Barrio de Retiro




Barrio de Retiro

                      FEUDO VIOLADO

Vivía, en 1975, en el primer piso del Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de Buenos Aires, dirigido por su jefe el Dr. Juan Cruz Derqui. La actividad que se desplegaba de lunes a sábado por las mañanas era vertiginosa. El resto de las tardes, con parte de las noches, estudiábamos. Los domingos, por fin, la pausa al trajín impenitente de la semana.
Me tocó compartir la habitación con otro colega, un médico boliviano: Francisco Camacho -sobrino del legendario gremialista Juan Lechín Oquendo, Secretario General de la Central Obrera de Bolivia-.
 Pasaron dos meses durante los cuales mi compañero de habitación y colega se negó rotundamente a salir del Hospital. El motivo del auto encierro se debió a las noticias publicadas en los diarios acerca del asesinato de  psiquiatras; médicos de las nuevas corrientes contrariando a la tradicional y etiquetados de “zurdos” -un pecado mortal por aquella época-. Estas noticias horrorizaron a mi compañero médico, agravadas por su vínculo sanguíneo con su tío trotskista. Suponía que podría ser masacrado, también él, por el terrorismo desatado en Argentina. Además, influyó sobre el ánimo de mi colega el alejamiento de nuestro Hospital del equipo completo de cardiocirujanos infantiles. 
“Costó un Perú” convencer al aterrado amigo de que no corría peligro alguno el salir del hospital porque nadie, fuera del mundillo médico del Servicio, lo conocía, ni podían relacionarlo con su tío.

¡Por fin llego la “auto liberación”!

Un domingo despreocupados vamos por una zona del Barrio de Retiro. Pomposa por sus edificios y la importancia de habitantes con apellidos que provenían de la época colonial enriquecidos con el contrabando portuario. Sus descendientes estancieros, producto del generoso reparto de tierras conquistadas a partir de un decreto de 1826, el más corto de la historia. En un solo renglón rezaba: 
“Se contrata al coronel prusiano Federico Rauch para exterminar a los indios Ranqueles”.
Fdo. Bernardino Rivadavia. 
Presidente.
De aquellas circunstancias proviene la historia actual de “Macoco”. El inefable playboy que inspiró al personaje de “Isidorito Cañones”, el que acuño aquello de “tirar manteca al techo”, socio de Gabrielle Capone con quien abrió el famoso Cabaré en Nueva York: “El Morocco”. Falleció en 1981 a los 80 años, solitario, junto a los recuerdos del “Von vivant”. Había "liquidado" la estancia de sus  padres y otras dos de tías solteras.

En fin… Retiro por estos tiempos  (con sus habitantes, supuestos descendientes de la nobleza europea) se trata de una zona no animada  por  la “chusma” descendientes de las perpetuas guerras europeas, o de los “cabecitas negras” arribados del interior de la República.

Sin dinero, nos disponemos con Pancho a  regresar desde aquel barrio al hospital. Parados en la parte alta de una esquina en declive, divisamos abajo descansando para poder arremeter la curva en subida, una anciana de reverenciar, viste un conjunto de telas rellenas, con cuello y muñequeras de cueros, modelo venido de tiendas milanesas o parisinas, zapatos italianos y un sombrero de luto abrazado por tul bordado con flores que desciende hasta un poco más arriba de la nariz. La señora sostiene en la mano derecha un bastón de madera tallado, que en la parte superior luce un escudo familiar finamente rematado con empuñadura de plata repujada; con la otra mano sujeta una cadena finalizada en el collar de pedrerías que abraza el cogote de un perro caniche peluqueado, bien depilado en el torso, peluda la cabeza, los tobillos y el final de la cola, mechones prolijamente peinados.  El animal, con una de la patas trasera levantada y apoyada en el último árbol de la cuadra marca, con un chorro obsceno de orina su territorio. Terminada la micción canina, la protagonista se dispone a escalar el giro de la esquina con indisimulado esfuerzo sin perder la distinción. Echamos, con el amigo, un vistazo a la situación; nos preguntamos si debemos ayudar en el ascenso al personaje en su arrojo por superar el declive de la vereda.
La señora, resulta la fiel representante de otra época, cuando jugaban fuerte los apellidos y las herencias de amplias zonas rurales atiborradas de vacunos destinados al matadero para saciar el apetito británico. Estamos en un dilema y en silencio cuando el perro, con penetrantes ladridos anticipatorios, despierta el ambiente. Enseguida invade la solitaria calle de la mañana el bramido, in crescendo, de un motor en el desabrigo dominguero del medio día soleado en el otoño porteño. La señora arranca con esfuerzo para trepar la esquina. De repente detiene la marcha, ahora permanece estoica con la mirada dirigida al automotor que se acerca, es un Mercedes Benz último modelo. Vehículo de lujo usados por el estamento social del barrio; a todas luces de los que se importan para los más acaudalados de la burguesía y que conducen pulcros choferes uniformados con gorros de viseras que  transportan, arrellenados en el asiento de atrás, a señorones de trajes oscuros cruzados y sombreros negros; de mirada distantes van apoltronados, apoyan el mentón en las manos con los dedos entrecruzadas sobre la curva del bastón.
Pero el Mercedes que emergió de repente ante nuestras vistas, no responde a los cánones de aquel reducto urbano exclusivo. Conduce el rodado alemán, de color gris claro con patente todavía de concesionario, un cuarentón con barba de fin de semana, pelos de la cabeza desordenados, un gorro tipo yóquey, musculosa transpirada decorada en el pecho con el rostro del Che Guevara, cadena al cuello y reloj dorados. A su lado una mujer achaparrada y joven, porta en su regazo un infante de no más de un año, otro niño parado a su lado va mirando hacia adelante; la parte posterior del automóvil luce una muchedumbre movediza compuesta por adultos y niños bullangueros, uno de ellos, con medio cuerpo afuera de la ventanilla mueve los brazos con energía como si dirigiera una imaginaria orquesta que deslizándose por la vereda lo acompaña. Un cuadro desopilante y atrevido, ajeno totalmente a la biósfera prolija, callada, discreta, pulcra y linajuda del entorno del barrio.
La señora del caniche gira, con pequeños pasos, para seguir con la mirada puntualmente el decurso del vehículo y sus festivos habitantes. No disimula un gesto de contrariedad, pero permanece estoica y en grave silencio. El animalito continúa ladrando y con sus ojos persigue el recorrido del auto importado como queriendo, con sus ladridos, ahuyentar un raro e irracional suceso.
Concluido el decurso del rodado al esfumarse en un giro y apagarse en la distancia el fandango, la Señora, bien plantada, vuelve la mirada hacia nosotros, permanece callada imponiendo solemnidad al momento… El perrito deja de ladrar, mira a su dueña y mueve la cola con prisa. El silencio se apodera de la zona. Necesariamente nuestras miradas interrogan.
Finalmente, con pausa pero con firmeza, siempre mirándonos sin rodeos y en tono expiatorio, declara  solemne en cuatro palabras su apotegma: “¡¡Peronista tenía que ser!!...”

(Mi compañero boliviano me mira y pregunta: “¿Qué quiso decir la señora?”…)



La Tortura



PARADIGMA
La  Tortura
1978

Como todos los días, un viernes a la cuatro de la tarde, llego a mi consultorio de la calle Belgrano 275 de la ciudad de Jujuy, a fines de 1982.  En la sala de espera aguardan tres personas.
--Buenas tardes.
--Buenas tarde. -A coro responden los tres.
Ingreso a mi despacho. Acomodo en el escritorio y en la mesita auxiliar lo necesario para el arduo trabajo que me espera.
Se abre la puerta, es la secretaria que trae el listado de los pacientes del día, en segundo lugar, figura un masculino de cuarenta años.
Termina la primera consulta. Nuevamente la secretaria abre la puerta entra y la cierra, me acerca una tarjeta clínica con apellido y nombre, sin otra anotación.
-Es por primera vez, doctor.
-Que pase. -Sale y lo llama por el nombre.
-Adelante señor. -Invita la secretaria.
-Buenas tardes. Tome asiento. -Le indico.
-Gracias.
-Por favor, necesito que me de otros datos para completar su ficha, -le solicito.
Levanto la mirada y veo una persona de traza más joven que la edad consignada en la tarjeta: 40 años. De estatura alta, delgado, erguido, prolijamente vestido. La primera impresión es la de una persona disímil, me recuerda a un daguerrotipo de un pariente remoto por el porte disciplinado, salvada, claro está, la distancia del tiempo; no advierto el porqué de esta primera impresión.
Pasan unos instantes en silencio con las miradas apostadas el  uno al otro. Siento intuitivamente que hay algo fuera de la rutina… Por fin le pregunto:
-¿Tiene algún otro problemas de salud, previo a la consulta de ahora?
Pasan algunos segundos, y se anima:
-¿Se refiere a si tuve o tengo otra enfermedad?
-Exactamente.
Nuevo silencio… Titubea la contestación.
-No... No… Precisamente de salud no... -Responde confuso. Resulta insuficiente la respuesta, pero decido avanzar. Esbozo una sonrisa para animarlo.
-Que es lo que lo trae por aquí. -Trato de moderar el clima algo tenso, cortante.
-Tengo un problema en la parte lumbar -y señala la zona.
-Ajá… Que síntomas siente.
-Dolor, doctor.
Y continúa el interrogatorio siempre con respuestas afiladas, algo imprecisas; cuestión que me incomoda, hay una barrera infranqueable, difícil, que debo vencer.
-Por favor desprenda el cinto y acuéstese en la camilla. -El examen físico se prolonga reiterando maniobras en busca de síntomas; no hay signos que aclaren el referido dolor en la columna lumbar. Nuevo interrogatorio en búsqueda de alguna respuesta escondida que oriente hacia una patología. Le pido que se siente. Trabajo otras maniobras en búsqueda de algo, también resulta imposible… Me retiro al escritorio fracasado. Recluido en mis pensamientos, medito un rato.
-Por favor, puede vestirse señor. Debo confesarle que no encuentro una razón al dolor que me refiere. Necesito, para poder aclarar su problema y llegar a un diagnóstico, que se haga algunos estudios.
-Sí doctor. Lo que ordene.
-Se deben practicar radiografías, análisis de sangre y orina, -remato.
Escribo pausado en el recetario los estudios complementarios y firmo los pedidos.
Levanto la mirada y aparece ante mí, como si de otra persona se tratase, un personaje manifiestamente inquieto que mira hacia la pared y da pequeños pasos hacia adelante, luego regresa a la posición anterior. Por fin arrima la silla al escritorio y se sienta. Las manos crispadas, los dedos se entrecruzan, algo importante quiere manifestar. (En ese momento pasó por mi memoria un operario de Altos Hornos Zapla que fue a la consulta y que al momento de expresar alguna dolencia me confesó que iba por otro motivo, se trataba de un conflicto sexual con su esposa y que pude resolver dentro de los limitados conocimientos de sexología que tenía, lejos de mi especialidad, la traumatología. Al momento de retirarse, le hice reintegrar lo abonado por lo que fue: simplemente un consejo. Con el tiempo recordando lo acontecido y ya con más conocimientos en el tema, me tranquilizó el hecho de no haberme equivocado).
¿Aquello era una repetición de lo acontecido con el operador de Zapla?

Por fin, rompiendo el tenso silencio me dice:
-Quiero… Quiero… Contarle algo más, doctor... No tiene que ver con la consulta.
Silencio…
El desconcierto anima mi preocupación.
Levanto la mirada y descubro, trasmutado, otro mundo. Repentinamente cambia el clima tenso que invadía el ambiente. Siento, ahora, su mirada con un dejo de tristeza. Se va rompiendo el hielo. El joven casi marcial se trasmuta en el más humano que busca revelar algo que lo atormenta, vomitar algo que lo angustia, poder expresar, confesarse con alguien y que le procure alivio. ¿Soy yo el elegido para semejante cometido?

-Sí… De que se trata.
-Soy militar. Capitán de Inteligencia.
Nuevamente el silencio se apodera del consultorio. Espero unos instantes y mirándolo decreto:
-Continúe.
-Bueno… Le cuento… -Ahora más tranquilo y relajado. Prosigue-, Pertenezco a la Sección de Inteligencia Jujuy con responsabilidad en la Primera y Segunda Región de Chile. Cuando se desencadenó el conflicto con el país vecino, hacen cuatro años, a un compañero, también de inteligencia, y a mí, nos mandaron de civil en forma encubierta para la reunión de información, teníamos que recabar datos del Orden de Batalla del Ejercito y Carabineros en la zona de responsabilidad, del ambiente geográfico de la región, informar de algunas posiciones y desplazamientos de las Unidades de combate, en especial del Regimiento Blindado 14 Rancagua por ser considerado núcleo de Brigada y dotado de los misteriosos tanques alemanes "Leopard". El 19 de septiembre presenciábamos la parada militar chilena en el Parque O´Higgins, era el Día de Las Glorias de las Fuerzas Armadas Chilenas. ¡Eramos dos clandestinos! 
Calla unos segundos, me mira escudriñando. Necesita un empujoncito para proseguir.
-Continúe, por favor. ¡A ver si puedo ayudarlo!
-Bueno. En definitiva… Nos descubrieron, fuimos apresados y torturados. Fue muy difícil…
-¡¡Ufaaaa!! ¡¡Torturados!! ¡¿Que les hicieron?¡

-Mire doctor. -Abre la boca. En la parte media de la lengua aparece un corte transversal profundo, ya cicatrizado que discurre de lado a lado.

La lengua es el órgano más móvil del organismo, con una gran sensibilidad al dolor, muy irrigado, luego muy sangrante; es por donde bebemos, comemos, respiramos, arrojamos, saboreamos, tosemos, hablamos para comunicarnos y de lenta cicatrización, está en contacto con el exterior, en consecuencia, con gérmenes del medio ambiente. ¿Cuánto tiempo sangró? ¿Cómo haría para alimentarse, beber, hablar, dormir? ¿En cuánto tiempo curó?

-¡No puedo imaginar semejante demencia!
-SÍ... Estuvimos, además, desaparecidos durante tres años. -Concluye.

Aquel militar es uno de nuestros héroes anónimos que hicieron lo imposible por la Patria. Este debe ser, seguramente, el primer homenaje al valor y patriotismo del ahora ignoto oficial en retiro. Carga el estigma de la maldad provocada en Chile; el mismo país que se vendió a los ingleses en la guerra de Malvinas. Lleva en su alma el deber cumplido.

Ahora sé dónde vive.

¡Quisiera abrazarlo…!

A.L.

Alberti

“Abandoné la cueva
cargado de ángeles,
que abandone a la luz.”
 Rafael Alberti
        ____________

Parafraseando:

Abandono la cueva
cargando los sueños,
que abandoné otras veces. 

A.L
.

Mamoré

   

 Mamoré

Los pájaros noctámbulos, la trova de los grillos
y el reclamo de cigarras trepadas al nogal
conforman el concierto de esa noche,
que se confunden con el croar de los sapos.

Las tinieblas abrigan la carretera solitaria.

Los arroceros cortaron la ruta esa noche,
reclaman mejores precios a sus esfuerzos.
En rumbo solitario, bajamos del transporte 
para remolcar, ruidosas, las maletas invisibles
que marchan rodando sobre sus ruedas.

Aletean  sobre nosotros las aves nocturnas.

La autopista se bifurca y nuestra intuición fallida:
volvemos sobre los pasos en brusca incertidumbre.
Avanzamos en las sombras buscando la otra “flota”.
¿Anticipo de nuestra meta, por lo prodigioso?

Ya en camino se despiertan el dìa y amanecen:
el Pueblo, su Río y la Reina de Ennin, acunándose.
Y el guía, y la cocinera, y la lancha selvática a motor.
El perfume de las frutas satura la intuición.

Camarotes y sus inquilinos, en cada uno, uno.

En la lancha, la rolliza francesa en proa eleva la popa.
El barquero va perdido en la maraña de la selva inundada
buscando desconcertado una salida cerca de la noche.
A otro barquero desorientado lo remolcamos hasta el río.

Con el vetusto catamaràn, en marcha lenta, vamos
al encuentro del Mamoré; bajamos calmos por el Ibare.
El afluente derrama su tesoro en el gran río encabritado.
Lo vimos majestuoso con su furia penetrar la jungla viva.
La Reina de Enin no pudo; desanduvo para volver a  su concierto.

Otra noche: la de los peces voladores que salen de la marisma
como flechas veloces entre el agua, la oscuridad y sus estrellas.
Son trazos Iluminados por la luna que refleja el espejo del lago;
fantasmales cabriolas en el aire con un marco de floresta oscura.

Con la luz del día, camalotes ambulantes discrepan en la corriente:
con verdes plantas, el marrón del Ibare, o el azul del Mamoré:
van navegando impertérritos, mientras nos bañamos en su corriente,
a salvo adentro de la cesta (tejida con piolas) venida de un mástil.

Agua bendita moja nuestras pieles, como al pescado  sus escamas,
y nos invita a quedarnos y saltar y sumergirnos como peonzas
con días de sol y noches de luna  en el agua pura de los bosques.
Al final, el perfume de la cena con las frutas venida de esos árboles.

Los peces se marchan en la crecida; solo pirañas para la cena.

  
 La memoria inquebrantable, en estilo adolescente,
va danzando como hechizos y se hunde en el repaso.
(Es poner rumbo  en nuestras mentes, antes vírgenes,
como los habitantes del río en los meandros y su torrente),


Y ahora… Mònica.

¿Podrías poner el nombre del árbol de las hormigas?
¿O los otros de donde saltan los monos del río?
¿O de los remansos con los ojos de linterna
de caimanes nautas nocturnos y huidizos?

¿Podrías poner tu santo y seña único
de aquel mundo de cauces desbordados,
canoas desfilando acompañadas de delfines,
serpientes navegantes, pájaros pescadores,
loros charlatanes confundidos en el follaje,
o simios fantasmales que aúllan por las noches?

(Todo custodiado por colosales arboledas espesas).

¿Podrías crear -de aquel mundo osado- un santo y seña?
Solo tu santo y seña íntimo e indescifrable
con el numero de aquel año, compañero del nombre elegido
debajo de tu alias con el @ punto com del espacio virtual.
¿Lograrías mandarme esto último para comunicarnos?
¡¡Podrás!!

Conserva la amistad impecable y única,
inviolable; solo nuestra en signos inmemoriales,
entre sombras y luces, entre el agua y la hojarasca.
Aunque no lo crea ni la misma selva, ahora nuestra.
¡¡Siempre nuestra!!

Por ejemplo, lograrías poner sin censuras:
2015-tangarana -"el palo del diablo"-:
nombre del árbol y sus hormigas protectoras,
que si te acercas saltan agresivas,
y que lo vimos simplemente tú y yo.

¿Recuerdas el atracadero sin barcazas en la rivera infinita?
¿Y al viejo cuidador del pueblo en la selva inundada,
enlodado, olvidado, que recogimos solitario y pobre;
 el que incorporamos en el trayecto? 

Bajó apurado y pensativo en "Puerto Almacén".
Con el dinero que le dimos ira a Trinidad.
Allí preguntara en el hospital:
quiere averiguar si su hermano ha muerto.



Máquina de tren a leña

La última máquina de tren a leña.

La siesta se hacía insoportable, el sol arde en la tarde jujeña.
Una llamada en el teléfono metálico negro en el paragüero del pasillo central de la vieja casona.
- Holaa.…
-¿Edgardo?
-Sí
-Alfredo. 
-¿Que tenés que hacer?
-Yo, nada.
-Bueno, salgamos a dar una vuelta.
-Claro… Pasá por mi casa.
Es el inicio de una aventura no creíble, gravada a leña y fuego; casi al final de la niñez.
Por la calle Lavalle, hacia el norte, caminamos rumbo a la avenida del Río Grande: Cansinos, despreocupados, intemporales en el verano tórrido.
Con rumbo incierto bajamos la escalera que conduce al andén de la Estación de Ferrocarril (otro icono de la modernidad); ausente de pasajeros y empleados, está  desierta. Solo en la vía principal un tren de cargas con su máquina inmóvil, muy avejentada y sucia, trajina, bufa y deja escapar una nube de vapor que rompe el sosiego en la pausa del  reposo.
Despreocupados, lentamente, recorremos la formación desde el furgón de cola hacia la máquina, sin acertar el contenido de las cargas detrás de los portones en los vagones.
Finalmente el artefacto de hierro, teñido con negros sucesivos de hollines añejos,  advierte su presencia con rechifles de vapor dando vida a tanta soledad. Allí nos detenemos embobados recorriendo con la mirada cada parte de la maquinaria, al final la cabina; dentro de ella, dos ferroviarios, de overol azul manchado, charlan despreocupados y esperan no se sabe que señal para la partida. De pronto uno de ellos nos descubre:
-¡Heee… Chicos que hacen aquí!
-Viendo. -Contesta Edgardo.
-¿Qué nunca vieron una máquina?
-Sí. -Decimos acordes.
-¿Y por dentro?
-No. -Respondemos.
-¿Quieren subir?
-¡¡¡Siii!!! -Al unísono gritamos con las miradas clavadas en el ferroviario, el más gordo. Aquello es más que una sorpresa, más que un regalo, algo inimaginable: ¡Rematar en la cabina de una máquina de tren y en funcionamiento!
Subimos en un santiamén; nos ubican lejos del fogón y cerca de las leñas.
El principal y el ayudante  nos miran con atención. Nosotros –los visitantes- petrificados, mudos, inmóviles, revisamos lentamente cada parte del habitáculo ignoto.

-Cuando suene la tercera campanada partimos para León y se tienen que bajar. –Advierte el más delgado.
-Si… Si… -Contestamos a turno.
El gordo, que parece el jefe, medita un rato y nos mira… Al final corrige:
-Vamos hasta León, allí ponen la cremallera para la subida de Volcán. Los podemos llevar,  pero ustedes se tendrán que bajar antes, en Yala. ¿Quieren ir?
-¡¡¡¡BUENOOO!!!! -Invade al unisono la cabina.
-Tienen dinero para volver en el ómnibus a Jujuy.
-¡¡¡¡SIIII!!!! También al unísono mentimos los dos.

El armatoste de hierros empieza cansino su recorrido. Dentro del habitáculo se mueve todo y el chirriar de las ruedas domina el espacio. El paisaje exterior empieza a desplazarse lento. ¡Por fin vamos!... Poco a poco la vegetación cercana se dispara en trazos verdes. 
    Fue el más fantástico y “largo” viaje de  nuestras vidas. Cada segundo, cada movimiento de los manejadores: el del fogonero que desplaza la gruesa tapa de hierro  para arrojar por su garganta leños de madera dura que son  devorados por el infierno en llamas. El maquinista, sentado, imperturbable  mira hacia adelante por una ventanilla lateral, al Norte; con la mano derecha adivina la ubicación de las manijas, manivelas y palancas. El escape del vapor le pone ritmo y música a nuestra aventura. Vamos tranquilos, callados, solo ruidos endemoniados de los elementos ocupan el espacio; de pronto el pito truena antes de las barreras del paso a nivel; al rato uno de ellos saca, de un rincón inadvertido, una damajuana de vino tinto que levanta e inclinan hasta que el bebedizo ingresa a la boca en una larga bocanada,  luego pasa el envase al compañero, el de la ventanilla, y así sucesivamente. Cada tanto nos observaban. Seguíamos quietos escudriñando absolutamente todo cuanto ocurre allí, es un mundo inaudito, cautivante que sorprende, saturado de ruidos con ritmo y calor.
Finalmente el encanto se vuelve realidad, llegamos a la estación de Yala. Un interminable rechifle y ruidos de aceros frotándose. El paisaje se detiene.
Bajamos de un salto, ¡¡Exultantes, jubilosos, satisfechos!!
-¡Gracias! ¡Gracias! – fue el final radiante.
Regresamos  por la misma vía que nos condujo en la aventura más grande de la niñez -en una de las últimas máquinas a leña-. Ahora caminamos, en sentido contrario, los diez kilómetros recorridos de ida  en aquel armatoste sorprendente. Va cayendo la noche en Barrio San Martín de San Salvador de Jujuy. Década del 50.-

Mario Edgardo Palanca y Alfredo Linares.



(Mi Amigo Edgardo falleció en la Ciudad de Catamarca el martes 17 de marzo de 2020).

Croatas en el Convento.




Croacia y el Vaticano


Como todos los domingos, posiblemente en 1947 o 1948, asisto a la misa dominical de las diez y media de la Iglesia San Francisco de San Salvador de Jujuy; la oficia el padre Enrique, un italiano de sermones breves y ceremonias veloces.      
Llaman la atención de los habituales feligreses dos frailes parados en el pasillo izquierdo de la nave central: visten sotanas marrones,   sandalias,  cordones en las cinturas, capuchas volcadas a  las espaldas y tonsuras coronan las cabezas. Siguen atentos, con la mirada, el rito. Sus figuras se corresponden a los habitantes del este europeo: algo regordete uno de ellos pero ambos altos, blancos níveos, de pelos negros y gestos adustos.
Luego de la misa dominical, ya en la casa y al momento del almuerzo tardío como siempre,  nos visita el tío Ismael. (Su hermano Severo Carrillo es el síndico de la comunidad de frailes).

-Ismael, vi en la iglesia de San Francisco a dos religiosos franciscanos parados. No celebran misa, tampoco  confiesan; permanecen en la mitad de la iglesia, callados, muy serios, imperturbables, no hablan con nadie. Los saludé y me miraron sin contestar. ¿Sabes algo de ellos? -Interroga mi padre.
-Sí. Algo escuché.
-Los chicos me cuentan que nunca los vieron en la calle.
-Son dos curas croatas que  llegaron hace poco. No sé nada más de ellos.
La conversación cambia de rumbo...

Como muchas otras veces, al anochecer, aparece en nuestra casa el Hermano José; un ecuatoriano grandote y locuaz, histórico integrante de la comunidad conventual de Jujuy. Es esta la oportunidad para indagar  a propósito de los misteriosos frailes.
-Hermano José, hace unos meses que vemos durante las misas a dos sacerdotes parados en el pasillo de la izquierda; asisten al oficio pero no participan en nada. 
 -¡Ah!… Sí doctor. Son sacerdotes franciscanos croatas que vinieron de Italia. Me explicaron que tuvieron que salir  después de la guerra por que los rusos no los querían.  ¡Los salvó el Vaticano!
-No los vemos participar de ningún culto, tampoco dan misa, no confiesan, ni rezan; están siempre  juntos, sin hablar.
 -Sí... Lo que escuché es que todavía no ha llegado la autorización de la Santa Sede para que puedan ejercer plenamente como sacerdotes. Tampoco saben el español, solamente croata y alemán. Estamos esperando…
-No entiendo…
-A mi también me parece algo raro todo esto; nunca ocurrió que tengamos que esperar ese permiso de Italia. El padre Enrique me  dijo que no eran sacerdotes.
-¿Cómo?
-Bueno…Yo tampoco lo entiendo.
-Y el padre Josè Buttinelli, como guardián, ¿qué dice?
-¡No nos explica nada!
-¿Y el padre Enrique?
-Sí. Él sabe… Me dijo algo así como que que no podían seguir en Croacia a la llegada de los rusos, porque estaban del lado de Alemania en la guerra y el tema de unos campamentos con presos gitanos y judíos.
-¡Ah... Si! El padre Enrique sacò del cajòn del escritorio, en la dirección de la escuela, unas fotos de la guerra. –Interviene el mayor de los hijos-. En una de esas se veía a Mussolini muerto y colgado patas para arriba…
-¡¡Ufff...!!
…

Un día, al poco tiempo, aquellos dos personajes desaparecieron sin dejar rastros. Nunca ejercieron como sacerdotes, ni los vimos hablar con nadie. Todo un enigma. Nos enteramos, después, que se fueron en tren a Bolivia. Serían dos de los 7.250 croatas que ingresaron al país luego de finalizada la guerra.

Muchas décadas màs tarde -en octubre de 1998- con motivo de la beatificación en Marija Bistica de un cardenal croata,  me  vino al recuerdo, en una de las fotografías, las figuras de aquellos enigmáticos personajes: sin tonsura, ahora vestido de civil y con  duro gesto militar.

(La historia nos cuenta de los campos de la muerte en aquel país y de la lucha religiosa, durante la Segunda Guerra Mundial).