La Tortura



PARADIGMA
La  Tortura
1978

Como todos los días, un viernes a la cuatro de la tarde, llego a mi consultorio de la calle Belgrano 275 de la ciudad de Jujuy, a fines de 1982.  En la sala de espera aguardan tres personas.
--Buenas tardes.
--Buenas tarde. -A coro responden los tres.
Ingreso a mi despacho. Acomodo en el escritorio y en la mesita auxiliar lo necesario para el arduo trabajo que me espera.
Se abre la puerta, es la secretaria que trae el listado de los pacientes del día, en segundo lugar, figura un masculino de cuarenta años.
Termina la primera consulta. Nuevamente la secretaria abre la puerta entra y la cierra, me acerca una tarjeta clínica con apellido y nombre, sin otra anotación.
-Es por primera vez, doctor.
-Que pase. -Sale y lo llama por el nombre.
-Adelante señor. -Invita la secretaria.
-Buenas tardes. Tome asiento. -Le indico.
-Gracias.
-Por favor, necesito que me de otros datos para completar su ficha, -le solicito.
Levanto la mirada y veo una persona de traza más joven que la edad consignada en la tarjeta: 40 años. De estatura alta, delgado, erguido, prolijamente vestido. La primera impresión es la de una persona disímil, me recuerda a un daguerrotipo de un pariente remoto por el porte disciplinado, salvada, claro está, la distancia del tiempo; no advierto el porqué de esta primera impresión.
Pasan unos instantes en silencio con las miradas apostadas el  uno al otro. Siento intuitivamente que hay algo fuera de la rutina… Por fin le pregunto:
-¿Tiene algún otro problemas de salud, previo a la consulta de ahora?
Pasan algunos segundos, y se anima:
-¿Se refiere a si tuve o tengo otra enfermedad?
-Exactamente.
Nuevo silencio… Titubea la contestación.
-No... No… Precisamente de salud no... -Responde confuso. Resulta insuficiente la respuesta, pero decido avanzar. Esbozo una sonrisa para animarlo.
-Que es lo que lo trae por aquí. -Trato de moderar el clima algo tenso, cortante.
-Tengo un problema en la parte lumbar -y señala la zona.
-Ajá… Que síntomas siente.
-Dolor, doctor.
Y continúa el interrogatorio siempre con respuestas afiladas, algo imprecisas; cuestión que me incomoda, hay una barrera infranqueable, difícil, que debo vencer.
-Por favor desprenda el cinto y acuéstese en la camilla. -El examen físico se prolonga reiterando maniobras en busca de síntomas; no hay signos que aclaren el referido dolor en la columna lumbar. Nuevo interrogatorio en búsqueda de alguna respuesta escondida que oriente hacia una patología. Le pido que se siente. Trabajo otras maniobras en búsqueda de algo, también resulta imposible… Me retiro al escritorio fracasado. Recluido en mis pensamientos, medito un rato.
-Por favor, puede vestirse señor. Debo confesarle que no encuentro una razón al dolor que me refiere. Necesito, para poder aclarar su problema y llegar a un diagnóstico, que se haga algunos estudios.
-Sí doctor. Lo que ordene.
-Se deben practicar radiografías, análisis de sangre y orina, -remato.
Escribo pausado en el recetario los estudios complementarios y firmo los pedidos.
Levanto la mirada y aparece ante mí, como si de otra persona se tratase, un personaje manifiestamente inquieto que mira hacia la pared y da pequeños pasos hacia adelante, luego regresa a la posición anterior. Por fin arrima la silla al escritorio y se sienta. Las manos crispadas, los dedos se entrecruzan, algo importante quiere manifestar. (En ese momento pasó por mi memoria un operario de Altos Hornos Zapla que fue a la consulta y que al momento de expresar alguna dolencia me confesó que iba por otro motivo, se trataba de un conflicto sexual con su esposa y que pude resolver dentro de los limitados conocimientos de sexología que tenía, lejos de mi especialidad, la traumatología. Al momento de retirarse, le hice reintegrar lo abonado por lo que fue: simplemente un consejo. Con el tiempo recordando lo acontecido y ya con más conocimientos en el tema, me tranquilizó el hecho de no haberme equivocado).
¿Aquello era una repetición de lo acontecido con el operador de Zapla?

Por fin, rompiendo el tenso silencio me dice:
-Quiero… Quiero… Contarle algo más, doctor... No tiene que ver con la consulta.
Silencio…
El desconcierto anima mi preocupación.
Levanto la mirada y descubro, trasmutado, otro mundo. Repentinamente cambia el clima tenso que invadía el ambiente. Siento, ahora, su mirada con un dejo de tristeza. Se va rompiendo el hielo. El joven casi marcial se trasmuta en el más humano que busca revelar algo que lo atormenta, vomitar algo que lo angustia, poder expresar, confesarse con alguien y que le procure alivio. ¿Soy yo el elegido para semejante cometido?

-Sí… De que se trata.
-Soy militar. Capitán de Inteligencia.
Nuevamente el silencio se apodera del consultorio. Espero unos instantes y mirándolo decreto:
-Continúe.
-Bueno… Le cuento… -Ahora más tranquilo y relajado. Prosigue-, Pertenezco a la Sección de Inteligencia Jujuy con responsabilidad en la Primera y Segunda Región de Chile. Cuando se desencadenó el conflicto con el país vecino, hacen cuatro años, a un compañero, también de inteligencia, y a mí, nos mandaron de civil en forma encubierta para la reunión de información, teníamos que recabar datos del Orden de Batalla del Ejercito y Carabineros en la zona de responsabilidad, del ambiente geográfico de la región, informar de algunas posiciones y desplazamientos de las Unidades de combate, en especial del Regimiento Blindado 14 Rancagua por ser considerado núcleo de Brigada y dotado de los misteriosos tanques alemanes "Leopard". El 19 de septiembre presenciábamos la parada militar chilena en el Parque O´Higgins, era el Día de Las Glorias de las Fuerzas Armadas Chilenas. ¡Eramos dos clandestinos! 
Calla unos segundos, me mira escudriñando. Necesita un empujoncito para proseguir.
-Continúe, por favor. ¡A ver si puedo ayudarlo!
-Bueno. En definitiva… Nos descubrieron, fuimos apresados y torturados. Fue muy difícil…
-¡¡Ufaaaa!! ¡¡Torturados!! ¡¿Que les hicieron?¡

-Mire doctor. -Abre la boca. En la parte media de la lengua aparece un corte transversal profundo, ya cicatrizado que discurre de lado a lado.

La lengua es el órgano más móvil del organismo, con una gran sensibilidad al dolor, muy irrigado, luego muy sangrante; es por donde bebemos, comemos, respiramos, arrojamos, saboreamos, tosemos, hablamos para comunicarnos y de lenta cicatrización, está en contacto con el exterior, en consecuencia, con gérmenes del medio ambiente. ¿Cuánto tiempo sangró? ¿Cómo haría para alimentarse, beber, hablar, dormir? ¿En cuánto tiempo curó?

-¡No puedo imaginar semejante demencia!
-SÍ... Estuvimos, además, desaparecidos durante tres años. -Concluye.

Aquel militar es uno de nuestros héroes anónimos que hicieron lo imposible por la Patria. Este debe ser, seguramente, el primer homenaje al valor y patriotismo del ahora ignoto oficial en retiro. Carga el estigma de la maldad provocada en Chile; el mismo país que se vendió a los ingleses en la guerra de Malvinas. Lleva en su alma el deber cumplido.

Ahora sé dónde vive.

¡Quisiera abrazarlo…!

A.L.

Alberti

“Abandoné la cueva
cargado de ángeles,
que abandone a la luz.”
 Rafael Alberti
        ____________

Parafraseando:

Abandono la cueva
cargando los sueños,
que abandoné otras veces. 

A.L
.

Mamoré

   

 Mamoré

Los pájaros noctámbulos, la trova de los grillos
y el reclamo de cigarras trepadas al nogal
conforman el concierto de esa noche,
que se confunden con el croar de los sapos.

Las tinieblas abrigan la carretera solitaria.

Los arroceros cortaron la ruta esa noche,
reclaman mejores precios a sus esfuerzos.
En rumbo solitario, bajamos del transporte 
para remolcar, ruidosas, las maletas invisibles
que marchan rodando sobre sus ruedas.

Aletean  sobre nosotros las aves nocturnas.

La autopista se bifurca y nuestra intuición fallida:
volvemos sobre los pasos en brusca incertidumbre.
Avanzamos en las sombras buscando la otra “flota”.
¿Anticipo de nuestra meta, por lo prodigioso?

Ya en camino se despiertan el dìa y amanecen:
el Pueblo, su Río y la Reina de Ennin, acunándose.
Y el guía, y la cocinera, y la lancha selvática a motor.
El perfume de las frutas satura la intuición.

Camarotes y sus inquilinos, en cada uno, uno.

En la lancha, la rolliza francesa en proa eleva la popa.
El barquero va perdido en la maraña de la selva inundada
buscando desconcertado una salida cerca de la noche.
A otro barquero desorientado lo remolcamos hasta el río.

Con el vetusto catamaràn, en marcha lenta, vamos
al encuentro del Mamoré; bajamos calmos por el Ibare.
El afluente derrama su tesoro en el gran río encabritado.
Lo vimos majestuoso con su furia penetrar la jungla viva.
La Reina de Enin no pudo; desanduvo para volver a  su concierto.

Otra noche: la de los peces voladores que salen de la marisma
como flechas veloces entre el agua, la oscuridad y sus estrellas.
Son trazos Iluminados por la luna que refleja el espejo del lago;
fantasmales cabriolas en el aire con un marco de floresta oscura.

Con la luz del día, camalotes ambulantes discrepan en la corriente:
con verdes plantas, el marrón del Ibare, o el azul del Mamoré:
van navegando impertérritos, mientras nos bañamos en su corriente,
a salvo adentro de la cesta (tejida con piolas) venida de un mástil.

Agua bendita moja nuestras pieles, como al pescado  sus escamas,
y nos invita a quedarnos y saltar y sumergirnos como peonzas
con días de sol y noches de luna  en el agua pura de los bosques.
Al final, el perfume de la cena con las frutas venida de esos árboles.

Los peces se marchan en la crecida; solo pirañas para la cena.

  
 La memoria inquebrantable, en estilo adolescente,
va danzando como hechizos y se hunde en el repaso.
(Es poner rumbo  en nuestras mentes, antes vírgenes,
como los habitantes del río en los meandros y su torrente),


Y ahora… Mònica.

¿Podrías poner el nombre del árbol de las hormigas?
¿O los otros de donde saltan los monos del río?
¿O de los remansos con los ojos de linterna
de caimanes nautas nocturnos y huidizos?

¿Podrías poner tu santo y seña único
de aquel mundo de cauces desbordados,
canoas desfilando acompañadas de delfines,
serpientes navegantes, pájaros pescadores,
loros charlatanes confundidos en el follaje,
o simios fantasmales que aúllan por las noches?

(Todo custodiado por colosales arboledas espesas).

¿Podrías crear -de aquel mundo osado- un santo y seña?
Solo tu santo y seña íntimo e indescifrable
con el numero de aquel año, compañero del nombre elegido
debajo de tu alias con el @ punto com del espacio virtual.
¿Lograrías mandarme esto último para comunicarnos?
¡¡Podrás!!

Conserva la amistad impecable y única,
inviolable; solo nuestra en signos inmemoriales,
entre sombras y luces, entre el agua y la hojarasca.
Aunque no lo crea ni la misma selva, ahora nuestra.
¡¡Siempre nuestra!!

Por ejemplo, lograrías poner sin censuras:
2015-tangarana -"el palo del diablo"-:
nombre del árbol y sus hormigas protectoras,
que si te acercas saltan agresivas,
y que lo vimos simplemente tú y yo.

¿Recuerdas el atracadero sin barcazas en la rivera infinita?
¿Y al viejo cuidador del pueblo en la selva inundada,
enlodado, olvidado, que recogimos solitario y pobre;
 el que incorporamos en el trayecto? 

Bajó apurado y pensativo en "Puerto Almacén".
Con el dinero que le dimos ira a Trinidad.
Allí preguntara en el hospital:
quiere averiguar si su hermano ha muerto.



Máquina de tren a leña

La última máquina de tren a leña.

La siesta se hacía insoportable, el sol arde en la tarde jujeña.
Una llamada en el teléfono metálico negro en el paragüero del pasillo central de la vieja casona.
- Holaa.…
-¿Edgardo?
-Sí
-Alfredo. 
-¿Que tenés que hacer?
-Yo, nada.
-Bueno, salgamos a dar una vuelta.
-Claro… Pasá por mi casa.
Es el inicio de una aventura no creíble, gravada a leña y fuego; casi al final de la niñez.
Por la calle Lavalle, hacia el norte, caminamos rumbo a la avenida del Río Grande: Cansinos, despreocupados, intemporales en el verano tórrido.
Con rumbo incierto bajamos la escalera que conduce al andén de la Estación de Ferrocarril (otro icono de la modernidad); ausente de pasajeros y empleados, está  desierta. Solo en la vía principal un tren de cargas con su máquina inmóvil, muy avejentada y sucia, trajina, bufa y deja escapar una nube de vapor que rompe el sosiego en la pausa del  reposo.
Despreocupados, lentamente, recorremos la formación desde el furgón de cola hacia la máquina, sin acertar el contenido de las cargas detrás de los portones en los vagones.
Finalmente el artefacto de hierro, teñido con negros sucesivos de hollines añejos,  advierte su presencia con rechifles de vapor dando vida a tanta soledad. Allí nos detenemos embobados recorriendo con la mirada cada parte de la maquinaria, al final la cabina; dentro de ella, dos ferroviarios, de overol azul manchado, charlan despreocupados y esperan no se sabe que señal para la partida. De pronto uno de ellos nos descubre:
-¡Heee… Chicos que hacen aquí!
-Viendo. -Contesta Edgardo.
-¿Qué nunca vieron una máquina?
-Sí. -Decimos acordes.
-¿Y por dentro?
-No. -Respondemos.
-¿Quieren subir?
-¡¡¡Siii!!! -Al unísono gritamos con las miradas clavadas en el ferroviario, el más gordo. Aquello es más que una sorpresa, más que un regalo, algo inimaginable: ¡Rematar en la cabina de una máquina de tren y en funcionamiento!
Subimos en un santiamén; nos ubican lejos del fogón y cerca de las leñas.
El principal y el ayudante  nos miran con atención. Nosotros –los visitantes- petrificados, mudos, inmóviles, revisamos lentamente cada parte del habitáculo ignoto.

-Cuando suene la tercera campanada partimos para León y se tienen que bajar. –Advierte el más delgado.
-Si… Si… -Contestamos a turno.
El gordo, que parece el jefe, medita un rato y nos mira… Al final corrige:
-Vamos hasta León, allí ponen la cremallera para la subida de Volcán. Los podemos llevar,  pero ustedes se tendrán que bajar antes, en Yala. ¿Quieren ir?
-¡¡¡¡BUENOOO!!!! -Invade al unisono la cabina.
-Tienen dinero para volver en el ómnibus a Jujuy.
-¡¡¡¡SIIII!!!! También al unísono mentimos los dos.

El armatoste de hierros empieza cansino su recorrido. Dentro del habitáculo se mueve todo y el chirriar de las ruedas domina el espacio. El paisaje exterior empieza a desplazarse lento. ¡Por fin vamos!... Poco a poco la vegetación cercana se dispara en trazos verdes. 
    Fue el más fantástico y “largo” viaje de  nuestras vidas. Cada segundo, cada movimiento de los manejadores: el del fogonero que desplaza la gruesa tapa de hierro  para arrojar por su garganta leños de madera dura que son  devorados por el infierno en llamas. El maquinista, sentado, imperturbable  mira hacia adelante por una ventanilla lateral, al Norte; con la mano derecha adivina la ubicación de las manijas, manivelas y palancas. El escape del vapor le pone ritmo y música a nuestra aventura. Vamos tranquilos, callados, solo ruidos endemoniados de los elementos ocupan el espacio; de pronto el pito truena antes de las barreras del paso a nivel; al rato uno de ellos saca, de un rincón inadvertido, una damajuana de vino tinto que levanta e inclinan hasta que el bebedizo ingresa a la boca en una larga bocanada,  luego pasa el envase al compañero, el de la ventanilla, y así sucesivamente. Cada tanto nos observaban. Seguíamos quietos escudriñando absolutamente todo cuanto ocurre allí, es un mundo inaudito, cautivante que sorprende, saturado de ruidos con ritmo y calor.
Finalmente el encanto se vuelve realidad, llegamos a la estación de Yala. Un interminable rechifle y ruidos de aceros frotándose. El paisaje se detiene.
Bajamos de un salto, ¡¡Exultantes, jubilosos, satisfechos!!
-¡Gracias! ¡Gracias! – fue el final radiante.
Regresamos  por la misma vía que nos condujo en la aventura más grande de la niñez -en una de las últimas máquinas a leña-. Ahora caminamos, en sentido contrario, los diez kilómetros recorridos de ida  en aquel armatoste sorprendente. Va cayendo la noche en Barrio San Martín de San Salvador de Jujuy. Década del 50.-

Mario Edgardo Palanca y Alfredo Linares.



(Mi Amigo Edgardo falleció en la Ciudad de Catamarca el martes 17 de marzo de 2020).

Croatas en el Convento.




Croacia y el Vaticano


Como todos los domingos, posiblemente en 1947 o 1948, asisto a la misa dominical de las diez y media de la Iglesia San Francisco de San Salvador de Jujuy; la oficia el padre Enrique, un italiano de sermones breves y ceremonias veloces.      
Llaman la atención de los habituales feligreses dos frailes parados en el pasillo izquierdo de la nave central: visten sotanas marrones,   sandalias,  cordones en las cinturas, capuchas volcadas a  las espaldas y tonsuras coronan las cabezas. Siguen atentos, con la mirada, el rito. Sus figuras se corresponden a los habitantes del este europeo: algo regordete uno de ellos pero ambos altos, blancos níveos, de pelos negros y gestos adustos.
Luego de la misa dominical, ya en la casa y al momento del almuerzo tardío como siempre,  nos visita el tío Ismael. (Su hermano Severo Carrillo es el síndico de la comunidad de frailes).

-Ismael, vi en la iglesia de San Francisco a dos religiosos franciscanos parados. No celebran misa, tampoco  confiesan; permanecen en la mitad de la iglesia, callados, muy serios, imperturbables, no hablan con nadie. Los saludé y me miraron sin contestar. ¿Sabes algo de ellos? -Interroga mi padre.
-Sí. Algo escuché.
-Los chicos me cuentan que nunca los vieron en la calle.
-Son dos curas croatas que  llegaron hace poco. No sé nada más de ellos.
La conversación cambia de rumbo...

Como muchas otras veces, al anochecer, aparece en nuestra casa el Hermano José; un ecuatoriano grandote y locuaz, histórico integrante de la comunidad conventual de Jujuy. Es esta la oportunidad para indagar  a propósito de los misteriosos frailes.
-Hermano José, hace unos meses que vemos durante las misas a dos sacerdotes parados en el pasillo de la izquierda; asisten al oficio pero no participan en nada. 
 -¡Ah!… Sí doctor. Son sacerdotes franciscanos croatas que vinieron de Italia. Me explicaron que tuvieron que salir  después de la guerra por que los rusos no los querían.  ¡Los salvó el Vaticano!
-No los vemos participar de ningún culto, tampoco dan misa, no confiesan, ni rezan; están siempre  juntos, sin hablar.
 -Sí... Lo que escuché es que todavía no ha llegado la autorización de la Santa Sede para que puedan ejercer plenamente como sacerdotes. Tampoco saben el español, solamente croata y alemán. Estamos esperando…
-No entiendo…
-A mi también me parece algo raro todo esto; nunca ocurrió que tengamos que esperar ese permiso de Italia. El padre Enrique me  dijo que no eran sacerdotes.
-¿Cómo?
-Bueno…Yo tampoco lo entiendo.
-Y el padre Josè Buttinelli, como guardián, ¿qué dice?
-¡No nos explica nada!
-¿Y el padre Enrique?
-Sí. Él sabe… Me dijo algo así como que que no podían seguir en Croacia a la llegada de los rusos, porque estaban del lado de Alemania en la guerra y el tema de unos campamentos con presos gitanos y judíos.
-¡Ah... Si! El padre Enrique sacò del cajòn del escritorio, en la dirección de la escuela, unas fotos de la guerra. –Interviene el mayor de los hijos-. En una de esas se veía a Mussolini muerto y colgado patas para arriba…
-¡¡Ufff...!!
…

Un día, al poco tiempo, aquellos dos personajes desaparecieron sin dejar rastros. Nunca ejercieron como sacerdotes, ni los vimos hablar con nadie. Todo un enigma. Nos enteramos, después, que se fueron en tren a Bolivia. Serían dos de los 7.250 croatas que ingresaron al país luego de finalizada la guerra.

Muchas décadas màs tarde -en octubre de 1998- con motivo de la beatificación en Marija Bistica de un cardenal croata,  me  vino al recuerdo, en una de las fotografías, las figuras de aquellos enigmáticos personajes: sin tonsura, ahora vestido de civil y con  duro gesto militar.

(La historia nos cuenta de los campos de la muerte en aquel país y de la lucha religiosa, durante la Segunda Guerra Mundial).

El apuntador.

 
 
El Apuntador
 
         Nos iniciamos juntos en la primaria, en la Escuela “Belgrano” de Jujuy, luego continuamos en el Colegio Nacional, y, finalmente, muchos de nosotros también estudiamos en la Universidad de Córdoba. Era un conjunto sólido, corría por nuestras venas un espíritu de compañerismo, de complicidad, de solidaridad… Jamás nadie denunció a nadie. Entonces sucedieron cuestiones inéditas, casi siempre ocurrentes.
         Fue en el secundario donde consolidamos la entrañable amistad que nos allanó el camino hacia la complicidad creativa.
         En aquella época, en los tres primeros años se dictaba la materia “Inglés” pero, en cuarto año, se debía optar entre italiano o francés. Yo elegí esta última lengua.
         La división idiomática implicó que, en la hora de clase, la mayoría de los alumnos (estudiantes de italiano) quedara en el aula; la minoría nos trasladábamos al anfiteatro. Este era un recinto con butacas en gradería ascendente y un escenario en discreta altura. Entre ambos había un espacio a nivel del piso del pasillo por el cual se ingresaba al lugar. Arriba, en el proscenio se encontraba un foso -para el apuntador- con una tapa también de madera. 
         Una mañana, finalizado el recreo, nos dirigimos a la “gradería”. La profesora, una señora ya madura con difícil pronunciación del español era, sin embargo, nativa de las islas Filipinas, igual que su esposo. Estimo que eran las únicas personas provenientes de aquellas lejanas tierras -violada hasta el cansancio, entre otros, por españoles, franceses e ingleses-.A eso se debería, posiblemente, la multiplicidad de idiomas que la pareja habla. Madame Yahni era baja, de rodillas alejadas entre sí que dejaban un buen espacio entre ambas; tenía gesto duro, conducta implacable, y mal carácter pero no se mostraba tan estricta al momento de calificar. Era una “profe” de respeto.
         Cuando ingresamos al “aula” -y minutos antes de la presencia de la educadora- tuve la muy mala idea de explorar el cubículo destinado para el apuntador  que dicta los pasajes no bien memorizados por los actores, en las obras de teatro.
         Entonces, levanto el cerramiento del orificio y bajo sin mayor dificultad; bajo al foso; ya en el interior, repentinamente, quedo a oscuras: mi compañero Mario Pérez ha recolocado la tapa y se para encima. Intento empujarla hacia arriba pero es imposible: han corrido el piano de cola hasta que una de las patas sella definitivamente la entrada. Quedo encajonado; felizmente hay una rendija entre la tapa y el piso por donde penetra un haz de luz.  Se sienten los pasos ligeros y breves de  Madame y el barullo de los “actores” en búsqueda, precipitada, de las respectivas butacas. Luego… “silencio”.
         -Bon jour -saluda la profesora e ingresa a la parte baja, entre el escalonado de asientos y el escenario.
         -¡Bon jour, madame! –contestan a coro los alumnos.
         Repentinamente, el haz de luz de mi habitáculo mengua  y aparece una sombra en la rendija porque la señora estiró su brazo hasta el escenario y depositó la cartera, precisamente en la ranura de la iluminación.
         Ante la difícil circunstancia de mi encierro, decido pasar aquella hora en ostracismo, en silencio y con paciencia. ¡Jamás delatar!  Es una Ley consensuada: Llevar la cruz. En el exterior reina la paz, sólo se escucha a la profesora. Los alumnos, una “pinturita”. Nadie murmura y, además, ponen cara de “Aquí nó pasa nada” aunque todos sí saben lo que ocurre con el compañero “recluso”.
         Transcurren interminables minutos. En aquel estado de absoluto destierro, se me ocurre la peor de las ideas: guiado por la sombra que dejó la cartera de la profesora, introduzco los dos dedos indicies en la ranura hasta tocar los extremos del cuero, la levanto suavemente en perfecto sincronismo digital y traslado el objeto unos centímetros, hacia uno de los costados. Ahora ocurre lo inaudito: una carcajada unánime se apodera del conjunto de estudiantes y retumba en el anfiteatro. El detonante del jolgorio es, obviamente, el misterioso desplazamiento a espaldas de la docente.
         Un tanto preocupado por la respuesta a mi “fullería”, me coloco nuevamente en cuclillas. La clase se reanuda a pesar del desconcierto de la madame Yahni. Pasan algunos minutos y me animo nuevamente: los mismos dedos, el ascenso, el traslado del adminículo de cuero hacia el otro lado y el descenso consiguiente, nueva algazara unánime, imparable. La profesora está desconcertada, mira para todas partes pero no advierte nada. Esa rutina se repite algunas veces más. El resultado, una clase fallida.
         Suena el timbre de finalización de la hora. Madame Yahni recoge su cartera y se retira con un rictus amargo. Siento que se corre el piano,  se abre la tapa del encierro  y voy saliendo a la libertad. En ese instante, la profesora vuelve al teatrillo. Nunca supe qué la hizo regresar -dicen que las mujeres son, sobre todo, intuitivas- y ahora presencia mi “resurrección”.
         -Venga conmigo, Linares -ordena con autoridad.
         La sigo y nos dirigimos a la Rectoría.
         Oscar Marín -Rector del Colegio- y la profesora Matilde Yanhi  hablan unos minutos. Yo espero en la puerta. Ahora me conducen a la oficina siguiente, a la sección “alumnos”.
         -Secretaria, le pone 24 amonestaciones al alumno Linares  -remata el Director.
 
         Desde aquel día de 1957 -y faltándome una amonestación para perder el año- me resigno a ser el más disciplinado alumno del Colegio Nacional Nº 1 “Teodoro Sánchez de Bustamante”, fundado por Domingo Faustino Sarmiento, en San Salvador de Jujuy.