Alberti

“Abandoné la cueva
cargado de ángeles,
que abandone a la luz.”
 Rafael Alberti
        ____________

Parafraseando:

Abandono la cueva
cargando los sueños,
que abandoné otras veces. 

A.L
.

Mamoré

   

 Mamoré

Los pájaros noctámbulos, la trova de los grillos
y el reclamo de cigarras trepadas al nogal
conforman el concierto de esa noche,
que se confunden con el croar de los sapos.

Las tinieblas abrigan la carretera solitaria.

Los arroceros cortaron la ruta esa noche,
reclaman mejores precios a sus esfuerzos.
En rumbo solitario, bajamos del transporte 
para remolcar, ruidosas, las maletas invisibles
que marchan rodando sobre sus ruedas.

Aletean  sobre nosotros las aves nocturnas.

La autopista se bifurca y nuestra intuición fallida:
volvemos sobre los pasos en brusca incertidumbre.
Avanzamos en las sombras buscando la otra “flota”.
¿Anticipo de nuestra meta, por lo prodigioso?

Ya en camino se despiertan el dìa y amanecen:
el Pueblo, su Río y la Reina de Ennin, acunándose.
Y el guía, y la cocinera, y la lancha selvática a motor.
El perfume de las frutas satura la intuición.

Camarotes y sus inquilinos, en cada uno, uno.

En la lancha, la rolliza francesa en proa eleva la popa.
El barquero va perdido en la maraña de la selva inundada
buscando desconcertado una salida cerca de la noche.
A otro barquero desorientado lo remolcamos hasta el río.

Con el vetusto catamaràn, en marcha lenta, vamos
al encuentro del Mamoré; bajamos calmos por el Ibare.
El afluente derrama su tesoro en el gran río encabritado.
Lo vimos majestuoso con su furia penetrar la jungla viva.
La Reina de Enin no pudo; desanduvo para volver a  su concierto.

Otra noche: la de los peces voladores que salen de la marisma
como flechas veloces entre el agua, la oscuridad y sus estrellas.
Son trazos Iluminados por la luna que refleja el espejo del lago;
fantasmales cabriolas en el aire con un marco de floresta oscura.

Con la luz del día, camalotes ambulantes discrepan en la corriente:
con verdes plantas, el marrón del Ibare, o el azul del Mamoré:
van navegando impertérritos, mientras nos bañamos en su corriente,
a salvo adentro de la cesta (tejida con piolas) venida de un mástil.

Agua bendita moja nuestras pieles, como al pescado  sus escamas,
y nos invita a quedarnos y saltar y sumergirnos como peonzas
con días de sol y noches de luna  en el agua pura de los bosques.
Al final, el perfume de la cena con las frutas venida de esos árboles.

Los peces se marchan en la crecida; solo pirañas para la cena.

  
 La memoria inquebrantable, en estilo adolescente,
va danzando como hechizos y se hunde en el repaso.
(Es poner rumbo  en nuestras mentes, antes vírgenes,
como los habitantes del río en los meandros y su torrente),


Y ahora… Mònica.

¿Podrías poner el nombre del árbol de las hormigas?
¿O los otros de donde saltan los monos del río?
¿O de los remansos con los ojos de linterna
de caimanes nautas nocturnos y huidizos?

¿Podrías poner tu santo y seña único
de aquel mundo de cauces desbordados,
canoas desfilando acompañadas de delfines,
serpientes navegantes, pájaros pescadores,
loros charlatanes confundidos en el follaje,
o simios fantasmales que aúllan por las noches?

(Todo custodiado por colosales arboledas espesas).

¿Podrías crear -de aquel mundo osado- un santo y seña?
Solo tu santo y seña íntimo e indescifrable
con el numero de aquel año, compañero del nombre elegido
debajo de tu alias con el @ punto com del espacio virtual.
¿Lograrías mandarme esto último para comunicarnos?
¡¡Podrás!!

Conserva la amistad impecable y única,
inviolable; solo nuestra en signos inmemoriales,
entre sombras y luces, entre el agua y la hojarasca.
Aunque no lo crea ni la misma selva, ahora nuestra.
¡¡Siempre nuestra!!

Por ejemplo, lograrías poner sin censuras:
2015-tangarana -"el palo del diablo"-:
nombre del árbol y sus hormigas protectoras,
que si te acercas saltan agresivas,
y que lo vimos simplemente tú y yo.

¿Recuerdas el atracadero sin barcazas en la rivera infinita?
¿Y al viejo cuidador del pueblo en la selva inundada,
enlodado, olvidado, que recogimos solitario y pobre;
 el que incorporamos en el trayecto? 

Bajó apurado y pensativo en "Puerto Almacén".
Con el dinero que le dimos ira a Trinidad.
Allí preguntara en el hospital:
quiere averiguar si su hermano ha muerto.



Máquina de tren a leña

La última máquina de tren a leña.

La siesta se hacía insoportable, el sol arde en la tarde jujeña.
Una llamada en el teléfono metálico negro en el paragüero del pasillo central de la vieja casona.
- Holaa.…
-¿Edgardo?
-Sí
-Alfredo. 
-¿Que tenés que hacer?
-Yo, nada.
-Bueno, salgamos a dar una vuelta.
-Claro… Pasá por mi casa.
Es el inicio de una aventura no creíble, gravada a leña y fuego; casi al final de la niñez.
Por la calle Lavalle, hacia el norte, caminamos rumbo a la avenida del Río Grande: Cansinos, despreocupados, intemporales en el verano tórrido.
Con rumbo incierto bajamos la escalera que conduce al andén de la Estación de Ferrocarril (otro icono de la modernidad); ausente de pasajeros y empleados, está  desierta. Solo en la vía principal un tren de cargas con su máquina inmóvil, muy avejentada y sucia, trajina, bufa y deja escapar una nube de vapor que rompe el sosiego en la pausa del  reposo.
Despreocupados, lentamente, recorremos la formación desde el furgón de cola hacia la máquina, sin acertar el contenido de las cargas detrás de los portones en los vagones.
Finalmente el artefacto de hierro, teñido con negros sucesivos de hollines añejos,  advierte su presencia con rechifles de vapor dando vida a tanta soledad. Allí nos detenemos embobados recorriendo con la mirada cada parte de la maquinaria, al final la cabina; dentro de ella, dos ferroviarios, de overol azul manchado, charlan despreocupados y esperan no se sabe que señal para la partida. De pronto uno de ellos nos descubre:
-¡Heee… Chicos que hacen aquí!
-Viendo. -Contesta Edgardo.
-¿Qué nunca vieron una máquina?
-Sí. -Decimos acordes.
-¿Y por dentro?
-No. -Respondemos.
-¿Quieren subir?
-¡¡¡Siii!!! -Al unísono gritamos con las miradas clavadas en el ferroviario, el más gordo. Aquello es más que una sorpresa, más que un regalo, algo inimaginable: ¡Rematar en la cabina de una máquina de tren y en funcionamiento!
Subimos en un santiamén; nos ubican lejos del fogón y cerca de las leñas.
El principal y el ayudante  nos miran con atención. Nosotros –los visitantes- petrificados, mudos, inmóviles, revisamos lentamente cada parte del habitáculo ignoto.

-Cuando suene la tercera campanada partimos para León y se tienen que bajar. –Advierte el más delgado.
-Si… Si… -Contestamos a turno.
El gordo, que parece el jefe, medita un rato y nos mira… Al final corrige:
-Vamos hasta León, allí ponen la cremallera para la subida de Volcán. Los podemos llevar,  pero ustedes se tendrán que bajar antes, en Yala. ¿Quieren ir?
-¡¡¡¡BUENOOO!!!! -Invade al unisono la cabina.
-Tienen dinero para volver en el ómnibus a Jujuy.
-¡¡¡¡SIIII!!!! También al unísono mentimos los dos.

El armatoste de hierros empieza cansino su recorrido. Dentro del habitáculo se mueve todo y el chirriar de las ruedas domina el espacio. El paisaje exterior empieza a desplazarse lento. ¡Por fin vamos!... Poco a poco la vegetación cercana se dispara en trazos verdes. 
    Fue el más fantástico y “largo” viaje de  nuestras vidas. Cada segundo, cada movimiento de los manejadores: el del fogonero que desplaza la gruesa tapa de hierro  para arrojar por su garganta leños de madera dura que son  devorados por el infierno en llamas. El maquinista, sentado, imperturbable  mira hacia adelante por una ventanilla lateral, al Norte; con la mano derecha adivina la ubicación de las manijas, manivelas y palancas. El escape del vapor le pone ritmo y música a nuestra aventura. Vamos tranquilos, callados, solo ruidos endemoniados de los elementos ocupan el espacio; de pronto el pito truena antes de las barreras del paso a nivel; al rato uno de ellos saca, de un rincón inadvertido, una damajuana de vino tinto que levanta e inclinan hasta que el bebedizo ingresa a la boca en una larga bocanada,  luego pasa el envase al compañero, el de la ventanilla, y así sucesivamente. Cada tanto nos observaban. Seguíamos quietos escudriñando absolutamente todo cuanto ocurre allí, es un mundo inaudito, cautivante que sorprende, saturado de ruidos con ritmo y calor.
Finalmente el encanto se vuelve realidad, llegamos a la estación de Yala. Un interminable rechifle y ruidos de aceros frotándose. El paisaje se detiene.
Bajamos de un salto, ¡¡Exultantes, jubilosos, satisfechos!!
-¡Gracias! ¡Gracias! – fue el final radiante.
Regresamos  por la misma vía que nos condujo en la aventura más grande de la niñez -en una de las últimas máquinas a leña-. Ahora caminamos, en sentido contrario, los diez kilómetros recorridos de ida  en aquel armatoste sorprendente. Va cayendo la noche en Barrio San Martín de San Salvador de Jujuy. Década del 50.-

Mario Edgardo Palanca y Alfredo Linares.



(Mi Amigo Edgardo falleció en la Ciudad de Catamarca el martes 17 de marzo de 2020).

Croatas en el Convento.




Croacia y el Vaticano


Como todos los domingos, posiblemente en 1947 o 1948, asisto a la misa dominical de las diez y media de la Iglesia San Francisco de San Salvador de Jujuy; la oficia el padre Enrique, un italiano de sermones breves y ceremonias veloces.      
Llaman la atención de los habituales feligreses dos frailes parados en el pasillo izquierdo de la nave central: visten sotanas marrones,   sandalias,  cordones en las cinturas, capuchas volcadas a  las espaldas y tonsuras coronan las cabezas. Siguen atentos, con la mirada, el rito. Sus figuras se corresponden a los habitantes del este europeo: algo regordete uno de ellos pero ambos altos, blancos níveos, de pelos negros y gestos adustos.
Luego de la misa dominical, ya en la casa y al momento del almuerzo tardío como siempre,  nos visita el tío Ismael. (Su hermano Severo Carrillo es el síndico de la comunidad de frailes).

-Ismael, vi en la iglesia de San Francisco a dos religiosos franciscanos parados. No celebran misa, tampoco  confiesan; permanecen en la mitad de la iglesia, callados, muy serios, imperturbables, no hablan con nadie. Los saludé y me miraron sin contestar. ¿Sabes algo de ellos? -Interroga mi padre.
-Sí. Algo escuché.
-Los chicos me cuentan que nunca los vieron en la calle.
-Son dos curas croatas que  llegaron hace poco. No sé nada más de ellos.
La conversación cambia de rumbo...

Como muchas otras veces, al anochecer, aparece en nuestra casa el Hermano José; un ecuatoriano grandote y locuaz, histórico integrante de la comunidad conventual de Jujuy. Es esta la oportunidad para indagar  a propósito de los misteriosos frailes.
-Hermano José, hace unos meses que vemos durante las misas a dos sacerdotes parados en el pasillo de la izquierda; asisten al oficio pero no participan en nada. 
 -¡Ah!… Sí doctor. Son sacerdotes franciscanos croatas que vinieron de Italia. Me explicaron que tuvieron que salir  después de la guerra por que los rusos no los querían.  ¡Los salvó el Vaticano!
-No los vemos participar de ningún culto, tampoco dan misa, no confiesan, ni rezan; están siempre  juntos, sin hablar.
 -Sí... Lo que escuché es que todavía no ha llegado la autorización de la Santa Sede para que puedan ejercer plenamente como sacerdotes. Tampoco saben el español, solamente croata y alemán. Estamos esperando…
-No entiendo…
-A mi también me parece algo raro todo esto; nunca ocurrió que tengamos que esperar ese permiso de Italia. El padre Enrique me  dijo que no eran sacerdotes.
-¿Cómo?
-Bueno…Yo tampoco lo entiendo.
-Y el padre Josè Buttinelli, como guardián, ¿qué dice?
-¡No nos explica nada!
-¿Y el padre Enrique?
-Sí. Él sabe… Me dijo algo así como que que no podían seguir en Croacia a la llegada de los rusos, porque estaban del lado de Alemania en la guerra y el tema de unos campamentos con presos gitanos y judíos.
-¡Ah... Si! El padre Enrique sacò del cajòn del escritorio, en la dirección de la escuela, unas fotos de la guerra. –Interviene el mayor de los hijos-. En una de esas se veía a Mussolini muerto y colgado patas para arriba…
-¡¡Ufff...!!
…

Un día, al poco tiempo, aquellos dos personajes desaparecieron sin dejar rastros. Nunca ejercieron como sacerdotes, ni los vimos hablar con nadie. Todo un enigma. Nos enteramos, después, que se fueron en tren a Bolivia. Serían dos de los 7.250 croatas que ingresaron al país luego de finalizada la guerra.

Muchas décadas màs tarde -en octubre de 1998- con motivo de la beatificación en Marija Bistica de un cardenal croata,  me  vino al recuerdo, en una de las fotografías, las figuras de aquellos enigmáticos personajes: sin tonsura, ahora vestido de civil y con  duro gesto militar.

(La historia nos cuenta de los campos de la muerte en aquel país y de la lucha religiosa, durante la Segunda Guerra Mundial).

El apuntador.

 
 
El Apuntador
 
         Nos iniciamos juntos en la primaria, en la Escuela “Belgrano” de Jujuy, luego continuamos en el Colegio Nacional, y, finalmente, muchos de nosotros también estudiamos en la Universidad de Córdoba. Era un conjunto sólido, corría por nuestras venas un espíritu de compañerismo, de complicidad, de solidaridad… Jamás nadie denunció a nadie. Entonces sucedieron cuestiones inéditas, casi siempre ocurrentes.
         Fue en el secundario donde consolidamos la entrañable amistad que nos allanó el camino hacia la complicidad creativa.
         En aquella época, en los tres primeros años se dictaba la materia “Inglés” pero, en cuarto año, se debía optar entre italiano o francés. Yo elegí esta última lengua.
         La división idiomática implicó que, en la hora de clase, la mayoría de los alumnos (estudiantes de italiano) quedara en el aula; la minoría nos trasladábamos al anfiteatro. Este era un recinto con butacas en gradería ascendente y un escenario en discreta altura. Entre ambos había un espacio a nivel del piso del pasillo por el cual se ingresaba al lugar. Arriba, en el proscenio se encontraba un foso -para el apuntador- con una tapa también de madera. 
         Una mañana, finalizado el recreo, nos dirigimos a la “gradería”. La profesora, una señora ya madura con difícil pronunciación del español era, sin embargo, nativa de las islas Filipinas, igual que su esposo. Estimo que eran las únicas personas provenientes de aquellas lejanas tierras -violada hasta el cansancio, entre otros, por españoles, franceses e ingleses-.A eso se debería, posiblemente, la multiplicidad de idiomas que la pareja habla. Madame Yahni era baja, de rodillas alejadas entre sí que dejaban un buen espacio entre ambas; tenía gesto duro, conducta implacable, y mal carácter pero no se mostraba tan estricta al momento de calificar. Era una “profe” de respeto.
         Cuando ingresamos al “aula” -y minutos antes de la presencia de la educadora- tuve la muy mala idea de explorar el cubículo destinado para el apuntador  que dicta los pasajes no bien memorizados por los actores, en las obras de teatro.
         Entonces, levanto el cerramiento del orificio y bajo sin mayor dificultad; bajo al foso; ya en el interior, repentinamente, quedo a oscuras: mi compañero Mario Pérez ha recolocado la tapa y se para encima. Intento empujarla hacia arriba pero es imposible: han corrido el piano de cola hasta que una de las patas sella definitivamente la entrada. Quedo encajonado; felizmente hay una rendija entre la tapa y el piso por donde penetra un haz de luz.  Se sienten los pasos ligeros y breves de  Madame y el barullo de los “actores” en búsqueda, precipitada, de las respectivas butacas. Luego… “silencio”.
         -Bon jour -saluda la profesora e ingresa a la parte baja, entre el escalonado de asientos y el escenario.
         -¡Bon jour, madame! –contestan a coro los alumnos.
         Repentinamente, el haz de luz de mi habitáculo mengua  y aparece una sombra en la rendija porque la señora estiró su brazo hasta el escenario y depositó la cartera, precisamente en la ranura de la iluminación.
         Ante la difícil circunstancia de mi encierro, decido pasar aquella hora en ostracismo, en silencio y con paciencia. ¡Jamás delatar!  Es una Ley consensuada: Llevar la cruz. En el exterior reina la paz, sólo se escucha a la profesora. Los alumnos, una “pinturita”. Nadie murmura y, además, ponen cara de “Aquí nó pasa nada” aunque todos sí saben lo que ocurre con el compañero “recluso”.
         Transcurren interminables minutos. En aquel estado de absoluto destierro, se me ocurre la peor de las ideas: guiado por la sombra que dejó la cartera de la profesora, introduzco los dos dedos indicies en la ranura hasta tocar los extremos del cuero, la levanto suavemente en perfecto sincronismo digital y traslado el objeto unos centímetros, hacia uno de los costados. Ahora ocurre lo inaudito: una carcajada unánime se apodera del conjunto de estudiantes y retumba en el anfiteatro. El detonante del jolgorio es, obviamente, el misterioso desplazamiento a espaldas de la docente.
         Un tanto preocupado por la respuesta a mi “fullería”, me coloco nuevamente en cuclillas. La clase se reanuda a pesar del desconcierto de la madame Yahni. Pasan algunos minutos y me animo nuevamente: los mismos dedos, el ascenso, el traslado del adminículo de cuero hacia el otro lado y el descenso consiguiente, nueva algazara unánime, imparable. La profesora está desconcertada, mira para todas partes pero no advierte nada. Esa rutina se repite algunas veces más. El resultado, una clase fallida.
         Suena el timbre de finalización de la hora. Madame Yahni recoge su cartera y se retira con un rictus amargo. Siento que se corre el piano,  se abre la tapa del encierro  y voy saliendo a la libertad. En ese instante, la profesora vuelve al teatrillo. Nunca supe qué la hizo regresar -dicen que las mujeres son, sobre todo, intuitivas- y ahora presencia mi “resurrección”.
         -Venga conmigo, Linares -ordena con autoridad.
         La sigo y nos dirigimos a la Rectoría.
         Oscar Marín -Rector del Colegio- y la profesora Matilde Yanhi  hablan unos minutos. Yo espero en la puerta. Ahora me conducen a la oficina siguiente, a la sección “alumnos”.
         -Secretaria, le pone 24 amonestaciones al alumno Linares  -remata el Director.
 
         Desde aquel día de 1957 -y faltándome una amonestación para perder el año- me resigno a ser el más disciplinado alumno del Colegio Nacional Nº 1 “Teodoro Sánchez de Bustamante”, fundado por Domingo Faustino Sarmiento, en San Salvador de Jujuy.
 
ÌCARO
ÍCARO


         En aquel domingo de sol -pleno de importantes acontecimientos- caminaba, fatigado, los siete kilómetros de regreso desde el Alto Comedero hasta la vieja casona de sus antepasados. Esa construcción donde nacieran, por lo menos, cuatro generaciones a partir del español Pascual Blas (hombre de fortuna y olfato, a juzgar por las huellas que dejar), desposado con la argentina Ifigenia Zerapia Eguren y de cuyos rastros no queda más que un daguerrotipo posando junto a su esposo. Desde que tuvo uso de razón, quería volar en la frágil armazón de aluminio y tela, un Piper de dos asientos en fila. Muchas veces lo recorrió con la mirada en el hangar del Aero Club. Conocía -en sus frecuentes visitas- la tela endurecida por la pintura amarilla que dejaba ver los relieves de las costillas de las alas –le recordaban los enfermos tuberculosos que asistía su padre en los pabellones de infecciosos del Hospital “San Roque”-

(1). Le fascinaban la palanca al medio con la que el pequeño avión podía despegar del suelo, proyectarse al cielo y llegar hasta las nubes y también los inescrutables relojes en el tablero que hacían más importante el habitáculo, los pedales para mover el timón, las llaves de paso... Todos, objetos que proporcionaban solemnidad y misterio al interior.

         El viernes a la tarde terminó sus deberes de tercer grado. Su maestra, la señorita Pilar Mas, tomaría una prueba de Matemáticas. A la noche puso los útiles, el libro de lectura y el cuaderno dentro de la gran cartera de cuero marrón. Todo listo para el lunes. Se levantó muy temprano aquel domingo de septiembre, en 1950. Debía cumplir con la misa obligatoria en  “San Francisco” -habitualmente, la familia asistía al oficio de las diez y media-. Esta vez, y por su apuro, concurrió solo a la de las ocho y media. Como siempre, tirando del aro ubicado al lado de la puerta del Convento, hizo sonar la campana que oficiaba de llamador. Abrió el Hermano José, un ecuatoriano voluminoso, gran rezador de ruegos indescifrables y apenas audibles, a cambio de algunas monedas que dejaban humildes peregrinos provenientes de olvidados pueblitos del norte puneño. Avanzó por las galerías que rodean el gran patio central -el de las vides y romeros-. Accedió a la sacristía y, finalmente, al coro, en la parte posterior del altar. Eligió uno de los asientos de la segunda fila, la más alta, justo debajo del cuadro de Eugenio Pacelli, el esmirriado y aristocrático Papa Pío XII. Sólo los varones de algunas familias conocidas por su religiosidad y amistad con los frailes, tenían el privilegio de aquella ubicación.

         De regreso, el desayuno del domingo. Multitudinario y bullicioso por el la tropa familiar. Una taza de café con leche, bizcochitos, manteca y dulce. Aquellos que iban a comulgar debían permanecer en completo ayuno desde ocho horas antes; lo contrario, era un pecado que debía confesarse. El bullicio se repetía durante el almuerzo. Se fue –vestido de misa y desvelado- a cumplir con un precepto paterno: dormir la siesta. A las cuatro de la tarde, mudó la ropa y los zapatos negros de fiesta por las alpargatas de yute (era costumbre que, recién estrenadas, se caminara unos pasos por asfalto caliente y después por arena; así, selladas y más duras, no aparecerían los horrendos “bigotes” y, además, prolongarían su vida útil). En la esquina de Lavalle y Belgrano, a pocos metros de su casa, funcionaba la farmacia de don Pedro Albesa, vernáculo de La Fresneda -en la provincia de Teruel-, padre de su amigo Hugo. Este español, en las comidas diarias, tomaba vino tinto de un parrón,  vasija de vidrio con un pico tubuliforme que sostenía en alto. Lo más sorprendente del cuadro era, para un ignorante de aquellos usos, ver al farmacéutico bebiendo de un instrumento similar a los de su laboratorio.

         El pequeño fanático de los aviones se había enterado, en aquella botica y por unos grandes carteles en la vidriera, que ese domingo habría un festival aeronáutico con vuelos de bautismo.      Equipado ya con su calzado de diario emprendió, solitario, la caminata. El día era hermoso, sin nubes; el sol halagaba el paisaje. Le fascinaba la idea de volver a ver aquellos pájaros flacuchos, amarillos, con sus grandes hélices de madera; al mecánico, un italiano de difícil castellano (los chicos decían que había quedado medio loco por la guerra de Hitler y los norteamericanos); la pista de tierra y pastos cortados; los aviadores -suficientes, valientes, casi solemnes-. Él iba a ser uno de ellos cuando fuera grande; igual de importante y lejano...      Llegó la hora. El despegue del primer avión, un biplano con un gran motor medio salido del fuselaje, dirigiéndose hacia una  colina en el horizonte. Los chicos del barrio, en las tardes de verano, contaban que aquel avión de dos alas venía de la primera guerra mundial, por eso era tan bueno y llegaba... ¡hasta dos kilómetros de altura! Primero dio vueltas muy redondas en el aire; después “la caída de la hoja”, lo más peligroso. Y, finalmente, un largo trazo de humo en el cielo de la tarde. Luego, un Piper ascendiendo en espiral para, finalmente, arrojar un paracaidista. Otros aviones y nuevas piruetas, vuelos rasantes que levantaban el polvo de la pista, ascensos casi verticales, picadas, tirabuzón, giros y descensos…

         ¡Por fin, los vuelos de bautizmo...! Se sentó en el suelo, detrás del alambrado. Corría viento suave y fresco; el sol, descolgado, estaba ya cerca del horizonte. Se quedaría hasta el final, cuando guardaran los aviones en el enorme hangar... Se había cumplido el último aterrizaje con un chico que pagó, como los anteriores, para el primer vuelo de su vida, el de bautismo; algunos, más afortunados, ya habían volado varias veces. Aquello debía ser caro y su padre no le daba dinero para gastos innecesarios.

         El carreteo. Se para el Piper amarillo, baja el aviador y ayuda a descender al chico gordo que reconoció pues pertenecía a la Acción Católica. El piloto mira hacia el lugar donde sólo había quedado él; sigue mirándolo insistentemente. ¿Por qué lo hace? Si bien no había pagado la entrada, en realidad, ese no era el problema porque estaba afuera del Club, separado por el alambrado. De cualquier forma, ya habían terminaron los vuelos y, en consecuencia, no tenía de qué preocuparse. Por fin advierte que el aviador le hace señas con la mano. Estaba a treinta pasos. Los anteojos oscuros son ahora más grandes... ¡Lo está llamando! Cruza la valla. El corazón, primero, trota; después, corre. Intuye que algo importante, esperado, va a ocurrir. Sus ojos, clavados en aquel objeto amarillo. El semi Dios le dice algo…. Sólo responde: “Bueno” y sube.

         El ayudante, al frente del aparato, impulsa la hélice varias veces; apenas logra verlo: lo tapa el tablero de instrumentos y el aviador de anteojos oscuros. Es como estar en un pozo y asomar a la orilla. El motor, con dificultad, empieza a tronar y a mover la estructura de metal y tela. ¡Cruje todo! En la parte posterior del asiento, golpean suavemente unas correas sueltas en un pequeño espacio. ¿Servirían para atar paquetes? El motor se acelera y el avión comienza a desplazarse. Vuelve a mirar hacia atrás instintivamente, al lugar de la partida, pero sólo advierte un torbellino de polvo. La correa de seguridad lo sujeta fuertemente; no debía tocar la palanca que quedaba entre sus rodillas. Se toma de una agarradera ubicada a su derecha; no la soltaría hasta el final, cuando el avión se detuviera.

         El corazón no puede latir más rápido, funciona “a toda máquina”. A partir de ese momento su cerebro comienza a registrar todo: el olor del habitáculo y el que traía el aire desde el campo; el cielo absolutamente despejado, de un azul algo grisáceo hacia la Ciudad y rojizo hacia el poniente, hacia Los Ábalos; cada piedra que movía el aparato cuando las ruedas lisas pasaban por encima; el embudo de tela colorada, plantado al costado de la pista, que se hinchaba y giraba lentamente indicando el devenir del viento; el fuerte torbellino generado por la hélice; el techo tembloroso; las ventanillas cerradas con unas trabas que parecían frágiles pero que, indudablemente, debían ser del mejor acero; afuera, el alambrado de la ruta y el mecánico charlando con no sabía quién, parados al costado de la pista donde el público no podía acceder.

         De pronto, inesperadamente, aquel momento único, supremo... Desaparecen los temblores, sacudidas y el ruido infernal de los elementos. Era como estar, de súbito, en silencio después de una tormenta, el avión muy quieto, clavado en el aire; el infinito paisaje era el que se movía, girando, subiendo, bajando, multiplicando colores, sombras, reflejos… Sólo el lejano murmullo del motor indica el vuelo. El aviador lleva la palanca suavemente para atrás, después a la derecha, para el lado de Río Blanco y hunde el pedal diestro. El lento ascenso. Desde arriba, ve la ruta contigua a la pista y, allí, caminando un hombre de sombrero que, iluminado por el último sol, proyecta su figura multiplicada en alargada sombra. Sigue subiendo. Ahora, pequeños cuadrados; son las casitas del campo y sus techos, algunos de metal plateado, otros de rojo tejano; las parcelas cultivadas de todos los tamaños pintadas en diversos verdes y terracotas; largos trazos rectos de caminos y sinuosos senderos que penetran en la virginidad casi sombría de los montes; caprichosos recorridos que siguen las pendientes, a veces más anchos, otras más delgados y -dentro de ellos- esqueléticos hilos azulinos del agua de los arroyos o los más caudalosos de los ríos. A lo lejos, los cerros encrespados de infinitos tonos. El avión gira; ahora, frente a él, un poniente rojizo se tiñe en un nuevo horizonte, lo humano se vuelve insignificante y cobran imponencia los cerros y sus intensos coloridos enmarcando el valle. Luego, despaciosamente, los trazos de aquel cuadro impresionista comienzan a agrandarse y toman dimensiones más reales para ingresar al mundo de los límites cotidianos. Finalmente, completan el descenso. Aterrizan. Todo, absolutamente todo, segundo a segundo, palmo a palmo, queda guardado para siempre en su mente. ¡Sería ese uno de los días más felices de su infancia!

          El regreso fue triunfal, acompañado por algunos ocasionales cómplices, chicos de la villa. Caminó por la ruta de tierra, San Pedrito y sus casas-quintas, la calle principal de Villa Gorriti con sus pobres construcciones, callejas laterales tumultuosas de piedra y barro. Pasó frente a los almacenes donde, a veces, compraba turrón árabe (allí vendían, a destajo, diez centavos de aquel manjar). Por fin, el asfalto, el puente Lavalle sobre el río Chico; del otro lado, lo conocido -el centro-, su barrio.

         Se sentó en uno de los bancos de piedra en la vereda de la Escuela Normal, una cuadra antes de la casa, cuando ya anochecía. Pasó un auto verde oscuro, lo manejaba un macizo italiano de proverbial bonhomía y carota algo colorada, el papá de Anita. Ella iba atrás, sentada con otra chica. Ana era aquella compañera de la Escuela “Belgrano” que tanto le gustaba y sólo veía en los actos patrióticos, cuando juntaban las mujeres del turno tarde con los varones de la mañana. Allí cruzaban sus miradas. Ana era muy dulce, el pelo claro y los ojos verdes. Era su primer llamado al amor, novia en secreto, nunca se hablaron ni se dieron la mano. Un largo rato imaginó que le contaba lo acontecido en Alto Comedero hacía apenas una hora y media. Una aventura casi heroica. Seguramente lo admiraría.

         Al llegar a su casa, ya estaba todo oscuro, silencioso y con la puerta cancel cerrada. Esperó el regreso de su madre en el umbral; posiblemente habría ido a la novena, pero no... si era domingo, aquel “día de glorias”.

         La cena, como siempre, una repetición del almuerzo: la odiada sopa, el plato principal desaparecido ya de la memoria -como otras cosas intrascendentes de aquella jornada- y el postre, un dulce de factura casera. Estaban todos sentados; miró a su padre y a sus hermanos. Como durante toda su infancia, y hasta terminar el colegio secundario, ocupaba el mismo lugar a la derecha de la madre. Él era el hijo del medio, cuatro mayores y dos menores; casi una multitud. Situación traumática, según la Psicología, pero no para él, evidentemente, pues pasaba desapercibido y eso, en la familia de moral casi victoriana, era una dosis de libertad que no todos (o, quizás, nadie) disfrutaron. Una ventaja que él sí supo aprovechar. Todo parecía preparado para narrar la historia del mágico domingo de septiembre...

          —Hoy fui al festival aéreo en el Alto Comedero -dijo de golpe. Silencio total; todas las miradas -incluida la de los progenitores- le cayeron, pesadamente, encima. Apresuró el relato, paso a paso. Estaba por subir al Piper cuando uno de los hermanos le espeta:

         —Otra vez está mintiendo. ¿De dónde sacó la plata para la entrada?

         —Me quedé del otro lado del alambrado.

         —No puede ser; eso no lo permiten.

         Ahora adelanta el desenlace:

         —El piloto, al final, me invitó a un vuelo de bautizo.

         —¿Cuánto te costó?– le preguntaron, socarronamente.

         —No… ¡fue gratis!

         —¡No puede ser! ¡Imposible! ¡Sos un gran embustero!

         Sus hermanas, con el silencio, asienten; el mayor remata con el peor de los insultos, un apodo que le sonaba perruno, lo denigraba:

         —¡Pichín, el mentiroso!

         No importa; debía contarles más detalles para que consiguieran creerle:

         —Desde arriba vi un hombre caminando por la ruta...

         No lo dejaron continuar; todos hablaban simultáneamente y convenían que, como siempre, no podía dejar de engañar. Su madre, con la mirada, le ordenó al padre -sentado en el otro extremo de la mesa- que interviniera.

         —No tienes que mentir; es un pecado y no te sirve inventar siempre. Así nunca, nadie, te va a creer nada.

         Ahora, todos en silencio, esperaban que respondiera a la admonición. Pero no, debía seguir narrando; con otros datos más puntuales lograría, finalmente, convencerlos.

         —A un señor que caminaba en la ruta se le veía su sombra y con el sombrero bien alargado.

         Fue el final. Sus hermanos reían. Primero, ¿cómo podrían creer que volara gratis? Y, luego, ¿desde el avión se alcanzaba a ver un hombre y, más aún, el sombrero proyectado en el suelo? Siguió el tumulto unos minutos hasta que el jefe de la familia, con el apoyo de la dueña de casa, impuso orden. Estaba en un laberinto. Sin salida. Tuvo que esperar que finalizara la cena.

         Sus relatos, casi siempre, resultaban poco creíbles; en realidad no sabía cómo contar sus historias transgresoras, las de hijo del medio. A veces había mentido; en realidad, no muchas en el mundo de su infancia, transcurrida en la gran casona del siglo XVIII en la que, según contaba su padre  -médico de consulta gorda y bolsillos flacos-, en vida de su bisabuelo Pascual entró a caballo Felipe Varela, hasta el segundo patio, el de lajas. Allí, de un certero sablazo, destrozó la imagen de un San Antonio en tamaño natural y que oficiaba discretamente de receptáculo o “ladronera”(2) de monedas de plata...


         En el enorme dormitorio de cielo raso de tela pintada con cal y gruesas paredes de adobes centenarios, acostado ya en la cama de hierro niquelada y tapado hasta la coronilla con la gruesa manta catamarqueña, se ubicó él en el asiento de adelante y, en el de atrás, Ana. Se colocó los oscuros y grandes anteojos, verificó el funcionamiento de los relojes, comprobó el movimiento de los alerones, miró hacia los hangares y, luego, hacia adelante, aceleró el giro de la hélice y empezó a tirar lentamente de la palanca del centro para remontar el Piper hasta por arriba de las nubes, a pleno sol. Abajo, la isla de Icaria...



(1) Donde estaban estos pabellones funcionan ahora Tribunales y la Legislatura.

(2) Ladronera. Alcancía de barro o caja de madera o de metal con una sola hendidura, que sirve para guardar el dinero que se ahorra.