Lula y el Cardenal - 1980



(Anticipo. En elaboración, sin corrección)

Lula y El Cardenal - 1980

Viernes 8 de noviembre de 2019, 19 horas. Hace poco tiempo liberaron de prisión a Luis Ignacio Lula da Silva. Lo vi en San Pablo en 1980, hacen cuatro décadas.-

I
Venía de un turbulento episodio personal  generado por un pariente recién arribado a la ciudad  con el mismo apellido; fui  señalaron equivocadamente. Por añadidura vivíamos la crueldad de la dictadura de Videla (1979).


II

En el afán de encontrar respuesta a la necesidad de abandonar el país con premura, apelé a la evocación de lo ocurrido en los últimos tiempos con mi participación. Así es como vinieron a la memoria algunos acontecimientos, el primero, en forma cronológica, fue el episodio con mi amigo Miguel Ángel, ocurrió al salir de su departamento, temprano a la mañana, para ir a su trabajo: encontró a su automóvil con las cuatro ruedas desinfladas, heridas de muerte, por sendos cortes de cuchillo.
Estaba por terminar con el trabajo de la tarde en mi consultorio, entra la secretaria e informa: ”Un señor, muy nervioso, quiere hablar con usted”. Le pido que lo haga  pasar; es mi amigo profundamente perturbado, me narra lo ocurrido con su vehículo.
-Te cuento lo que está pasándome.
-No ahora... Esperà.
-¿Qué hago Alfredo?
-Termino de acomodar los papeles. En un momento salimos a otra parte, me narras que te ocurre y vemos que hacer.
-¿A dónde vamos?
-A tomar un café. ¿Te parece?
-Sí…
Partimos.
Elegimos una mesa apartada. Está impaciente, atemorizado. Sentados frente a frente me entera lo ocurrido durante los últimos días: Una fiscal del Juzgado Federal, donde trabaja, lo busca tenazmente, como una sombra. Alguien desconocido lo sigue y un sinfín de detalles de lo acontecido; al final lo ocurrido con el vehículo esa mañana.
-¿Pero por qué todo esto? ¡Es como como una persecución!
-No entiendo. La Fiscal me acusa de no atender bien mi trabajo; creo que eso no justifica lo que te cuento.
-Sí. No es motivo para que te hostigue de esta forma.
-Lo mismo pienso. Pero…
-¿No trataste de hablar con ella?
-Ni loco. A juzgar por lo que palpo y me pasa. La conozco bien, es un personaje maligno…
-¡Hay algo más que un mal desempeño en tu laburo. Lo que hicieron con el auto es demasiado, como un "mensaje"... Pienso que tiene que ver con el gobierno de facto. 
-¿Cacería política por parentesco?… 
-Lo intuyo: ¿Cabeza de turco? ¿Te quieren desaparecer?
-Sí, sí… También lo pensé, puede ser. ¿Qué hago? ¿A dónde me voy?
-Lo más cercano es Bolivia… ¡Es peligroso que te quedes!
-Lo tengo que pensar.
-¡No! No hay que pensar ni perder tiempo. ¡Debes desaparecer!
-¿Y la familia?
-Tienes que hablar; te van a entender. La veamos a la suegra, es inteligente, decidida. Después con tu esposa y los chicos. No se me ocurre nada más… 
-¿Me voy por un tiempo?
-Si claro. ¡Pero lo importante es ahora! No hay que demorar.
-¿Me escondo mientras tanto?
-No. Creo que tienes que salir mañana temprano. Hablá con la familia. Buscà donde pasar la noche y me avisas. Yo te llevo. 
…
“Conversé largo con mi familia. Comprendieron”. Me dijo...
Partimos al amanecer, antes de que la fiscal Ortiz se comunicara con la Aduana de frontera. Recorrimos: Alto la Viña y la ruta nacional 34, pasamos por San Pedro, Ledesma, Pichanal, Embarcación, el cruces con las rutas 81 y 86 que conducen a Formosa y Paraguay respectivamente, cruzamos por el costado de Tartagal, luego Campo Duran. El viaje fue en silencio con  preocupación; (cargamos nafta, no recuerdo adonde), continuamos hasta Salvador Mazza, siempre por la ruta 54, finalmente estacionamos el Peugeot 505 rojo antes de girar hacia la Aduana y Gendarmería. Miguel con su valija; parados en silencio, permanecemos un rato como para reunir ímpulso.
-Bueno… Vamos. –Decido-. Miguel ¿trajiste tu cédula?
-Sí. Claro.
-Estuve pensando en el viaje que es peligroso que la muestres, no vaya a ser que en la Gendarmerìa tengan información y te detengan; es mejor que pases los controles de Argentina y Bolivia con la mía de la Federal, traje también la libreta de enrolamiento. Esconde bien la tuya; ingresà primero vos, yo voy un poco más atrás. Si te la piden la exhibes y da mi nombre. En ese caso yo ingreso más tarde. Me esperas del otro lado.
-De acuerdo.
-Sì, así es mejor… Andà tranquilo, distraído, no muestres nerviosismo ni mires a los gendarmes, somos desconocidos y podemos llamar la atención por el semblante.
-Bueno, haré lo posible.
-La valija la llevo yo.
-De acuerdo
-¡Vamos! –Y se inicia la marcha al ritmo del resto de los incontables “pasantes” que cargan los bultos del contrabando hormiga. Yo atrás, a unos metros de distancia; Miguel es uno màs en la cola, rebasa el control Argentino sin ser demorado. A mi turno ocurre lo mismo. Nos reencontramos en la mitad del puente -en territorio del país vecino- un profundo alivio se apodera de los dos, vamos desahogados, casi satisfechos. De ese lado de la frontera no hay control, solamente una sucesión de ventanillas para pagar “bonos contribución”. Continuamos el recorrido hasta superar San José de Pocitos. Sentados en una pirca nos disipamos por un rato. Reanudamos la marcha; faltan algunos kilómetros y dos horas para la partida del tren desde Yacuiba (es información que logré del Consulado de Bolivia en Jujuy). Por fin el edificio de la Estación; hay una cola que aguarda la apertura de la boleterìa para adquirir el pasaje, la espera, algo tensa; saco en primera clase con asiento asignado. El tren espera, en 20 minutos parte rumbo a Santa Cruz de las Sierras. La conversación en el andén, casi un monologo, se refiere a la familia que deja. Convenimos en mantenernos en comunicación, él llamaría desde Santa Cruz. Hay recordaciones y mensajes a transmitir.  Por fin suena el silbato, silencio profundo y un fuerte abrazo. Se dispone a subir valija en mano.
-Miguel. Tengo unos dólares que te van a servir. Tomalos…
-Bueno… Muchas gracias. Espero que nos veamos algún día.
-¡Seguro! Iré a verte –Trepa al vagón a punto de iniciar la marcha. Pude verlo sentado con la mirada perdida…
De vuelta a Jujuy y luego de pasar Ledesma, una certera pedrada fragmento todo el parabrisas, frené a ciegas en la banquina, desmoronè un circulo en el vidrio astillado para poder ver la ruta, regresé a la ciudad anterior para reemplazar el destrozo con un fuere chorro de aire en la cara…

Pasaron algunos meses. Partí a visitarlo por primera vez, me aguarda en el Aeropuerto. El encuentro: emotivo, esperado, ocasión para una larga platica: recorremos lo acontecido en ambos lados y los difíciles avatares que le tocó vivir al amigo (con una aclaración: “me cambié el apellido”).
En sucesivos encuentros me narro su derrotero en la zona tropical del país colindante: Primero un aserradero en la selva y la noche que destapa la cama para dormir y se encuentra con una víbora; tiempo después  trabaja en una constructora de Santa Cruz de la Sierra, luego monta un negocio frente a la plaza principal. En uno de los encuentros conozco a su compañera y a hijos pequeños.
La última vez que lo vi, hace poco tiempo, vino con su esposa a Salta; antes fue a Jujuy -al mismìsimo Juzgado Federal de entonces-  a pedirle a mi hija la dirección. “Quiero verlo a Alfredo”, fue la demanda a su esposa en las últimas èpocas. El reencuentro, emocionante, ocurrió en la entrada de “Paseo Aldeano”…

III

 Corrían los tiempos de desapariciones y muerte durante la dictadura militar de los 70. Estaba yo con mi esposa en la casa de Alberto (hermano de mí suegro) en la calle San Martín, en el hall sentado en los chippendales conversando con Flora, la florista; suena el timbre demandante, se abre la puerta y aparece, demacrado, con gesto desesperado Jorge Turk, amigo entrañable de muchos tiempos.
-¡¿Qué te pasa Dumbo?! –lo interrogo ante el cuadro de angustia.
-¡¡Hoy la policía fue por mi casa tres veces a buscarme, yo no estaba, No sé qué hacer!!
-Tranquilo… Pensemos… Y viene a mi memoria lo acontecido tiempo antes.
-¡Es urgente me van a encontrar!
-No sé si recuerdas lo que hicimos con Miguel Ángel. –Y narro aquel episodio–. Podemos hacer lo mismo, te escondes en algún lado seguro y salimos mañana para Bolivia.
-No puedo. No tengo el pasaporte.
-No hace falta ese documento. Te presto mi Cédula Federal, hacemos lo mismo que con Miguel.
Suena nuevamente el timbre. Se trata del abogado y conocido escritor Héctor. Advierte el clima que se vive en ese momento en el living de Flora. Pregunta: “¿Qué ocurre?”. Y narramos los sucesos policiales y mi propuesta. Silencio... Por fin el recién llegado dictamina:
-¡No! Yo me hago cargo. Vamos "Dumbo" al estudio, allí tranquilos, veremos que hay que hacer.
-¿Qué  piensas hacer? -Indago.
 Sin mediar respuesta salen, quede paralizado. ¿Van al estudio? Con el tiempo me anoticio del cónclave de mi amigo con el letrado y otro abogado en el “estudio”.
…
Fue entregado en la Seccional Policial de Villa San Martín con la “garantía” de los letrados.
Pasados unos días me entero que la última comunicación con su esposa y la hijita de meses de edad en brazos, la tuvo Dumbo a través de una claraboya de la Comisaria; después se perdió su rastro… Una tarde fue transportado a Salta y desde esa ciudad, junto a otros presos políticos  “trasladado”. Lo fusilaron en el paraje  “Palomitas”, en la ruta a Tucumán. De aquel episodio se salvó Enzo, alumno de la Universidad y delegado estudiantil, que por ser italiano lo apartaron del grupo a ser “transportado”. Hoy reside en España. Fue él quien me narró lo acontecido con el único jujeño inmolado en aquel desolado lugar.
Poco tiempo después Héctor se exilió en España partiendo de Ezeiza con toda la familia, la novia de uno de los hijos y los respectivos pasaportes. El otro letrado fue nombrado funcionario de rango del gobierno provincial de la dictadura.

                                      IV

Otro de los episodios vividos tiene que ver con una pàreja joven, sin hijos, venidos de francia para dirigir la Alianza Francesa de Jujuy (Richard y Chantalle Brun). Por pedido de ellos les indique un matrimonio de psicólogos: èl un hermano laico salesiano (apellidado Loker), ella hermana de una dirigente gremial docente: Marina Vilte,  desaparecida, que no conocí). Luego de las primeras sesiones se encontraron con un cartelito pegado en la puerta del consultorio informando que no atendían en adelante. Fue así como los franceses me interrogan acerca de los motivos de la ausencia de los profesionales, mi respuesta: "fueron secuestrados y posiblemente  desaparecidos...". Luego de un prolongado silencio, el marido concluye: "Nos tenemos que ir de Argentina... ¿Que podemos hacer para ayudarlos?". Le respondí: "Cuenten a todo el mundo en Francia, lo que acaban de vivir...". Seguramente narraron,  en su país, quien hizo el "diagnóstico". 

V

Finalizadas las tareas hospitalarias, en la habitación de la Jefatura de Servicio se generan, día a día, una tertulia:  Pavcovich y yo con  una franca postura contraria al gobierno de facto -tema peligroso por aquellos años-; el resto de colegas traumatólogos, callados, escuchan. Fue ocurriendo algo que resultò significativo, gradualmente, somos menos los participantes del cìrculo hasta que convenimos con mi contertulio que habíamos quedado él y yo en el ruedo, el resto se retira discretamente: “¡Doctor, nos dejaron solos!”; es la admonición de mi Jefe.

VI

En tiempo de la dictadura, el consultorio particular de calle Belgrano (próximo a la casa antigua comprada poco tiempo antes) se vio afectado: salí del departamento de Barrio Lujan a las 17 has, un rato más tarde de lo debido. Me sentía angustiado. Al pasar frente al despacho vi a mis pacientes y ellos a mi; por esa única vez no los asistí y sin aviso proseguí la marcha: no me encontraba en condiciones anímicas para concurrir a esa obligación: ¡No detuve el automóvil, pasé de largo! Días después me enteré que otro de los médicos que atendía en el mismo lugar, el Dr Edison Ramón, difundió en el ámbito profesional aquel episodio como algo jocoso pero que  resultó descalificante: una inconducta. Cuestión que me inquietó profundamente.

Luego vino el diálogo en la vereda del Hospital y la dura decisión de salir del país dejando a la familia. ¿Por cuánto tiempo?...

VII

San Salvador de Jujuy, Hospital Pablo Soria 13 horas. Luego de la actividad hospitalaria del día el Dr. Arturo Pavcovich, Jefe del Servicio de Traumatología, se aproxima, en voz baja dice:
-Tengo que hablar con usted. A solas.
-Si doctor, de que se trata.
-No, aquí no, vamos a la vereda. –Comienza el desconcierto.
-¿Por qué la vereda?
-No me pregunte más y vamos.
Salimos del servicio, bajamos la escalera, cruzamos el hall central, la entrada, la vereda; el Jefe detiene la marcha y gira mirando en ambos sentidos.
-Caminemos hacia el Parque -Prosigue.
-Bueno…
-Quiero decirle que tiene que irse de Argentina.
-Pero… ¿Por qué debo irme?
-Es por su seguridad… No me pregunte más.
-No entiendo nada.
-No importa. ¡Debe irse ya de Argentina! Usted me contó que tenía una posibilidad de perfeccionarse con el Profesor Waldemar  Carvalho Pinto de Brasil, aproveche para salir de este País.
-Si. Ganè una pasantía en el Hospital La Santa Casa de la Misericordia en San Pablo, pero no es para ahora.
-¡No! Le repito: ¡tiene que irse, en estos días; lo antes que pueda!
-¿Y mi familia? No tengo nada previsto, no puedo dejar todo.
-Le repito. ¡Se lo ruego! ¡Corre peligro, desaparezca!... En todo caso llámelo al Dr. Juan Cruz Derqui del Hospital Gutiérrez; usted estuvo allí y se conocen bien. Él, seguramente, lo ayudará con los tiempos. Debe irse lo antes posible… En todo caso hágame llegar el teléfono del Dr. Derqui…
-Si doctor… No sé qué contestarle…
-No tiene nada que contestarme. Volvamos al Servicio.
Baje la escalera, en el hall central están los visitadores médicos, uno de ellos es amigo de muchos años y compañero en el secundario: Alfredo Reader.
Salí del Hospital y caminé sin rumbo fijo por el Parque; trataba de ordenar mi pensamiento: desfilaban por la mente: hijas,  mujer, trabajo. No había preparado nada para esta desaparición. Trataba de entender algo del diálogo en la vereda.


VIII


Varias décadas después: (restaurante “La Tienda”, barrio  “El Tipal”, Salta, año 2018) en uno de los reencuentros con Alfredo Reader -amigo de siempre- surge el recuerdo de lo sucedido aquella mañana. Por entonces  visitador médico (resulta ser el único testigo de la situación anímica y del peligro que corría si continuaba en Jujuy). Le pido que relate lo acontecido y lo grabo en mi celular.

Atando cabos; en otro de los encuentros en Salta con mi amigo "Alfo", ya en el 2020, logramos elaborar una hipótesis de lo que se guardó el Jefe de Servicio de Traumatologìa en 1979 al decirme, en la vereda, que tenía que salir pronto de Argentina por mi seguridad, sin explicar el por qué y quien le dijo que lo hiciera: El amigo visitador médico, conocía a un viejo radiólogo de San Salvador de Jujuy, quien lo invita a varios cenáculos mezclados, “discretos”, en una casa de “fin de semanas” en Barrio de Reyes; finalidad que, por aquella época, interpreta como el deseo de establecer amistad. En el último de los encuentros descubre -para su asombro- que desde el techo de madera descendía una escalera; sorprendido y curioso, inició la escalada, no pudo completarla: parado en el extremo superior alguien le dijo que no subiera; no obstante pudo divisar en el interior del “desván” acumulación de envases con alimentos imperecederos y al parecer también armas. Después de aquel episodio cayo en cuentas que los que integraban los cónclaves eran en su mayoría militares, seguramente, de altos rangos, todos con vestimenta civil y conversaciones un tanto de complicada interpretación.  En otro de los eventos asiste el obispo de Jujuy Monseñor Josè Miguel Medina (Designado en 1982 Vicario General Castrense y Emérito de Jujuy) personaje que generó un episodio ocurrido con el presidente Raúl Alfonsín en la Capilla Stella Maris, en abril de 1987. Las subidas dudas del visitador médico, hicieron que renunciara a próximas invitaciones con el convencimiento de que, en realidad, buscaban cautivarlo para que integrara el grupo (seguramente por la importancia de su vínculo laboral con la totalidad de galenos en el norte de Argentina). “¡Aquel lugar era un búnker!”. Su conclusión.
El destino, afortunado, hizo que mi Jefe viviera en el mismo edificio donde lo hacia el radiólogo de cuentas y ambos sus respectivos consultorios (en avenida Senador Pérez). Es evidente que se conocían y veían a diario laboralmente. Ocurrió que el médico de los rayos x era conocido, también, de mi padre, viejo médico, por quien se tenía una gran consideración. Supongo que sabiendo mi forma de juzgar los acontecimientos políticos, y diversas  acciones protagónicas para con la fuga de amigos como: Beto, Miguel Ángel, Raúl y el intento de hacer lo mismo con “Dumbo”; siendo yo galeno e hijo de un médico por quien tenía una gran deferencia; en un acto de bizarría y de intimidad, lo llevo a revelar a Pavcovich que  corría yo inminente peligro. Probablemente estuve presente en alguna de las “listas”; cuestión sobre la cual deseo, que alguna vez, se logre descorrer el velo…

IX

Es así como, después de aquellos episodios desgraciados, acelerè mí partida a  Brasil; para morar en el 4º “andar” del “Hospital Central Santa Casa de la Misericordia de San Pablo”.
Me tocó en suerte cohabitar con dos colegas, uno venido de Costa Rica y el otro de Guatemala; a partir de entonces amigos para siempre.
Las tareas hospitalarias eran con exigencias y sin respiro. Los descansos quedaban para el día domingo, algún feriado patrio o carnavalesco.
La historia que me ocupa ocurrió un día en los primeros meses de 1980, sin precisar la fecha. (Por entonces la preocupación principal y total era la medicina). Lo que voy a narrar quedò en los recuerdos más vívidos:
“Aufredo, vamos ver uma manifestasao contra o governo militar”. Es la invitación de un colega.
Brasil transita los últimos estertores de una dictadura militar, la que derroto al presidente democrático Joao Goulart en 1964 y que se prolongaría por 21 largos años. En 1980 gobierna el general Joâo Figueiredo, ex Jefe del Servicio Secreto de Brasil.
El ambiente que se respira resulta al menos “espeso”. No advierto yo lo que sucede fuera de los muros de La Santa Casa, a no ser el pequeño diario rosado que depositan en la salita previa a los quirófanos con noticias policiales y de violencias: Alguno de los protagonistas, referidos en los informes del día anterior, esperan en la mesa de operaciones para ser “reparados”. Otra noticia que me llama la atención es aquella que narra como un viejito, completamente desnudo, en la noche y en una zona despoblada, hace señas a los automóviles pidiendo auxilio, cuestión que no ocurre hasta que uno de ellos fue a la Policía más cercana y narra el espectáculo; finalmente auxiliado por un patrullero resulta ser un anciano Cardenal de la Iglesia Católica que fue asaltado, robado su vehículo y desvestido.
Quienes dirigen el “Servicio de Columna”, ayudantes y becarios de ese país, no refieren alteración pública alguna contraria al régimen gobernante, lo importante es la medicina; pertenecen, seguramente, a la clase acomodada de la ciudad. La invitación de mi compañero brasileño a ver la manifestación me resulto interesante y desacoplada del mundillo que vivíamos los residentes extranjeros. “Sì. Vamos”; fue la respuesta segura a presenciar una marcha  contraria al régimen de entonces.
-¿Por qué se manifiestan?
-Desde o ano pasado, houve greves (hay huelgas) a partir de “San Bernardo do Campo”, faz parte do grande San Pablo, a zona industrial. Existen fábricas e um líder à frente de tudo isso. (Desde el año pasado, hay huelgas a partir de "San Bernardo do Campo", que es parte del gran San Pablo, una zona industrial. Existen fabricas y un lider al frente de todo eso).
-¿Son de izquierda?
-Nâo sei. Eles pedem melhores salarios e mais liberdade. (No sè. Ellos piden mejoras salariales y mas libertad).
-¿Y el gobierno que hace?
-Eles reprimen e prometem mais “liberalização”, mas nada acontece. (Ellos reprimen y prometen mas "liberalización", pero nada pasa).
Partimos caminando hasta donde ocurriría el paso de la manifestación. No recuerdo el día, la hora ni el nombre de la “rúa”. Ocurrió, como dije, en los primeros meses de 1980; tampoco imaginé lo que iba a presenciar:
Las veredas están colmadas de gentes diversas, se advierte gran expectación, el silencio invade... Policías ocultos por sus cascos y escudos vigilan e impiden el cruce a la otra vía. Un paradójica sordina le imprime ceremonia a la espera. Luego de una prolongada espera, invade el espacio un rumor creciente, de pronto, las miradas se dirigen, todas, hacia un punto. Lejos se advierte un “frente” de hombres y mujeres abrazados férreamente de vereda a vereda; encabezan un hormiguero humano vociferante, con carteles de colores y  leyendas, marchan por detrás de la "cadena". Mi colega mira azorado lo que se aproxima y  comenta: “Nunca vi esto”. Es aquello una manifestación multitudinaria con cánticos y eslóganes contra el gobierno militar, reclaman justicia y libertad. “Son los metalúrgicos que están en huelga” se anima mi compañero. Los espectadores vociferan y aplauden el inusitado espectáculo.
-¿Vocè sabe quem vai para o meio da coluna? (¿Sabes vos quien va en medio de la columna?).
-No. No conozco a nadie
-È o que moviliza os trabalhadores, o nome dele è Lula. (Es el que moviliza a los trabajadores, el nombre de èl es Lula). (1) 
(Es evidente la emoción del gentío de las veredas).
-¡En el Hospital no escuche nada!
-Nao, isso nâo è falado. (No, de eso no se habla).
-¡Que raro!
-Nâo acredite, olha quem è o poximo a Lula. (No creas. mira quien esta al lado de Lula). 
-¿Cuál?
-Aquele que anda de caubòi e camiseta com o braco de Lula. (Aquel que va de vaquero y remera del brazo de Lula).
-No. Ni idea. No sé quién es.
-Monsenhor Paulo Arns. (Monseñor Paulo Arns). (2)
-¿Quién?
-O Cardeal. (El Cardenal).
-¿Cómo?
-Se o Cardeal Arcebispo da maior Diocese de mundo, Saint Paul. (Es el Cardenal Arzobispo de la mayor Diócesis del mundo, San Pablo).
-¿Y que hace en la huelga?
-Acompanhar os trabalhadores, Elen è amigo do Lula. (Acompaña a los trabajadores. Èl es amigo de Lula).
Al día siguiente me entero por un diario que la manifestación lo fue con 300.000 trabajadores y concluyó en una Iglesia, creo que La Catedral, con una misa oficiada por el Arzobispo Cardenal Arns; a un costado del altar, parado respetuosamente: Luis Ignacio Lula da Silva.

Pasaron muchos años de aquel evento crucial en San Pablo. Busqué por todos los medios el relato de los acontecimientos de aquella  época y que quedaron en mi alma gravado para siempre. No logré, hasta hoy, información alguna de la incomparable marcha de trabajadores metalúrgicos en tiempos de la dictadura en Brasil con Arns y Lula a la cabeza. Una suma que me recuerda (salvada la distancia) la prèdica rebelde de Jesús de Nazaret y su corolario...

(Como nota “pintoresca” de la època, las cartas que recibí de Argentina -la otra dictadura- venían abiertas y ensobradas en plástico transparente con una leyenda indicando que ese era el estado en que llegó al Estado Federativo de Brasil).-

____________________

(1)  Luis Ignacio Lula da Silva. (1945).
Nació en Caetès, Pernambuco, el 27 de octubre de 1947. A los 14 años de edad trabaja en una planta de tornillos. En 1964 pierde parte de un dedo meñique trabajando en una fábrica de autos; en ese año ocurre el golpe militar. En 1968 inicia su carrera sindical en el gremio de metalúrgicos. El 1º de abril de 1980: huelga de los 41 días. Presidente de la República Federativa de Brasil desde  el 1º de enero de 2003 al 31 de diciembre de 2010. Preso político…

(2)  Paulo Evaristo Arns. (1921 – 2016).
Sacerdote Franciscano. Tercer Cardenal de Brasil. Arzobispo de la Diócesis de San Pablo desde el 22 de octubre de 1970 hasta el 15 de abril de 1998 (28 años).

Fotografía


 

 

 

           Fotografía en blanco y negro.

 

        Imagen de la mano en tu hombro 

        no parece que alborote, ni desista.

        Desenvuelto el retrato sin rubores

        sellan lo que guarda: ¡esperanzas!

 

        Es tesoro encubierto, clandestino

 

         Cejas curvas, ojos vivos, entrevistan:

         sagaces, penetrantes y centelleantes;

         sigilosos, si demandan, si convocan. 

         Los conocí sensitivos, por las tardes.

 

         Son los labios que dibujas con mohín

         seducen sus deseos, los que aguardan.

         Gestos vagan en las venas, averiguan. 

         Naciendo solos en todos los plantones.

 

          Son tus senos escondidos, otro aguardo

          y es la túnica la que vela tus secretos,

          y es el cuello, empinado, su modelo:

          esperanzas por amores que no llegan.

 

          Brazos, sutiles, gráciles, anudan sueño;

          son las manos que sostienen decididas

          ese arco acerado del candado vigilante

          el que  abra el caudal de nuestro amor.

 

            ¡Son tesoros hechiceros, encubiertos!

         

Gruta


                          La Gruta

¿Como fue cuando nacieron los deseos?
Tiempos de dudas, preceptos, mieses inciertas.
Ya en otoño y con los frutos por fin descifran
con terquedad lo que hoy proclaman.

Fue ese mundo el indagado con sus fraguas.
Lo hace igual el océano que traga solitario,
en el horizonte impiadoso, el cielo en llamas.
Es entonces cuando el ave ahonda su nido.

En la pequeña cueva escondida, como alucinada
-donde explotan en ecos batientes fuertes-
está un estrecho, cálido, suave, tierno resquicio;
el que da refugio vehemente a los amores.

Estrellas brillantes, imbatibles en las noches
.

Órgano de Mar


                 Órgano de Mar
                        y  Alicia.


Solos  tú y yo, yo y tú, en la rambla del repaso en Zadar
y el decurso de las olas que penetra en los mármoles;
sonidos que escuchamos solo tú y yo, yo y tú, esa tarde.
Malecón de evocaciones con amores que ya no son.

La rueda prodigiosa urgida por el sol es batida con los pies.
Resonancias desde el órgano activadas en la creciente
se conjuga sus colores por las noches en el piso y su aureola.
Tú y yo, yo y tú, empapados con ensueño y sus matices.

Aromas peregrinos de otras partes y un sonido imperecedero.
En mi Aleph lo adivino: Estertores de la tarde en el ocaso,
escollera de recuerdos para siempre. Ya en poniente pude ver
como brotan en mis ojos esas aves, sus graznidos y aquel mar.

Como rios que discurren en pendietes eternas para no volver
y se sumergen en el infinito de ese mar que vimos en poniente;
tiempo cuando el mar trago nuestro cielo enrojecido y quedamos...
Fue en aquel remoto lugar donde las olas entonaron para nosotros. 




EL PRIMER VUELO EN JUJUY


           
                                             Primer Vuelo



         Sucedió en San Salvador de Jujuy. Corría la primavera de 1911.
Julio Argentino Linares de tan solo seis años de edad, sin un céntimo en el bolsillo, se decidió a ver y tocar un aparato volador que lo llaman aeroplano, traído de Salta: bólido desarmado en partes y trasladado en vagón de cargas por el ferrocarril hasta la ultima estación en San Salvador de Jujuy, la de San Pedrito. De allí, en carretón tirado con mulas hasta “la pista”. El vecindario jujeño comentaba de lo sucedido, pocos días antes: el fracasado primer intento de elevarse sobre la ciudad de Salta y del segundo  que devino en un éxito asombroso.
La inaudita inauguración se llevò a cabo en el camino que costea al Parque, lugar donde, para las Pascuas, se instala la famosa “Feria de La Tablada” venida de la colonización española (actualmente Av. Córdoba). 

    Toda la población de la ciudad discute lo del “aparato que vuela”, el que ya lo hizo en la vecina localidad el 4 de junio; manejado por un francés llamado Marcel, fabricado en Francia.(1)
Julito parte acompañado con un joven vecino y con las recomendaciones estrictas de su madre María Ovejero.
Se trata del primer vuelo sobre la Ciudad de Jujuy, piloteado por el joven en su avión mono plano de 2 asientos en tándem (2).

      La tarde se despierta algo calurosa, en el mes del viento norte, todavía incipiente. Los amigos marchan, silenciosos, apurados, expectantes, por la calle principal, son solo diez cuadras hasta el lugar del evento; acompañan el recorrido un mundo de gentes venidas de todas partes. Grande fue la sorpresa cuando encuentran una alambrada con una tranquera que cerraba el paso y un taquillero exigiendo el pago de un peso por persona para el ingreso hasta el avión. Ante semejante circunstancia los noveles concurrentes se conforman con apostarse alejados de los acontecimientos.
A la distancia “el aparato”. La espera se hace eterna. Por fin aparece el piloto abrigado con campera de cuero, sube ágil; adentro del habitáculo delantero, primero parado, saluda a la multitud, parsimonioso desliza los anteojos desde el casco que recubre la cabeza hasta la frente, calza unos guantes blancos, finalmente se ubica en el asiento, parsimonioso dirige la mirada a la muchedumbre y saluda con la mano. Calza los anteojos, hunde las manos en el habitáculo y manipula no se sabe que instrumentos. Un ayudante, adelante del mamotreto, impulsa la hélice con gran esfuerzo en reiterados intentos hasta que, por fin, arranca el motor. El estruendo inunda el lugar, una nube de polvo llega hasta la alambrada; vuelan sombreros y pañuelos que terminan estampados entre los  alambres; niños despavoridos se desprenden de sus padres y se alejan corriendo hasta los árboles, las madres detrás de ellos. El asombro se apodera de todos. El avión acelera el motor e inicia el carreteo por la avenida de tierra recorriendo más de cien metros hasta despegar las ruedas del suelo y holgado va tomando altura; sube más arriba, encima de los árboles, mientras inicia un amplio giro sobre el Río Xibi Xibi y sobrevuela casas humildes y las quintas del margen derecho con rumbo al  cementerio, en el otro extremo de la capital. Desaparece a la distancia; en unos minutos nuevamente se siente el rugir del motor, ahora se aproxima por encima del centro de la ciudad hasta el lugar del despegue, desciende y aterriza provocando igual remolino de tierra y la disparada de los niños perseguidos por los padres.
Ya detenido en tierra baja el piloto, se aproxima a los espectadores. En un dificultoso español invita, a quienes se animen, para que lo acompañen en el asiento trasero en sucesivos vuelo y por la suma de cincuenta pesos cada uno. Por un rato se oyen murmullos. ¡El costo del “pasaje” es sideral! Por fin un comerciante de apellido Ruiz se anima y acepta el desafío. Nuevo despegue con el valeroso tripulante, giro hacia el río, la necrópolis, el centro del poblado y aterrizaje. Exultante baja Ruiz del mamotreto, truenan los aplausos y se oyen vítores de la concurrencia mientras lo rodean y le preguntan...
¡Nadie más se animó a remontarse!
Episodio que quedó gravado en el recuerdo de dos generaciones. El comentario, por aquellos días, fue: ¡¡“Pasò por arriba de las torres de las iglesias”!!

(1)     Marcel Paillette. Piloto francés de 27 años. Fallecido en Argentina en 1965.
           (2)   Avión “Bièriot XI 2”, de 2 asientos en tándem, motor de 80 hp., largo de 8,40m., envergadura de  10,35m. y que desarrolla velocidad hasta 110 km/h. Modelo que se fabricó en cantidad y utilizado en la Primera Guerra Mundial del lado del "Triple Entente"; la de 1914 - 1918.

CORONEL FELIPE VARELA







Coronel Felipe Varela en Jujuy.

                            El San Antonio

           Casa colonial construida en el siglo XVII, actual calle Lavalle Nº 275 (demolida no hace mucho  tiempo para construir un galpón sobre el terreno que  quedó con una vistosa vidriera atiborrada de zapatos). 

          En aquella casona del mil seiscientos (antes de los arquitectos) se ingresaba por un portón apto para carros y caballos, luego discurrían un pasillo corto y el primero de los patios, embaldosado, hacia allí se abrían las puertas que daban ingreso a la habitación principal, la de recepción y otras dos a los dormitorios; un pasaje más largo, al final otro pesado portón que, flanqueada por mamparas con vidrios de colores, se abría al segundo de los patio, el de lajas con techo de alambres cruzados sosteniendo una parra de uvas blancas. Al ingresar y a la derecha, entre el madero y una “ventana enrejada de cuerpo entero”, parcialmente empotrado en la pared se imponía (en factura de loza inglesa) estoico, en actitud venerable,  la imagen de San Antonio. Es el lugar donde se desarrollaron los acontecimientos vividos una mañana y que la historia no registró.
          El respetable San Antonio con sus dedos índice y medio extendidos en gesto de exorcismo tiene, en uno de los pliegues de la sotana, una pequeña ranura disimulada  que comunica con el interior del bendito. Por aquel artilugio  penetraban, a diario, monedas de plata que  aportaba el señor de la casa: el español  Don Pascual Blas (1), uno de los más ricos pobladores de la pequeña ciudad; dueño, además de un almacén en la esquina de las actuales calles Belgrano y Lavalle, enfrente del costado de la primigenia Iglesia de San Francisco, y de muchas otras casas de aquella manzana.

          EL  "Quijote de los Andes", Coronel Juan Felipe Varela, nacido en  Huaycama del Valle Viejo, Catamarca, el 11 de mayo de 1821. (Ascendido a General de la Nación en el año 2012, 133 años después de su muerte) llega a San Salvador de Jujuy, proveniente de Salta el 13 de octubre de 1867. Unos días después, el 23 de octubre, pasará a Humahuaca, a Yavi el 5 de noviembre, luego a Bolivia, para instalarse, acogido por el presidente boliviano Manuel Mariano Melgarejo Valencia,  en Potosí donde da a conocer, en enero de 1868, su famoso “Manifiesto a los Pueblos Americanos sobre los Acontecimientos Políticos de la República Argentina, en los años de 1866 y 67”; una  envestida contra el centralismo porteño y la asfixia del interior generada por el gobierno de Bartolomé Mitre. Luego de su reingreso a la Patria. Cae derrotado el 12 de enero de 1869 en "Pastos Grandes".

          El estanciero y militar muere de tuberculosis y en la pobreza, confinado por el gobierno chileno en el remoto Nantoco ("agua de pozo") Copiapó (Chile), el 4 de junio de 1879 a los 49 años de edad (2 años, 7 meses y 22 días después de su llegada a Jujuy).

         El episodio que nos ocupa ocurre en la casa ya descrita, la de Don Pascual. Pudo haber ocurrido el 14 de octubre de 1867, día siguiente al arribo del caudillo federal proveniente de Salta.
         Seguramente, enterado Varela, por algún buen conocedor, de los caudales acumulados en las sandalias del  bienaventurado Antonio, se dispuso a ingresar hasta ese mismísimo lugar. El próspero propietario advertido, un día antes, del arribo a la ciudad del caudillo federal, aprontó la platería y otros objetos de valor para retirarse, presuroso, a su casa quinta ubicada donde actualmente se encuentra el Hogar Escuela. Inaugurado el 4 de junio de 1950 por Eva Perón. Los ahorros del comerciante, acumulados en monedas acuñadas en Potosí quedan ocultos y custodiados por el Bendito del segundo patio. Ante la gravedad de lo por acontecer, deja escondido en el último baño, antes del fondo, al sirviente fiel (el “opa” de las casonas coloniales) para que, luego, reportara lo que pudiera escuchar. A la hora de la primera misa del día anterior a lo acontecer, Don Pascual, aprontan el equipaje, el portón de entradas es firmemente sellado; lo acompañan su esposa Josefa Eguren y sus hijos. Parten en carruajes, caballos y el cargamento.

          Seis de la mañana. El Coronel de copiosos bigotes y sombrero alado, inician la marcha hacia el centro del poblado hasta arribar, con alguno de sus oficiales,  al frente de la casa señalada; detiene la marcha y ordena a dos de sus adláteres que rompan las cerraduras y abran, de par en par, el portón. Precede seguro, como si conociera al dedillo el derrotero, e ingresa al paso con un baúl de cuero amarrado en ancas. Sin dificultad atraviesa por la calleja central de la casona hasta el segundo de los patios, el de la imagen que atesora. Llega al lugar, ordena detenerla caballería, inspecciona visualmente; enfrenta al Santo, parsimonioso lo recorre de pies a cabeza, se santigua, cuestión que replican los acompañantes. El silencio se apodera de la escena. Finalmente con vos grave proclama: “Por Dios y la Patria”, desenvaina la espada ganada en Chile -la de tantas contiendas- con el brazo extendido gira el arma describiendo un amplio arco que roza el parral hasta descargarla, en furioso y acertado golpe de gracia, en el cuello del Venerable que cae y se hace añicos en el suelo. “Teniente, desmonte, recoja las monedas, las pone en el baúl que llevo” –Ordena y desmonta, se dirige a donde se encuentra parte de la cabeza de loza del abatido Antonio, la acaricia con suavidad, lleva los dedos a la lengua, nuevamente se persigna; monta y parte precediendo la procesión. (2)

            Suenan las campanas de la misa de ocho y media de la Iglesia de San Francisco en “La Muy Leal y Constante San Salvador de Jujuy”.-



(1) – “Senado de la Nación Secretaría Parlamentaria Dirección General de Publicaciones (S-1386/10) PROYECTO DE LEY El Senado y Cámara de Diputados,... ARTÍCULO 1º.- Declárase monumento histórico nacional al edificio del Colegio Nº 1 “Teodoro Sánchez de Bustamante” -ex Nacional... ...Cabe destacar que el Colegio Nacional de Jujuy se organizó en un momento crucial de la política en la provincia, cuando hombres como: Sánchez de Bustamante, Quintana, Pascual Blas y otros se jugaban la vida por la independencia de la provincia”.

 (2) - Unitarios y Federales, en sus azarosas campañas militares se veían impelidos, una vez agotados sus propios recursos, a requisar en -"operaciones non santas"- para sostener a sus tropas y caballada (alimentos, vestimenta, armamento, paga). 











El Aleph


                 El Aleph

 

Es la noche que se arrima testaruda.

Son dos números y ocho cuadros,

lo encontré con mi amigo esa tarde:

“Del Milagro” y  portones enrejados.

 

Una pieza, una cama y mi Aleph.

Con el hálito en la noche; ¡solo yo!

Un portento los recuerdos y esa luz

de colores en mis ojos, atrapándome.

 

Son lugares con los tiempos concertados,

deliberan diversos mundos entre sueños:

son montañas y los bosques y el desierto,

hay llanuras con esos ríos en movimiento.

 

Y memorias que desfilan impiadosas:

Oigo cánticos y lluvias de los trópicos;

o los grandes zapallares en tu Alaska

que aportas para mí de esas privanzas.

 

Zadar: la música del órgano y su mar,

sonidos melodiosos de olas inventoras

encerradas entre piedras antiquísimas.

Y los mármoles remotos de sus calles.

Y los arcos y los puentes y los bares.

 

Atropellan y aparecen en el teatro del Aleph:

mil palacios, viaductos, iglesias y los santos.

Desafiando los vientos entre hayas y colores,

emergente, imperial: Catalina imperecedera;

es la imagen ennegrecida de su estatura toda

con nueve amantes a los pies que la veneran.

 

Finalmente, en madrugadas la realidad:

Eclipsada la indolencia de espejismos,

otros soles, otras sombras, otros tiempos

acompañan y señalan este nuevo rumbo.

 

Viven sombras que se lucen en mi Aleph.