín impenitente de la semana.
Me tocó compartir la habitación con otro colega, un médico boliviano: Francisco Camacho
-sobrino del legendario gremialista Juan Lechín Oquendo, Secretario General de la Central Obrera de Bolivia-.
Pasaron dos meses
durante los cuales mi compañero de habitación y colega se negó rotundamente a
salir del Hospital. El motivo del auto encierro se debió a las noticias
publicadas en los diarios acerca del asesinato de psiquiatras; médicos de las nuevas corrientes
contrariando a la tradicional y etiquetados de “zurdos” -un pecado mortal por
aquella época-. Estas noticias horrorizaron a mi compañero médico, agravadas
por su vínculo sanguíneo con su tío trotskista. Suponía que podría
ser masacrado, también él, por el terrorismo desatado en Argentina. Además,
influyó sobre el ánimo de mi colega el alejamiento de nuestro
Hospital del equipo completo de cardiocirujanos infantiles.
“Costó un Perú” convencer al aterrado amigo de que no corría peligro alguno el salir del hospital porque nadie, fuera del mundillo médico del Servicio, lo conocía, ni podían relacionarlo con su tío.
“Costó un Perú” convencer al aterrado amigo de que no corría peligro alguno el salir del hospital porque nadie, fuera del mundillo médico del Servicio, lo conocía, ni podían relacionarlo con su tío.
¡Por fin llego la “auto
liberación”!
Un domingo despreocupados vamos por una zona del Barrio de Retiro. Pomposa por sus
edificios y la importancia de habitantes con apellidos que provenían de la
época colonial enriquecidos con el contrabando portuario. Sus descendientes
estancieros, producto del generoso reparto de tierras conquistadas a partir de
un decreto de 1826, el más corto de la historia. En un solo renglón
rezaba:
“Se contrata al coronel prusiano Federico Rauch para exterminar a los indios Ranqueles”.
Fdo. Bernardino Rivadavia.
Presidente.
“Se contrata al coronel prusiano Federico Rauch para exterminar a los indios Ranqueles”.
Fdo. Bernardino Rivadavia.
Presidente.
De aquellas circunstancias proviene
la historia actual de “Macoco”. El inefable playboy que
inspiró al personaje de “Isidorito Cañones”, el que acuño aquello de “tirar
manteca al techo”, socio de Gabrielle Capone con quien abrió el famoso Cabaré
en Nueva York: “El Morocco”. Falleció en 1981 a los 80 años, solitario, junto a
los recuerdos del “Von vivant”. Había "liquidado" la
estancia de sus padres y otras dos de tías solteras.
En fin… Retiro por estos
tiempos (con sus habitantes, supuestos
descendientes de la nobleza europea) se trata de una zona no animada por la “chusma” descendientes de las perpetuas guerras europeas, o de los
“cabecitas negras” arribados del
interior de la República.
Sin dinero, nos disponemos
con Pancho a regresar desde aquel barrio al hospital. Parados en la parte
alta de una esquina en declive, divisamos abajo descansando para poder
arremeter la curva en subida, una anciana de reverenciar, viste un conjunto de
telas rellenas, con cuello y muñequeras de cueros, modelo venido de
tiendas milanesas o parisinas, zapatos italianos y un sombrero de luto abrazado
por tul bordado con flores que desciende hasta un poco más arriba de la nariz.
La señora sostiene en la mano derecha un bastón de madera tallado, que en la
parte superior luce un escudo familiar finamente rematado con empuñadura de
plata repujada; con la otra mano sujeta una cadena finalizada en el collar
de pedrerías que abraza el cogote de un perro caniche peluqueado, bien depilado
en el torso, peluda la cabeza, los tobillos y el final de la cola, mechones
prolijamente peinados. El animal, con una de la patas trasera
levantada y apoyada en el último árbol de la cuadra marca, con un chorro
obsceno de orina su territorio. Terminada la micción canina, la
protagonista se dispone a escalar el giro de la esquina con indisimulado
esfuerzo sin perder la distinción. Echamos, con el amigo, un vistazo a la
situación; nos preguntamos si debemos ayudar en el ascenso al personaje en su
arrojo por superar el declive de la vereda.
La señora, resulta la fiel
representante de otra época, cuando jugaban fuerte los apellidos y las
herencias de amplias zonas rurales atiborradas de vacunos destinados al
matadero para saciar el apetito británico. Estamos en un dilema y en silencio
cuando el perro, con penetrantes ladridos anticipatorios, despierta el
ambiente. Enseguida invade la solitaria calle de la mañana el bramido, in
crescendo, de un motor en el desabrigo dominguero del medio día soleado en
el otoño porteño. La señora arranca con esfuerzo para trepar la esquina. De repente
detiene la marcha, ahora permanece estoica con la mirada dirigida al automotor
que se acerca, es un Mercedes Benz último modelo. Vehículo de lujo usados por
el estamento social del barrio; a todas luces de los que se importan para los más
acaudalados de la burguesía y que conducen pulcros choferes uniformados con
gorros de viseras que transportan,
arrellenados en el asiento de atrás, a señorones de trajes oscuros cruzados y
sombreros negros; de mirada distantes van apoltronados, apoyan el mentón en las
manos con los dedos entrecruzadas sobre la curva del bastón.
Pero el Mercedes que emergió
de repente ante nuestras vistas, no responde a los cánones de aquel reducto
urbano exclusivo. Conduce el rodado alemán, de color gris claro con patente
todavía de concesionario, un cuarentón con barba de fin de semana, pelos de la
cabeza desordenados, un gorro tipo yóquey, musculosa transpirada decorada en el
pecho con el rostro del Che Guevara, cadena al cuello y reloj dorados. A su
lado una mujer achaparrada y joven, porta en su regazo un infante de no más de
un año, otro niño parado a su lado va mirando hacia adelante; la parte
posterior del automóvil luce una muchedumbre movediza compuesta por adultos y
niños bullangueros, uno de ellos, con medio cuerpo afuera de la ventanilla
mueve los brazos con energía como si dirigiera una imaginaria orquesta que
deslizándose por la vereda lo acompaña. Un cuadro desopilante y atrevido, ajeno
totalmente a la biósfera prolija, callada, discreta, pulcra y linajuda del
entorno del barrio.
La señora del caniche gira,
con pequeños pasos, para seguir con la mirada puntualmente el decurso del
vehículo y sus festivos habitantes. No disimula un gesto de contrariedad, pero
permanece estoica y en grave silencio. El animalito continúa ladrando y con sus
ojos persigue el recorrido del auto importado como queriendo, con sus ladridos,
ahuyentar un raro e irracional suceso.
Concluido el decurso del
rodado al esfumarse en un giro y apagarse en la distancia el fandango, la
Señora, bien plantada, vuelve la mirada hacia nosotros, permanece callada
imponiendo solemnidad al momento… El perrito deja de ladrar, mira a su dueña y
mueve la cola con prisa. El silencio se apodera de la zona. Necesariamente
nuestras miradas interrogan.
Finalmente, con pausa pero
con firmeza, siempre mirándonos sin rodeos y en tono expiatorio, declara solemne en cuatro palabras su apotegma: “¡¡Peronista
tenía que ser!!...”
(Mi compañero boliviano me mira y pregunta: “¿Qué quiso decir la señora?”…)
La Tortura
PARADIGMA
La Tortura
1978
Como todos los días, un viernes a la cuatro de la tarde, llego a mi consultorio de la calle Belgrano 275 de la ciudad de Jujuy, a fines de 1982. En la sala de espera aguardan tres personas.
--Buenas tardes.
--Buenas tarde. -A coro responden los tres.
Ingreso a mi despacho. Acomodo en el escritorio y en la mesita auxiliar lo necesario para el arduo trabajo que me espera.
Se abre la puerta, es la secretaria que trae el listado de los pacientes del día, en segundo lugar, figura un masculino de cuarenta años.
Termina la primera consulta. Nuevamente la secretaria abre la puerta entra y la cierra, me acerca una tarjeta clínica con apellido y nombre, sin otra anotación.
-Es por primera vez, doctor.
-Que pase. -Sale y lo llama por el nombre.
-Adelante señor. -Invita la secretaria.
-Buenas tardes. Tome asiento. -Le indico.
-Gracias.
-Por favor, necesito que me de otros datos para completar su ficha, -le solicito.
Levanto la mirada y veo una persona de traza más joven que la edad consignada en la tarjeta: 40 años. De estatura alta, delgado, erguido, prolijamente vestido. La primera impresión es la de una persona disímil, me recuerda a un daguerrotipo de un pariente remoto por el porte disciplinado, salvada, claro está, la distancia del tiempo; no advierto el porqué de esta primera impresión.
Pasan unos instantes en silencio con las miradas apostadas el uno al otro. Siento intuitivamente que hay algo fuera de la rutina… Por fin le pregunto:
-¿Tiene algún otro problemas de salud, previo a la consulta de ahora?
Pasan algunos segundos, y se anima:
-¿Se refiere a si tuve o tengo otra enfermedad?
-Exactamente.
Nuevo silencio… Titubea la contestación.
-No... No… Precisamente de salud no... -Responde confuso. Resulta insuficiente la respuesta, pero decido avanzar. Esbozo una sonrisa para animarlo.
-Que es lo que lo trae por aquí. -Trato de moderar el clima algo tenso, cortante.
-Tengo un problema en la parte lumbar -y señala la zona.
-Ajá… Que síntomas siente.
-Dolor, doctor.
Y continúa el interrogatorio siempre con respuestas afiladas, algo imprecisas; cuestión que me incomoda, hay una barrera infranqueable, difícil, que debo vencer.
-Por favor desprenda el cinto y acuéstese en la camilla. -El examen físico se prolonga reiterando maniobras en busca de síntomas; no hay signos que aclaren el referido dolor en la columna lumbar. Nuevo interrogatorio en búsqueda de alguna respuesta escondida que oriente hacia una patología. Le pido que se siente. Trabajo otras maniobras en búsqueda de algo, también resulta imposible… Me retiro al escritorio fracasado. Recluido en mis pensamientos, medito un rato.
-Por favor, puede vestirse señor. Debo confesarle que no encuentro una razón al dolor que me refiere. Necesito, para poder aclarar su problema y llegar a un diagnóstico, que se haga algunos estudios.
-Sí doctor. Lo que ordene.
-Se deben practicar radiografías, análisis de sangre y orina, -remato.
Escribo pausado en el recetario los estudios complementarios y firmo los pedidos.
Levanto la mirada y aparece ante mí, como si de otra persona se tratase, un personaje manifiestamente inquieto que mira hacia la pared y da pequeños pasos hacia adelante, luego regresa a la posición anterior. Por fin arrima la silla al escritorio y se sienta. Las manos crispadas, los dedos se entrecruzan, algo importante quiere manifestar. (En ese momento pasó por mi memoria un operario de Altos Hornos Zapla que fue a la consulta y que al momento de expresar alguna dolencia me confesó que iba por otro motivo, se trataba de un conflicto sexual con su esposa y que pude resolver dentro de los limitados conocimientos de sexología que tenía, lejos de mi especialidad, la traumatología. Al momento de retirarse, le hice reintegrar lo abonado por lo que fue: simplemente un consejo. Con el tiempo recordando lo acontecido y ya con más conocimientos en el tema, me tranquilizó el hecho de no haberme equivocado).
¿Aquello era una repetición de lo acontecido con el operador de Zapla?
Por fin, rompiendo el tenso silencio me dice:
-Quiero… Quiero… Contarle algo más, doctor... No tiene que ver con la consulta.
Silencio…
El desconcierto anima mi preocupación.
Levanto la mirada y descubro, trasmutado, otro mundo. Repentinamente cambia el clima tenso que invadía el ambiente. Siento, ahora, su mirada con un dejo de tristeza. Se va rompiendo el hielo. El joven casi marcial se trasmuta en el más humano que busca revelar algo que lo atormenta, vomitar algo que lo angustia, poder expresar, confesarse con alguien y que le procure alivio. ¿Soy yo el elegido para semejante cometido?
-Sí… De que se trata.
-Soy militar. Capitán de Inteligencia.
Nuevamente el silencio se apodera del consultorio. Espero unos instantes y mirándolo decreto:
-Continúe.
-Bueno… Le cuento… -Ahora más tranquilo y relajado. Prosigue-, Pertenezco a la Sección de Inteligencia Jujuy con responsabilidad en la Primera y Segunda Región de Chile. Cuando se desencadenó el conflicto con el país vecino, hacen cuatro años, a un compañero, también de inteligencia, y a mí, nos mandaron de civil en forma encubierta para la reunión de información, teníamos que recabar datos del Orden de Batalla del Ejercito y Carabineros en la zona de responsabilidad, del ambiente geográfico de la región, informar de algunas posiciones y desplazamientos de las Unidades de combate, en especial del Regimiento Blindado 14 Rancagua por ser considerado núcleo de Brigada y dotado de los misteriosos tanques alemanes "Leopard". El 19 de septiembre presenciábamos la parada militar chilena en el Parque O´Higgins, era el Día de Las Glorias de las Fuerzas Armadas Chilenas. ¡Eramos dos clandestinos!
Calla unos segundos, me mira escudriñando. Necesita un empujoncito para proseguir.
-Continúe, por favor. ¡A ver si puedo ayudarlo!
-Bueno. En definitiva… Nos descubrieron, fuimos apresados y torturados. Fue muy difícil…
-¡¡Ufaaaa!! ¡¡Torturados!! ¡¿Que les hicieron?¡
-Mire doctor. -Abre la boca. En la parte media de la lengua aparece un corte transversal profundo, ya cicatrizado que discurre de lado a lado.
La lengua es el órgano más móvil del organismo, con una gran sensibilidad al dolor, muy irrigado, luego muy sangrante; es por donde bebemos, comemos, respiramos, arrojamos, saboreamos, tosemos, hablamos para comunicarnos y de lenta cicatrización, está en contacto con el exterior, en consecuencia, con gérmenes del medio ambiente. ¿Cuánto tiempo sangró? ¿Cómo haría para alimentarse, beber, hablar, dormir? ¿En cuánto tiempo curó?
-¡No puedo imaginar semejante demencia!
-SÍ... Estuvimos, además, desaparecidos durante tres años. -Concluye.
-SÍ... Estuvimos, además, desaparecidos durante tres años. -Concluye.
Aquel militar es uno de nuestros héroes anónimos que hicieron lo imposible por la Patria. Este debe ser, seguramente, el primer homenaje al valor y patriotismo del ahora ignoto oficial en retiro. Carga el estigma de la maldad provocada en Chile; el mismo país que se vendió a los ingleses en la guerra de Malvinas. Lleva en su alma el deber cumplido.
Ahora sé dónde vive.
¡Quisiera abrazarlo…!
A.L.
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