Anita Delgado

(40º 25´ 06´´ de latitud N - 03º 42´ 13´´ de longitud O)
Maharani
(31º 22´ 46´´ de latitud N - 75º 23´ 05´´ de longitud O)


Por solo una tarde en nuestras vidas conocimos y escuchamos a la persona que (en su casa del Barrio Santa Ana de Córdoba en el año de 1966) nos relató la siguiente historia:

La recién casada con un empleado burócrata del Ferrocarril Belgrano, en la ciudad de Tucumán, no armoniza su alcurnia y aspiraciones con la ocupación laboral del marido. Mujer de empuje sobrenatural, tampoco concierta con las circunstancias de que su reciente pareja proviene de esa otra clase social indefinida, resultante de antepasados desaparecidos de fotos, escritos y hasta de la memoria. ¿Una confusión?
El desposado, consonante con su estatus, no imaginó nunca tener que cambiar el ritmo apacible de la burocracia, el asado de los domingos con amigos y la cantina vespertina, por una vida social de fulgor… ¡Pero habría de ocurrir!
Luego del viaje de himeneo, el empeño diario de la compañera fue guerrear otro rango para su reciente marido, cueste lo que cueste; se trata de un fallo supremo. Primero lo convenció del laborioso itinerario a cumplir para ascender hasta alcanzar su esfera. Convencido -o resignado- a dejarse arrastras a otros designios para él desconocidos, aceptó flexible.
Amparo Romero -para la familia Tía Negra- recurrió a múltiples relaciones: solicitó recomendaciones a conocidos e influyentes personajes, obtuvo audiencias con cuanto jerarca pisara suelo de la ciudad, visitó a ministros, celebró entrevistas con el jefe del regimiento y el mismísimo arzobispo. Mientras tanto, esperó infructuosa la audiencia con el gobernador. No perdió el tiempo y se plantó, directamente, ante el Jefe del Ferrocarril  demandándole que Manolo Agüero fuera ascendido a Jefe de Estación -por lo menos-. Era la pretensión mayor a la que podía aspirar un empleado de planta en el norte argentino. El mando implorado no era para la ciudad de cabecera por resultar demasiada exigente, sino en alguna otra de menor jerarquía dentro del largo recorrido del “camino de hierro” del FF.CC. Belgrano, el que parte de Retiro en Buenos Aires y culmina en la Quiaca, localidad limítrofe con la República de Bolivia.
El Sr. Agüero, con años en tareas burocráticas subordinadas y con algunos ascensos, resulta testigo pasmado del impulso arrollador de Tía Negra en post de su jerarquización. (¿Inspirada en la legendaria migración matriarcal de los renos “Caribou”, de los lejanos territorios en Alaska?)
Manolo, convencido y en una arrullada ilusión, se ve lucir un traje azul marino con saco cruzado, galones de tres franjas en las mangas, botones metálicos, pantalón con ribete blanco a lo largo de los costados y gorra de visera negra lustrosa con palmas doradas y un letrero en el frente, también matiz oro, anunciando su escalafón soberano que reza: “JEFE”. Pero, por sobre todo implicará la quimera del mando, en consecuencia tendrá feudatarios, un salto cualitativo desde la sombría obediencia hacia la resplandeciente superioridad; para mayor embrujo, una posición de señorío en la ciudad de destino y que, por agregación, hará feliz a la recién desposada.
Por aquellos años quienes arrogaban potestad incuestionable en las localidades eran: el cura párroco, el coronel del regimiento, el comisario, el intendente, el juez de paz y el jefe de la estación. Protagonistas necesarios de los trajines festivos y solución necesaria ante disputas, entredichos y conflictos; figuras con la “última palabra”.
La pareja, para robustecer su propósito, concurría a la misa matutina con confesiones y comuniones diarias. El 13 de junio, día conmemorativo del santo Antonio de Padua, al pie de su altar, suplicaron encontrar lo que buscaban. El 8 de junio rogaron por la permanencia en el tiempo de la pareja a los santos Aquila y Priscila, con la oferta penitencial de la abstención carnal -temporal-. En fin, rezos y rogatorios implorando que aquello fuera dogmático: un “Mandato Divino”.

La ingeniosa consorte espera con ansias, después de tantas oraciones, ver a su marido en una posición de señorío; de paso, un mayor salario acorde a su linaje teniendo en cuenta la condición social que ella impele y que, imperiosamente, su compañero debe asumir sin melindres.
Está irremediablemente dispuesta a trasladar el “nido” en post del cometido superior: arribar  a una posición social preferente y confortable. Situación que carga como consecuencias de raíces españolas familiares vinculadas a una protagonista de la historia; nada menos que la quinta mujer de la más importante alteza, por aquella época, en el norte de la India. Se trata del 7º Maharajá de Kapurthala, el Raja-i-Rajgan Majaraja Sir Jagatjit Singh. Estatus irrenunciable para Tía Negra que implica hacer honor y práctica acorde a un nivel consecuente de su incuestionable alcurnia.
Como narra la historia, todo vino a cuento a partir de la boda del rey de España, Don Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906. Uno de los tantos invitados del esplendor mundial al majestuoso evento, fue aquel poderoso príncipe de Kapurthala. Quien, una tarde apartándose de todo protocolo, tuvo la ocurrencia de asistir, para su deleite, al baile flamenco de la popular sala Music-Hall del Café “Central Kursaal”, en la Plaza del Carmen esquina de la calle Tetuán, entre Puerta del Sol y la Gran Vía de Madrid, donde actuara hasta la mismísima Mata Hari.  Allí descubrió en la presentación del espectáculo “La Noche de los Novios” con la consagrada Consuelo Portela -La Chalito”- a dos hermanas “teloneras”; una de ellas, Ana María Delgado Briones, hermosa malagueña de 16 años de edad, quien con su encanto enajenó al noble indio y de la que quedó concluyentemente prendado, al punto de proponerle matrimonio. Como cuento del Hada Madrina, Anita, luego de algunos remilgos y convencida finalmente por su madre de la fabulosa propuesta, envió una carta mal redactada y con gruesos errores ortográficos al príncipe -ahora en Francia huyendo del atentado terrorista dirigido al Rey de España- aceptando la boda propuesta. La misiva cayó en mano del escritor manco (víctima de un duelo), Don Ramón del Valle-Inclán, quien pretendiendo satirizar la relación en cierne, terminó floreciendo como su celestino. Concurrente habitual a los cuplés de las hermanas Delgado, el literato mudó la carta en una pieza poética notable, pasional, una fantástica y suprema declaración de amor no soñada, en tiempo alguno, por la nobleza de la India; dejando perplejo, flechado, al destinatario.
Pero Anita, puntualmente adoctrinada por su progenitora, impuso tres condiciones previas a la consumación nupcial. Primero: ser la cardinal y oficial del Príncipe, por arriba del harén y con el impedimento de que “arrime” ninguna otra. Segundo: casarse por la Ley Civil en Francia. Tercero: la ceremonia religiosa glorificada en Kapurthala por el rito Sij, con los fastos y distinciones correspondientes, en adelante, a “La Princesa”.
El casamiento, por el culto oficial, se celebra en la mismísima heredad, el día 28 de enero de 1908. Preceden la ceremonia elefantes ricamente ataviados, el primero y más viejo con una gran esmeralda con forma de media luna en su frente, el talismán protector. Acompaña un séquito de nobles y pajes con vestimentas de solemnidad suprema.
Luego del festín extendido por tres días y tres noches, al atardecer del cuarto, en el salón dorado y ataviada con indumentaria real, fue invitada “La Princesa” a recibir el presente de bodas. Entró solemne acompañada por el Príncipe hasta el foco del paraninfo; allí, en una mesa dorada, ricamente tallada, descansa un cofre de madera cerrado con su llave puesta. Vendados los ojos de Anita, la invitan a que extienda hacia adelante los brazos con las manos juntas y abiertas hacia arriba: se oye el giro de la llave del arca, luego hunde las manos en la misma y trata de retener lo que más puede de un contenido tintineante, frio, duro y múltiple. Cumplidos los pasos indicados, despojan la venda que impide la vista. ¡¡¡Oh…Sorpresa!!! Sus manos retienen piedras preciosas. Brillan, ante su mirada atrapada: zafiros, amatistas, piedras de luna, aguamarinas, rubíes, diamantes, granates, esmeraldas y perlas.
Cumplidas a pie juntillas las condiciones impuestas, habitaron en Palacio, réplica barroca -algo moderada- del de Versalles y el de Fontainebleau.

Conclusión: la sencilla y bella bailarina, emparentada a Tía Negra, y en un santiamén, paso a pertenecer a la dinastía Ahluwalia, ser la primera del harén en aquella posesión y nombrada como la Maharani (Gran Reina).
Ocurrió en el norte de la colonia británica.
Ana, en adelante “La Princesa” -o Majaraní Rami Prem Kaursahiba- fue, por muchos años, esposa del soberano por encima del resto del encierro.
Era costumbre, para celebrar el onomástico del príncipe, en ceremonia pública atiborrado de súbditos, hacerlo subir a una morrocotuda balanza y equilibrarla con su mismísimo peso en oro de verdad; “milagro” no visto en parte alguna del mundo y que ni Aladino y el genio de su lamparita pudiera acaecer.


Los prolegómenos de la pareja ferroviaria que nos ocupa, en vista del nuevo destino, fueron infinitos: misas  de adiós con sermones de ocasión y comuniones en masa celebradas por el Guardián del Convento Franciscano, mensajes, telegramas, llamadas telefónicas a distancia, visitas formales a las autoridades cercanas, recorrido de compras en los mejores negocios de indumentarias y calzados, té con dulces y confituras para las señoras,  asado con carne de ternera, chorizos colorados venidos de España, vino tinto de marca en botellas para los señores y el fraile; finalmente cena de despedida con menú, vajilla y mantelería contratadas.
Por fin llega la comunicación del traslado físico al nuevo destino. La orden rotula:
“JEFE de ESTACIÓN”
Designación.

El decreto, escuetamente hace referencia a un lugar en la Provincia de Jujuy. La búsqueda de noticias del ignoto puesto resultó problemática, en el mapa ferroviario aparece ubicado antes de la frontera internacional en el norte argentino, sin más detalles. Parientes, amigos y conocidos tampoco dan cuenta de aquella localización.
-¿Querido. ¿Averiguaste adónde nos mandan? -Sermonea la esposa.
-A Pumahuasi. En el norte de la provincia de Jujuy.
-Sí, eso vi en el nombramiento; pero ¿cómo es la ciudad dónde vamos?
-Está en un corredor significativo con un tráfico de personas y mercaderías de paso a Bolivia.
-No… Te pregunto: ¡¿Como es la ciudad adónde te mandan?!
-La verdad que ese antecedente no lo tengo; pero es importante ser el Jefe de la Estación.
-Bueno… No me dices mucho… ¡La conoceremos…!
Fue el diálogo antes del destierro.

Llegó el día esperado, el de la partida. El equipaje fue a parar al vagón de cargas. Aguarda, para la dupla, un camarote preparado especialmente. Los amigos y parientes atiborran el apeadero, hay sollozos y frases de circunstancia. Suena el tercer llamado de la campana para la partida y el silbato del guarda. La pareja sube y reaparece en las ventanillas, tía Negra lleva puesto un sombrero negro con tul bordado con flores blancas y guante de cuero oscuro en una mano que agita un pañuelo perfumado con encajes de colores, con la otra, desnuda, acaricia sus cachetes recogiendo lágrimas. Él, con el sombrero en la diestra describe un amplio arco en el aire por encima de las cabezas de la multitud, su mirada recorre al gentío. El crujido de los vagones desperezándose anuncia la partida del tren en marcha lenta; se rompe el escenario…
La columna ferroviaria, en su largo recorrido, hace paradas en sucesivas estaciones. En Güemes ocurre un traslado de pasajeros: suben los venidos de Salta; en San Salvador de Jujuy se demora casi una hora, allí trepan apresurados hasta completar camarotes, primera clase y la segunda con butacas de rigurosa pinotea, gran cantidad de valijas, cajas y bultos que rellenan los dos vagones destinados para la carga. Reanuda la marcha y se va deteniendo sucesivamente en los poblados de Yala, León -allí cambian la máquina a vapor por una con cremallera para el ascenso de “Volcán”-, luego Tumbaya, Purmamarca, Maimará, Tilcara, Huacalera, Uquía, Humahuaca, Tres Cruces, Abra Pampa, Puesto del Marques y finalmente el destino asignado: Pumahuasi.
La noche oculta la fisonomía del lugar. Descienden del tren; una luz opaca alumbra suavemente el lugar, son los únicos pasajeros que pisan el andén, los esperan el Cabeza saliente que viste un desteñido uniforme azul, lleva coronando una gorra avejentada con visera, ribete dorado y una inscripción que anuncia: “JEFE”. Saludos de rutina, se estrechan las manos, para la señora un beso en la mejilla. Un peón de cargas traslada los bártulos en el carro de la estación y los cuatro parten a la construcción contigua a la estación. ¡El nuevo hogar!
El acompañante destraba del cinturón un manojo de llaves antiguas, busca con el tacto la que corresponde a la habitación principal, emboca a ciegas la cerradura, gira la llave y se abre la puerta lenta y ruidosa; enciende la iluminaciòn interior y aparece una habitación extensa, una enorme cama de tientos con cochón recién atizado de lana ovejuna en un rincón, la acompaña un cubículo de madera que oficia de mesa de luz; un ropero de estilo francés desvencijado con la puerta abierta deja ver un gran espejo en la cara posterior, en la parte inferior un cajón con tirantes de bronce, más abajo una de las patas delanteras ausente la reemplaza un par de ladrillos. Cuelga del techo un cable trenzado que sostiene un foco bombilla de 40 W. Tía Negra, perpleja, parada en el portal no se resuelve a entrar, con las dos manos cubre la cara y la invade un llanto desconsolado… El JEFE saliente se retira discretamente.  
        No durmió y lloro toda la noche hasta deshidratarse. Al amanecer recupera su carácter e inicia, sin consuelo, un prolongado recorrido de las otras dependencias: en el baño un inodoro con tanque de agua suspendido y cadena caracteriza el lugar, ducha sin bañadera y lavatorio reciente, la grifería es de bronce, una ventana pequeña y en altura tiene el vidrio partido. En la siguiente habitación está la cocina con un fogón a leña y abundante hollín, en una de las paredes dos estantes vacíos, completan el equipamiento una mesa cuadrada con tres sillas de madera. Finaliza el complejo, un depósito ciego con piso de tierra. ¡Aquello era la desolación!
Tía Negra lloró sin hacer nada, no comió por dos días. Al tercero, rescató nuevamente el valor y su carácter batallador. Acomodó el equipaje abriendo las cajas y valijas indispensables, el resto fue ordenado en el depósito contiguo a la pieza principal. Averiguó donde comprar alimentos y salió a conocer el “pueblo”. Encontró solo tres casas próximas, una de ellas clausurada con candado; lo que parecía oficiar de calle principal, en realidad es la ruta 9. Por fin a trescientos metros al norte un almacén. Completan el paisaje un infinito altiplano a más de tres mil metros de altura, lo habitan burros con crespones de colores en las orejas y a lo lejos un grupo de llamas; no existe ni un solo árbol, solo pastos bajos y la monotonía del color. El viento sin descanso dibuja remolinos de tierra, rematan el paisaje, al fondo, cadenas de montañas que se ven lejanas. Una representación en aguatintas de la soledad.
Cocinó carne de cordero con papas oca y sopa de fideos, de postre duraznos al natural. El almuerzo transcurrió en silencio, fue la primera comida formal. Al final la esposa, mirando fijamente al marido, le dice con pausa, pero con gran seguridad: “Esto es peor que el infierno, no hay nada ni nadie, es un limbo, la casa que te dieron, un rancho”. Agüero no supo que objetar.
Después de la cena del quinto día, comunicó a su esposo que viajaría, primero a Tucumán y si hacía falta a Buenos Aires; iría a comprar lo necesario para vivir como ellos se merecían. Al siguiente día, vestida de domingo, esperó el arribo del tren, el que procedía de La Quiaca. No descendió nadie y subió solamente ella, tampoco bajaron carga alguna, solo llenaron el depósito de agua de la máquina con la manga suspendida desde un gran tanque. Luego el nuevo JEFE dio la orden de partida. Instalada en el camarote, en un acto de desahogo imperioso grito: “esto no es ni apeadero, es un purgatorio”.
Aquello resultó un páramo, tampoco era una estación verdadera, solo una parada para abastecer de agua a la máquina. Cada muerte de obispo subía o descendía un pasajero; cada quince días, bajaban algunas cajas para abastecer al almacén de doña Quipildor.
El periplo de la señora incluyo las ciudades de Tucumán y Buenos Aires. A partir de entonces y por muchos días cambió todo, se despertó la curiosidad de los burócratas que controlaban el tráfico de cargas en Tucumán, aquello resultó insólito: grandes y numerosas cajas tenían como destino, por primera vez en la historia, la localidad de Pumahuasi; arribaban a destino haciendo detener más tiempo al tren y convoca a los escasos pobladores que asisten azorados a tamaña novedad tratando de adivinar el contenido de aquellos envíos dirigidos al JEFE. Se “completó” la residencia.
El día del arribo de la esposa congregó a los doce lugareños y la almacenera. La tía Negra bajó triunfante, vestida de fiesta.
A partir de entonces convocó, sucesivamente, a albañiles, plomeros y carpinteros, todos venidos de La Quiaca, con ida y regreso gratuitos en tren. Pumahuasi adquirió otra dinámica. La construcción desolada de los primeros días fue convirtiéndose en un hormiguero de personajes especializados. Las estancias fueron atiborradas de muebles estilo Luis XV y XVI. En el dormitorio, dobles cortinados en las aberturas nuevas, una cama a la polonesa con un gran dosel, tocador curvo con un espejo de crista biselado, cubre el piso una alfombra “mágica” estilo nórdico. Las luminarias de bronce pulido con pantallas de vidrios esmerilados. Cerrajería nueva colonial. En la cocina el fogón desapareció, una artefacto a kerosene con horno y cuatro hornillas lo reemplaza y un aparador de madera vista lustrada, pileta de loza con grifería cromada. Completan el complejo un comedor recien edificado que luce un trinchante y estantería cerrada por puertitas vidriadas  gravadas con motivos de caza, una gran mesa rectangular, seis sillas de respaldos con esterilla y asientos acolchados, manteleria y vajilla, todo del mismo estilo Los pisos cerámicos están decorados con mayólicas.
Lo asombroso e insólito de aquella mutación resultó el agudo contraste entre la desolación de la zona y aquel reducto palaciego inspirado en ei de Versalles. Un muestrario de riquezas ornamentales y mobiliarias apostado en el aislamiento desértico de la puna jujeña. 
Pasado dos año, “Tía Negra”, apelando a sus parientes, amistades y relaciones con el poder, logró una entrevista con el mismísimo presidente de la Nación, Don Hipólito Irigoyen. Concurrió a la Casa Rosada acompañado por su sobrino “Chango”. De aquella reunión surgió el final de la insólita experiencia.

Pumahuasi perdió, para siempre, el extraño remedo palaciego francés Luis XIV de Kapurthala en su parada ferroviaria; habitada, entonces, por tres personas: el Jefe, su conyugue y un mozo de estación.


 Hoy persisten mudos los cimientos, algunos restos de paredes y esta historia enterrada por el tiempo, la que que nadie recuerda.

Barrio de Retiro




Barrio de Retiro

                      FEUDO VIOLADO

Vivía, en 1975, en el primer piso del Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de Buenos Aires, dirigido por su jefe el Dr. Juan Cruz Derqui. La actividad que se desplegaba de lunes a sábado por las mañanas era vertiginosa. El resto de las tardes, con parte de las noches, estudiábamos. Los domingos, por fin, la pausa al trajín impenitente de la semana.
Me tocó compartir la habitación con otro colega, un médico boliviano: Francisco Camacho -sobrino del legendario gremialista Juan Lechín Oquendo, Secretario General de la Central Obrera de Bolivia-.
 Pasaron dos meses durante los cuales mi compañero de habitación y colega se negó rotundamente a salir del Hospital. El motivo del auto encierro se debió a las noticias publicadas en los diarios acerca del asesinato de  psiquiatras; médicos de las nuevas corrientes contrariando a la tradicional y etiquetados de “zurdos” -un pecado mortal por aquella época-. Estas noticias horrorizaron a mi compañero médico, agravadas por su vínculo sanguíneo con su tío trotskista. Suponía que podría ser masacrado, también él, por el terrorismo desatado en Argentina. Además, influyó sobre el ánimo de mi colega el alejamiento de nuestro Hospital del equipo completo de cardiocirujanos infantiles. 
“Costó un Perú” convencer al aterrado amigo de que no corría peligro alguno el salir del hospital porque nadie, fuera del mundillo médico del Servicio, lo conocía, ni podían relacionarlo con su tío.

¡Por fin llego la “auto liberación”!

Un domingo despreocupados vamos por una zona del Barrio de Retiro. Pomposa por sus edificios y la importancia de habitantes con apellidos que provenían de la época colonial enriquecidos con el contrabando portuario. Sus descendientes estancieros, producto del generoso reparto de tierras conquistadas a partir de un decreto de 1826, el más corto de la historia. En un solo renglón rezaba: 
“Se contrata al coronel prusiano Federico Rauch para exterminar a los indios Ranqueles”.
Fdo. Bernardino Rivadavia. 
Presidente.
De aquellas circunstancias proviene la historia actual de “Macoco”. El inefable playboy que inspiró al personaje de “Isidorito Cañones”, el que acuño aquello de “tirar manteca al techo”, socio de Gabrielle Capone con quien abrió el famoso Cabaré en Nueva York: “El Morocco”. Falleció en 1981 a los 80 años, solitario, junto a los recuerdos del “Von vivant”. Había "liquidado" la estancia de sus  padres y otras dos de tías solteras.

En fin… Retiro por estos tiempos  (con sus habitantes, supuestos descendientes de la nobleza europea) se trata de una zona no animada  por  la “chusma” descendientes de las perpetuas guerras europeas, o de los “cabecitas negras” arribados del interior de la República.

Sin dinero, nos disponemos con Pancho a  regresar desde aquel barrio al hospital. Parados en la parte alta de una esquina en declive, divisamos abajo descansando para poder arremeter la curva en subida, una anciana de reverenciar, viste un conjunto de telas rellenas, con cuello y muñequeras de cueros, modelo venido de tiendas milanesas o parisinas, zapatos italianos y un sombrero de luto abrazado por tul bordado con flores que desciende hasta un poco más arriba de la nariz. La señora sostiene en la mano derecha un bastón de madera tallado, que en la parte superior luce un escudo familiar finamente rematado con empuñadura de plata repujada; con la otra mano sujeta una cadena finalizada en el collar de pedrerías que abraza el cogote de un perro caniche peluqueado, bien depilado en el torso, peluda la cabeza, los tobillos y el final de la cola, mechones prolijamente peinados.  El animal, con una de la patas trasera levantada y apoyada en el último árbol de la cuadra marca, con un chorro obsceno de orina su territorio. Terminada la micción canina, la protagonista se dispone a escalar el giro de la esquina con indisimulado esfuerzo sin perder la distinción. Echamos, con el amigo, un vistazo a la situación; nos preguntamos si debemos ayudar en el ascenso al personaje en su arrojo por superar el declive de la vereda.
La señora, resulta la fiel representante de otra época, cuando jugaban fuerte los apellidos y las herencias de amplias zonas rurales atiborradas de vacunos destinados al matadero para saciar el apetito británico. Estamos en un dilema y en silencio cuando el perro, con penetrantes ladridos anticipatorios, despierta el ambiente. Enseguida invade la solitaria calle de la mañana el bramido, in crescendo, de un motor en el desabrigo dominguero del medio día soleado en el otoño porteño. La señora arranca con esfuerzo para trepar la esquina. De repente detiene la marcha, ahora permanece estoica con la mirada dirigida al automotor que se acerca, es un Mercedes Benz último modelo. Vehículo de lujo usados por el estamento social del barrio; a todas luces de los que se importan para los más acaudalados de la burguesía y que conducen pulcros choferes uniformados con gorros de viseras que  transportan, arrellenados en el asiento de atrás, a señorones de trajes oscuros cruzados y sombreros negros; de mirada distantes van apoltronados, apoyan el mentón en las manos con los dedos entrecruzadas sobre la curva del bastón.
Pero el Mercedes que emergió de repente ante nuestras vistas, no responde a los cánones de aquel reducto urbano exclusivo. Conduce el rodado alemán, de color gris claro con patente todavía de concesionario, un cuarentón con barba de fin de semana, pelos de la cabeza desordenados, un gorro tipo yóquey, musculosa transpirada decorada en el pecho con el rostro del Che Guevara, cadena al cuello y reloj dorados. A su lado una mujer achaparrada y joven, porta en su regazo un infante de no más de un año, otro niño parado a su lado va mirando hacia adelante; la parte posterior del automóvil luce una muchedumbre movediza compuesta por adultos y niños bullangueros, uno de ellos, con medio cuerpo afuera de la ventanilla mueve los brazos con energía como si dirigiera una imaginaria orquesta que deslizándose por la vereda lo acompaña. Un cuadro desopilante y atrevido, ajeno totalmente a la biósfera prolija, callada, discreta, pulcra y linajuda del entorno del barrio.
La señora del caniche gira, con pequeños pasos, para seguir con la mirada puntualmente el decurso del vehículo y sus festivos habitantes. No disimula un gesto de contrariedad, pero permanece estoica y en grave silencio. El animalito continúa ladrando y con sus ojos persigue el recorrido del auto importado como queriendo, con sus ladridos, ahuyentar un raro e irracional suceso.
Concluido el decurso del rodado al esfumarse en un giro y apagarse en la distancia el fandango, la Señora, bien plantada, vuelve la mirada hacia nosotros, permanece callada imponiendo solemnidad al momento… El perrito deja de ladrar, mira a su dueña y mueve la cola con prisa. El silencio se apodera de la zona. Necesariamente nuestras miradas interrogan.
Finalmente, con pausa pero con firmeza, siempre mirándonos sin rodeos y en tono expiatorio, declara  solemne en cuatro palabras su apotegma: “¡¡Peronista tenía que ser!!...”

(Mi compañero boliviano me mira y pregunta: “¿Qué quiso decir la señora?”…)



La Tortura



PARADIGMA
La  Tortura
1978

Como todos los días, un viernes a la cuatro de la tarde, llego a mi consultorio de la calle Belgrano 275 de la ciudad de Jujuy, a fines de 1982.  En la sala de espera aguardan tres personas.
--Buenas tardes.
--Buenas tarde. -A coro responden los tres.
Ingreso a mi despacho. Acomodo en el escritorio y en la mesita auxiliar lo necesario para el arduo trabajo que me espera.
Se abre la puerta, es la secretaria que trae el listado de los pacientes del día, en segundo lugar, figura un masculino de cuarenta años.
Termina la primera consulta. Nuevamente la secretaria abre la puerta entra y la cierra, me acerca una tarjeta clínica con apellido y nombre, sin otra anotación.
-Es por primera vez, doctor.
-Que pase. -Sale y lo llama por el nombre.
-Adelante señor. -Invita la secretaria.
-Buenas tardes. Tome asiento. -Le indico.
-Gracias.
-Por favor, necesito que me de otros datos para completar su ficha, -le solicito.
Levanto la mirada y veo una persona de traza más joven que la edad consignada en la tarjeta: 40 años. De estatura alta, delgado, erguido, prolijamente vestido. La primera impresión es la de una persona disímil, me recuerda a un daguerrotipo de un pariente remoto por el porte disciplinado, salvada, claro está, la distancia del tiempo; no advierto el porqué de esta primera impresión.
Pasan unos instantes en silencio con las miradas apostadas el  uno al otro. Siento intuitivamente que hay algo fuera de la rutina… Por fin le pregunto:
-¿Tiene algún otro problemas de salud, previo a la consulta de ahora?
Pasan algunos segundos, y se anima:
-¿Se refiere a si tuve o tengo otra enfermedad?
-Exactamente.
Nuevo silencio… Titubea la contestación.
-No... No… Precisamente de salud no... -Responde confuso. Resulta insuficiente la respuesta, pero decido avanzar. Esbozo una sonrisa para animarlo.
-Que es lo que lo trae por aquí. -Trato de moderar el clima algo tenso, cortante.
-Tengo un problema en la parte lumbar -y señala la zona.
-Ajá… Que síntomas siente.
-Dolor, doctor.
Y continúa el interrogatorio siempre con respuestas afiladas, algo imprecisas; cuestión que me incomoda, hay una barrera infranqueable, difícil, que debo vencer.
-Por favor desprenda el cinto y acuéstese en la camilla. -El examen físico se prolonga reiterando maniobras en busca de síntomas; no hay signos que aclaren el referido dolor en la columna lumbar. Nuevo interrogatorio en búsqueda de alguna respuesta escondida que oriente hacia una patología. Le pido que se siente. Trabajo otras maniobras en búsqueda de algo, también resulta imposible… Me retiro al escritorio fracasado. Recluido en mis pensamientos, medito un rato.
-Por favor, puede vestirse señor. Debo confesarle que no encuentro una razón al dolor que me refiere. Necesito, para poder aclarar su problema y llegar a un diagnóstico, que se haga algunos estudios.
-Sí doctor. Lo que ordene.
-Se deben practicar radiografías, análisis de sangre y orina, -remato.
Escribo pausado en el recetario los estudios complementarios y firmo los pedidos.
Levanto la mirada y aparece ante mí, como si de otra persona se tratase, un personaje manifiestamente inquieto que mira hacia la pared y da pequeños pasos hacia adelante, luego regresa a la posición anterior. Por fin arrima la silla al escritorio y se sienta. Las manos crispadas, los dedos se entrecruzan, algo importante quiere manifestar. (En ese momento pasó por mi memoria un operario de Altos Hornos Zapla que fue a la consulta y que al momento de expresar alguna dolencia me confesó que iba por otro motivo, se trataba de un conflicto sexual con su esposa y que pude resolver dentro de los limitados conocimientos de sexología que tenía, lejos de mi especialidad, la traumatología. Al momento de retirarse, le hice reintegrar lo abonado por lo que fue: simplemente un consejo. Con el tiempo recordando lo acontecido y ya con más conocimientos en el tema, me tranquilizó el hecho de no haberme equivocado).
¿Aquello era una repetición de lo acontecido con el operador de Zapla?

Por fin, rompiendo el tenso silencio me dice:
-Quiero… Quiero… Contarle algo más, doctor... No tiene que ver con la consulta.
Silencio…
El desconcierto anima mi preocupación.
Levanto la mirada y descubro, trasmutado, otro mundo. Repentinamente cambia el clima tenso que invadía el ambiente. Siento, ahora, su mirada con un dejo de tristeza. Se va rompiendo el hielo. El joven casi marcial se trasmuta en el más humano que busca revelar algo que lo atormenta, vomitar algo que lo angustia, poder expresar, confesarse con alguien y que le procure alivio. ¿Soy yo el elegido para semejante cometido?

-Sí… De que se trata.
-Soy militar. Capitán de Inteligencia.
Nuevamente el silencio se apodera del consultorio. Espero unos instantes y mirándolo decreto:
-Continúe.
-Bueno… Le cuento… -Ahora más tranquilo y relajado. Prosigue-, Pertenezco a la Sección de Inteligencia Jujuy con responsabilidad en la Primera y Segunda Región de Chile. Cuando se desencadenó el conflicto con el país vecino, hacen cuatro años, a un compañero, también de inteligencia, y a mí, nos mandaron de civil en forma encubierta para la reunión de información, teníamos que recabar datos del Orden de Batalla del Ejercito y Carabineros en la zona de responsabilidad, del ambiente geográfico de la región, informar de algunas posiciones y desplazamientos de las Unidades de combate, en especial del Regimiento Blindado 14 Rancagua por ser considerado núcleo de Brigada y dotado de los misteriosos tanques alemanes "Leopard". El 19 de septiembre presenciábamos la parada militar chilena en el Parque O´Higgins, era el Día de Las Glorias de las Fuerzas Armadas Chilenas. ¡Eramos dos clandestinos! 
Calla unos segundos, me mira escudriñando. Necesita un empujoncito para proseguir.
-Continúe, por favor. ¡A ver si puedo ayudarlo!
-Bueno. En definitiva… Nos descubrieron, fuimos apresados y torturados. Fue muy difícil…
-¡¡Ufaaaa!! ¡¡Torturados!! ¡¿Que les hicieron?¡

-Mire doctor. -Abre la boca. En la parte media de la lengua aparece un corte transversal profundo, ya cicatrizado que discurre de lado a lado.

La lengua es el órgano más móvil del organismo, con una gran sensibilidad al dolor, muy irrigado, luego muy sangrante; es por donde bebemos, comemos, respiramos, arrojamos, saboreamos, tosemos, hablamos para comunicarnos y de lenta cicatrización, está en contacto con el exterior, en consecuencia, con gérmenes del medio ambiente. ¿Cuánto tiempo sangró? ¿Cómo haría para alimentarse, beber, hablar, dormir? ¿En cuánto tiempo curó?

-¡No puedo imaginar semejante demencia!
-SÍ... Estuvimos, además, desaparecidos durante tres años. -Concluye.

Aquel militar es uno de nuestros héroes anónimos que hicieron lo imposible por la Patria. Este debe ser, seguramente, el primer homenaje al valor y patriotismo del ahora ignoto oficial en retiro. Carga el estigma de la maldad provocada en Chile; el mismo país que se vendió a los ingleses en la guerra de Malvinas. Lleva en su alma el deber cumplido.

Ahora sé dónde vive.

¡Quisiera abrazarlo…!

A.L.

Alberti

“Abandoné la cueva
cargado de ángeles,
que abandone a la luz.”
 Rafael Alberti
        ____________

Parafraseando:

Abandono la cueva
cargando los sueños,
que abandoné otras veces. 

A.L
.

Mamoré

   

 Mamoré

Los pájaros noctámbulos, la trova de los grillos
y el reclamo de cigarras trepadas al nogal
conforman el concierto de esa noche,
que se confunden con el croar de los sapos.

Las tinieblas abrigan la carretera solitaria.

Los arroceros cortaron la ruta esa noche,
reclaman mejores precios a sus esfuerzos.
En rumbo solitario, bajamos del transporte 
para remolcar, ruidosas, las maletas invisibles
que marchan rodando sobre sus ruedas.

Aletean  sobre nosotros las aves nocturnas.

La autopista se bifurca y nuestra intuición fallida:
volvemos sobre los pasos en brusca incertidumbre.
Avanzamos en las sombras buscando la otra “flota”.
¿Anticipo de nuestra meta, por lo prodigioso?

Ya en camino se despiertan el dìa y amanecen:
el Pueblo, su Río y la Reina de Ennin, acunándose.
Y el guía, y la cocinera, y la lancha selvática a motor.
El perfume de las frutas satura la intuición.

Camarotes y sus inquilinos, en cada uno, uno.

En la lancha, la rolliza francesa en proa eleva la popa.
El barquero va perdido en la maraña de la selva inundada
buscando desconcertado una salida cerca de la noche.
A otro barquero desorientado lo remolcamos hasta el río.

Con el vetusto catamaràn, en marcha lenta, vamos
al encuentro del Mamoré; bajamos calmos por el Ibare.
El afluente derrama su tesoro en el gran río encabritado.
Lo vimos majestuoso con su furia penetrar la jungla viva.
La Reina de Enin no pudo; desanduvo para volver a  su concierto.

Otra noche: la de los peces voladores que salen de la marisma
como flechas veloces entre el agua, la oscuridad y sus estrellas.
Son trazos Iluminados por la luna que refleja el espejo del lago;
fantasmales cabriolas en el aire con un marco de floresta oscura.

Con la luz del día, camalotes ambulantes discrepan en la corriente:
con verdes plantas, el marrón del Ibare, o el azul del Mamoré:
van navegando impertérritos, mientras nos bañamos en su corriente,
a salvo adentro de la cesta (tejida con piolas) venida de un mástil.

Agua bendita moja nuestras pieles, como al pescado  sus escamas,
y nos invita a quedarnos y saltar y sumergirnos como peonzas
con días de sol y noches de luna  en el agua pura de los bosques.
Al final, el perfume de la cena con las frutas venida de esos árboles.

Los peces se marchan en la crecida; solo pirañas para la cena.

  
 La memoria inquebrantable, en estilo adolescente,
va danzando como hechizos y se hunde en el repaso.
(Es poner rumbo  en nuestras mentes, antes vírgenes,
como los habitantes del río en los meandros y su torrente),


Y ahora… Mònica.

¿Podrías poner el nombre del árbol de las hormigas?
¿O los otros de donde saltan los monos del río?
¿O de los remansos con los ojos de linterna
de caimanes nautas nocturnos y huidizos?

¿Podrías poner tu santo y seña único
de aquel mundo de cauces desbordados,
canoas desfilando acompañadas de delfines,
serpientes navegantes, pájaros pescadores,
loros charlatanes confundidos en el follaje,
o simios fantasmales que aúllan por las noches?

(Todo custodiado por colosales arboledas espesas).

¿Podrías crear -de aquel mundo osado- un santo y seña?
Solo tu santo y seña íntimo e indescifrable
con el numero de aquel año, compañero del nombre elegido
debajo de tu alias con el @ punto com del espacio virtual.
¿Lograrías mandarme esto último para comunicarnos?
¡¡Podrás!!

Conserva la amistad impecable y única,
inviolable; solo nuestra en signos inmemoriales,
entre sombras y luces, entre el agua y la hojarasca.
Aunque no lo crea ni la misma selva, ahora nuestra.
¡¡Siempre nuestra!!

Por ejemplo, lograrías poner sin censuras:
2015-tangarana -"el palo del diablo"-:
nombre del árbol y sus hormigas protectoras,
que si te acercas saltan agresivas,
y que lo vimos simplemente tú y yo.

¿Recuerdas el atracadero sin barcazas en la rivera infinita?
¿Y al viejo cuidador del pueblo en la selva inundada,
enlodado, olvidado, que recogimos solitario y pobre;
 el que incorporamos en el trayecto? 

Bajó apurado y pensativo en "Puerto Almacén".
Con el dinero que le dimos ira a Trinidad.
Allí preguntara en el hospital:
quiere averiguar si su hermano ha muerto.



Máquina de tren a leña

La última máquina de tren a leña.

La siesta se hacía insoportable, el sol arde en la tarde jujeña.
Una llamada en el teléfono metálico negro en el paragüero del pasillo central de la vieja casona.
- Holaa.…
-¿Edgardo?
-Sí
-Alfredo. 
-¿Que tenés que hacer?
-Yo, nada.
-Bueno, salgamos a dar una vuelta.
-Claro… Pasá por mi casa.
Es el inicio de una aventura no creíble, gravada a leña y fuego; casi al final de la niñez.
Por la calle Lavalle, hacia el norte, caminamos rumbo a la avenida del Río Grande: Cansinos, despreocupados, intemporales en el verano tórrido.
Con rumbo incierto bajamos la escalera que conduce al andén de la Estación de Ferrocarril (otro icono de la modernidad); ausente de pasajeros y empleados, está  desierta. Solo en la vía principal un tren de cargas con su máquina inmóvil, muy avejentada y sucia, trajina, bufa y deja escapar una nube de vapor que rompe el sosiego en la pausa del  reposo.
Despreocupados, lentamente, recorremos la formación desde el furgón de cola hacia la máquina, sin acertar el contenido de las cargas detrás de los portones en los vagones.
Finalmente el artefacto de hierro, teñido con negros sucesivos de hollines añejos,  advierte su presencia con rechifles de vapor dando vida a tanta soledad. Allí nos detenemos embobados recorriendo con la mirada cada parte de la maquinaria, al final la cabina; dentro de ella, dos ferroviarios, de overol azul manchado, charlan despreocupados y esperan no se sabe que señal para la partida. De pronto uno de ellos nos descubre:
-¡Heee… Chicos que hacen aquí!
-Viendo. -Contesta Edgardo.
-¿Qué nunca vieron una máquina?
-Sí. -Decimos acordes.
-¿Y por dentro?
-No. -Respondemos.
-¿Quieren subir?
-¡¡¡Siii!!! -Al unísono gritamos con las miradas clavadas en el ferroviario, el más gordo. Aquello es más que una sorpresa, más que un regalo, algo inimaginable: ¡Rematar en la cabina de una máquina de tren y en funcionamiento!
Subimos en un santiamén; nos ubican lejos del fogón y cerca de las leñas.
El principal y el ayudante  nos miran con atención. Nosotros –los visitantes- petrificados, mudos, inmóviles, revisamos lentamente cada parte del habitáculo ignoto.

-Cuando suene la tercera campanada partimos para León y se tienen que bajar. –Advierte el más delgado.
-Si… Si… -Contestamos a turno.
El gordo, que parece el jefe, medita un rato y nos mira… Al final corrige:
-Vamos hasta León, allí ponen la cremallera para la subida de Volcán. Los podemos llevar,  pero ustedes se tendrán que bajar antes, en Yala. ¿Quieren ir?
-¡¡¡¡BUENOOO!!!! -Invade al unisono la cabina.
-Tienen dinero para volver en el ómnibus a Jujuy.
-¡¡¡¡SIIII!!!! También al unísono mentimos los dos.

El armatoste de hierros empieza cansino su recorrido. Dentro del habitáculo se mueve todo y el chirriar de las ruedas domina el espacio. El paisaje exterior empieza a desplazarse lento. ¡Por fin vamos!... Poco a poco la vegetación cercana se dispara en trazos verdes. 
    Fue el más fantástico y “largo” viaje de  nuestras vidas. Cada segundo, cada movimiento de los manejadores: el del fogonero que desplaza la gruesa tapa de hierro  para arrojar por su garganta leños de madera dura que son  devorados por el infierno en llamas. El maquinista, sentado, imperturbable  mira hacia adelante por una ventanilla lateral, al Norte; con la mano derecha adivina la ubicación de las manijas, manivelas y palancas. El escape del vapor le pone ritmo y música a nuestra aventura. Vamos tranquilos, callados, solo ruidos endemoniados de los elementos ocupan el espacio; de pronto el pito truena antes de las barreras del paso a nivel; al rato uno de ellos saca, de un rincón inadvertido, una damajuana de vino tinto que levanta e inclinan hasta que el bebedizo ingresa a la boca en una larga bocanada,  luego pasa el envase al compañero, el de la ventanilla, y así sucesivamente. Cada tanto nos observaban. Seguíamos quietos escudriñando absolutamente todo cuanto ocurre allí, es un mundo inaudito, cautivante que sorprende, saturado de ruidos con ritmo y calor.
Finalmente el encanto se vuelve realidad, llegamos a la estación de Yala. Un interminable rechifle y ruidos de aceros frotándose. El paisaje se detiene.
Bajamos de un salto, ¡¡Exultantes, jubilosos, satisfechos!!
-¡Gracias! ¡Gracias! – fue el final radiante.
Regresamos  por la misma vía que nos condujo en la aventura más grande de la niñez -en una de las últimas máquinas a leña-. Ahora caminamos, en sentido contrario, los diez kilómetros recorridos de ida  en aquel armatoste sorprendente. Va cayendo la noche en Barrio San Martín de San Salvador de Jujuy. Década del 50.-

Mario Edgardo Palanca y Alfredo Linares.



(Mi Amigo Edgardo falleció en la Ciudad de Catamarca el martes 17 de marzo de 2020).